Os hablé ayer de la luz del sol que el prisma descompone en siete colores y os
revelé que estos colores representan las cualidades y las virtudes de los siete Espíritus
que están ante el Trono de Dios, pero no os lo dije todo. Añadiré hoy unas palabras más
sobre este tema.
Me acuerdo de haber hecho esta experiencia con el prisma cuando era muy joven
todavía; me impresionaba mucho, pero sólo más tarde comprendí toda su riqueza. Por
ejemplo, si sumáis los siete colores, las tres caras del prisma, y la luz, obtenéis once.
Evidentemente, diréis que esto es una suma de elementos heterogéneos, pero los
Iniciados tienen una aritmética completamente especial a la que debéis acostumbraros.
¿Qué representa, pues, este once?
En la Cábala son los once sefirots cuando, a los diez
sefirots tradicionales, añadimos la séfira Daath, que está oculta y de la que no se habla.
Daath es el saber, los archivos, los Registros Akáshicos...
Como ya os he dicho, el prisma, que con sus tres caras descompone la luz en
siete colores, es una imagen del hombre con su intelecto, su corazón y su voluntad. El
hombre es una trinidad, reflejo de la Trinidad divina. Para que esta trinidad pueda
irradiar armoniosamente los siete colores, el prisma debe ser equilátero, transparente, y,
tercera condición, debe estar invertido, es decir, con la punta dirigida hacia abajo.
Entonces, la luz se descompone en un haz de siete colores que se dirige hacia arriba.
Para poder irradiar estos siete colores, es decir, irradiar las siete virtudes, el hombre
debe hacer un trabajo interior con el fin de desarrollar armoniosamente las tres caras del prisma. No tiene que fabricarl la luz, ya está ahí, dispuesta a pasar a través de él para
producir sus efectos, pero es él el que no está preparado, ni bien desarrollado ni
purificado.
Dios también está dispuesto a entrar en el ser humano para manifestarse en
él con todo el esplendor de los siete colores, es decir, para darle todas las virtudes y
todos los poderes, pero el hombre está apagado, desequilibrado o enfermizo, y así, Dios
sólo puede manifestarse muy imperfectamente.
Así pues, lo primero que debemos hacer es volver a crear el equilibrio dentro de
nosotros mismos; por ejemplo, si hasta ahora habíamos desarrollado solamente nuestro
intelecto, debemos encontrar las condiciones para desarrollar nuestro corazón: venir a la
Fraternidad para desarrollar la vida colectiva, y no quedarnos solos en alguna parte en
un agujero; y después trabajar, hacer ejercicios para desarrollar nuestra voluntad.
Cuando este triángulo del corazón, del intelecto y de la voluntad está perfectamente
desarrollado, el hombre se da cuenta de que automáticamente la luz entra en él y se
descompone en siete colores.
Echemos ahora una mirada a las funciones del organismo físico: cada una
reproduce el fenómeno del prisma con la luz que se descompone en siete colores.
Cuando coméis, por ejemplo, el alimento representa la luz, el estómago representa el
prisma y también debe estar en buen estado para poder digerir los alimentos, es decir,
distribuir las siete fuerzas, los siete colores, por todo el cuerpo. ¿Cómo las distribuye?
Envía el rojo al sistema muscular, el naranja al sistema circulatorio, el amarillo al
sistema nervioso, el verde al sistema digestivo, el azul al sistema respiratorio, el índigo
al sistema óseo y, finalmente, el violeta al sistema de las glándulas y los chakras.
A propósito del índigo, olvidé deciros ayer que es el color de Saturno.
Generalmente se atribuye a Saturno el color negro, porque se cree que Saturno es un
planeta maléfico, lo que es inexacto. Saturno es el planeta de la estabilidad. Por eso el color índigo, que está relacionado con el sistema óseo, es el color de Saturno: porque el
sistema óseo es el más resistente. Saturno es el planeta que corresponde a la séfira
Binah. Acordaos de la fórmula que un día os di: “Yo soy estable, hijo de estable,
concebido y engendrado en el territorio de la estabilidad.” Estas son, justamente, las
palabras que puede pronunciar aquél que ha llegado a la estabilidad de Saturno.
Pero prosigamos. Como hemos visto para el alimento que comemos, el aire que
respiramos representa simbólicamente la luz del sol, y la nariz y los pulmones, que son
aquí comparables al estómago, representan el prisma. Cuando la sangre purificada y
cargada de oxígeno circula de nuevo, distribuye en el organismo siete haces de fuerzas.
El mismo fenómeno se produce en la vista y en el oído: las imágenes son recibidas por
los ojos, y el sonido por los oídos, como prismas que los descomponen y los transmiten
bajo forma de sensaciones. Así pues, todo lo que penetra en el hombre, es decir, todo lo
que es absorbido o percibido por él, puede compararse con la luz que entra en el prisma
y sale de él descompuesta. Se trata de los mismos procesos.
Veamos ahora como se efectúa la distribución.
Cuando el estómago distribuye
las energías, envía cuatro partes a la región del vientre y de los órganos sexuales, dos
partes a los pulmones y al corazón y solamente una parte al cerebro. Para comprender
este reparto debemos acordarnos de otra división en tres que utiliza la Ciencia iniciática:
la división cabeza, torso y vientre. La cabeza corresponde al mundo divino, al mundo de
la inteligencia, los pulmones y el corazón corresponden al mundo astral, y el estómago,
con todos los órganos de la digestión, al mundo físico. Esta es una división tradicional
de los esoteristas. Así pues, el estómago, que absorbe el alimento y lo distribuye, se
queda cuatro partes para él, envía dos al corazón y a los pulmones y una al cerebro.
Del
aire que reciben, los pulmones envían dos partes al estómago, dos partes al cerebro, y se quedan con tres para ellos y el corazón. Finalmente, cuando el cerebro recibe la energía
solar, se queda con cuatro partes para él, envía dos al corazón y a los pulmones, y una
solamente al estómago. Los elementos espirituales, que producen muy pocas escorias,
entran en muy poca cantidad en el estómago, mientras que el sistema nervioso lo recibe
casi todo. Inversamente, casi todas las energías producidas por el alimento y las bebidas
se van al sistema muscular y al vientre, y muy pocas van al cerebro.
Digamos unas palabras más sobre los colores.
El rojo está en relación con la
vida, la expansión y la vitalidad, e incluso la guerra, porque la necesidad de espacio
vital y de alimento empuja a los hombres a pelearse para tener siempre más.
El naranja
es el dominio de la salud, de la medicina, de todas las investigaciones que se hacen para
curar a los hombres. El amarillo es el dominio de la ciencia, de la observación, de la
reflexión, del análisis. El verde, el de la agricultura, y, de una forma general, el de la
economía. Toda civilización empieza con la agricultura, de la que derivan
automáticamente la economía y las finanzas; por eso, los que saben trabajar con el color
verde pueden llegar a ser muy ricos.
El color azul concierne al dominio religioso, ético,
moral. El color índigo es el de la metafísica y las abstracciones, en donde descubrimos
la causa de todas las cosas. El violeta es la expresión del mundo espiritual más sublime.
Diréis: "¿con qué color está relacionado el arte?” Con todos, porque el arte pertenece a
todos los ámbitos. En cuanto actuamos, en cuanto creamos, entramos en el terreno del
arte. No existe un dominio puramente artístico, el arte está en todas partes.
Éstas son algunas palabras con respecto a los colores; pero lo más importante
para vosotros es comprender que debéis trabajar sobre vosotros mismos para llegar a ser
puros como un cristal y desarrollar armoniosamente este prisma que forman la cabeza, los pulmones y el vientre.
Entonces, la luz en la que estamos sumergidos pasará a través
nuestro produciendo los siete colores más bellos e irisados.
Y ahora, veis estos dos triángulos*: uno con la punta hacia arriba, y otro con la
punta hacia abajo. Algunos de vosotros ya sabéis que estos dos triángulos equiláteros
son los símbolos del hombre y de la mujer que han desarrollado a la perfección su
corazón, su intelecto y su voluntad. El triángulo del hombre, que es azul, tiene la punta
hacia abajo porque representa al Espíritu cósmico que desciende siempre hacia la tierra,
hacia los humanos, para vivificarles, espiritualizarles y darles una parte de su energía:
representa la involución.
Y el triángulo de la mujer, que es rojo, tiene la punta hacia
arriba porque es el símbolo de la materia que sube para reunirse con su bienamado, el
espíritu: es la evolución. Cada uno hace la mitad del camino, y cuando ambos se
encuentran, se abrazan, se fusionan, están en la plenitud. Este encuentro del espíritu y de
la materia es simbolizado por el sello de Salomón, que también se llama hexagrama.
Este símbolo contiene toda una ciencia.
Entre los dos triángulos de nuestra sala veis un pentagrama. El pentagrama
representa al hombre perfecto, en el que los dos principios están fusionados y posee las
cinco virtudes. El número 6 corresponde al animal. El número 5 representa el hombre
perfecto que se ha desembarazado de lo animal simbolizado por la cola. ¿Y qué
cualidades son las del hombre perfecto? Ya os las he enumerado: son la bondad, la
justicia, el amor, la sabiduría y la verdad. Estas virtudes están representadas en el
cuerpo físico. La bondad está representada por las piernas, porque con sus piernas el
hombre va por todas partes a hacer el bien. La justicia está representada por las manos,
porque las manos distribuyen con equidad.
El amor está relacionado con la boca, porque
la boca pronuncia palabras que consuelan, serenan y curan. La sabiduría está relacionada con los oídos, porque con sus oídos el hombre comprende y penetra la
sabiduría divina. Finalmente, la verdad está relacionada con los ojos, porque con los
ojos contemplamos la verdad. Estas cinco virtudes están también representadas en los
cinco dedos de la mano. El 5 es, pues, el número del ser perfecto.
Si hemos puesto aquí estos símbolos es para invitaros a reflexionar, para que a
través de los dos principios emisivo y receptivo -los dos principios de la involución y de
la evolución, que están representados por los dos triángulos- podáis llegar a ser un
pentagrama, un ser perfecto, como Jesús. No le dieron por casualidad el nombre
Iechoua, que tiene cinco letras: iod, hé, schin, vau, hé. Jesús es el hombre
perfecto.
Pero volvamos al prisma.
En el ser humano todo está, pues, distribuido en
función de los números 1, 3, 7. Y hasta cuando el hombre y la mujer crean un hijo, lo
que el hombre le da a la mujer es el 1, la luz, y la mujer, que representa el 3, el prisma,
produce las 7 fuerzas: un ser completo. Se trata de la misma ley. Y si la mujer está mal
conformada, no producirá un haz de colores perfectos, es decir, un ser humano con
todos sus miembros, con todas sus cualidades y facultades, sino un ser minusválido.
Depende de la madre, pero también del padre, porque el padre no siempre le da a la
madre algo tan puro y luminoso como la luz del sol. Pero seguro que le da algo, y esta
luz, brillante o apagada del padre, que pasa a través del prisma más o menos perfecto de
la madre, produce un hijo más o menos normal. Pero las correspondencias funcionan de
manera absoluta.
Incluso cuando os hablo, las palabras que pronuncio son como la luz del sol, y
vosotros sois prismas. Y si mis palabras son tan puras, tan inteligentes y perfectas como
la luz del sol, y si vosotros sois buenos prismas, es decir, si estáis bien descansados,
atentos y despiertos, con una inteligencia y un corazón bien dispuestos, nacerán hijos extraordinarios, es decir, descubrimientos, pensamientos y sentimientos constructivos.
Pero, aunque os haga las revelaciones más profundas y verídicas, si estáis somnolientos
y fatigados o si mis palabras no os interesan, no seréis buenos prismas y no habrá
ningún resultado, o incluso se producirán malentendidos, porque comprenderéis otra
cosa diferente a lo que os quería decir, como ya ha sucedido muchas veces.
Todo lo que os he dicho sobre los dos triángulos y sobre el pentagrama lo
encontraréis en la literatura esotérica, pero las correspondencias que os he presentado
entre el prisma y el hombre no las encontraréis en ninguna parte. Os revelaré ahora algo
extraordinario que no encontraréis en ningún libro.
El Iniciado posee en sí mismo los
dos triángulos, los principios masculino y femenino; representa en sí mismo la unión del
espíritu y de la materia. Cuando está lleno de bondad, de amor y de compasión para con
los hombres, cuando toda su atención está concentrada en ellos, representa el triángulo
del espíritu cuya punta está dirigida hacia abajo, es decir, hacia la humanidad. Entonces
recibe la luz de Dios, y aunque toda su actividad esté concentrada hacia abajo, hacia los
humanos, esta luz sale de él como un haz de siete colores que se proyectan hacia el
cielo, y los ángeles, los arcángeles y Dios mismo están maravillados. Y, sin embargo, el
Iniciado pensaba en los hombres.
En cuanto al otro principio, simbolizado por el triángulo de la materia, el
triángulo de la mujer cuya punta está dirigida hacia arriba, está mucho más próximo al
centro de la tierra. Este centro de la tierra proyecta también una luz, pero una luz
infernal, una luz tenebrosa que puede tener efectos desastrosos. Por tanto, como os
acabo de decir, cuando el Iniciado tiene hacia toda la humanidad un amor totalmente
desinteresado y con todas sus fuerzas, con toda su alma, pide que todos los hombres
vivan en el gozo, en la abundancia, en la paz y en la plenitud, entonces los siete colores brotan a través de él. Pero sucede además una cosa muy importante: el Iniciado purifica
todas las fuerzas tenebrosas que el Infierno le envía, las transforma y sabe utilizarlas.
Para los grandes Iniciados no existe mal que no logren transformar en luz y en gozo.
Sólo cuando el hombre no está conectado con la luz, cuando no ha desarrollado su
inteligencia y su voluntad, las influencias subterráneas pueden turbarle, e incluso
hacerle caer.
Hermes Trismegisto decía: “Abajo es como arriba, y arriba es como abajo”. Por
tanto, si el hombre recibe fuerzas y energías de arriba, debe recibirlas también de abajo.
La naturaleza de estas fuerzas y de estas energías no es evidentemente la misma abajo y
arriba, son las leyes las que son idénticas. En efecto, Hermes Trismegisto no dijo que lo
de abajo es de la misma naturaleza y del mismo esplendor que lo de arriba. Al decir
“como” Hermes Trismegisto quiso decir que abajo existen las mismas
correspondencias, las mismas relaciones y las mismas leyes que arriba; pero la materia
de estos dos mundos es diferente: abajo es opaca y tenebrosa, mientras que arriba es
sublime y luminosa.
Por las palabras “arriba” y “abajo” podemos comprender, por ejemplo, el
cerebro y el estómago, porque en ellos encontramos las mismas leyes.
El cerebro digiere
los pensamientos igual que el estómago digiere los alimentos, y sin embargo el
estómago no es exactamente semejante al cerebro. Vayamos más abajo aún, el sexo es
como lo de arriba, el cerebro. Tampoco su naturaleza y su materia son iguales, sino su
función, es decir, en este caso, el poder creador. Hermes Trismegisto no dijo que el
Infierno, que está abajo, tiene la misma belleza que hay arriba en el Cielo, sino que lo
mismo que las fusiones, las penetraciones y las creaciones que existen arriba también existen abajo, sin que podamos comparar, sin embargo, su esplendor, su amplitud y su
poder. ¡Pero no por esto vayáis a creer ahora que el Infierno es idéntico al Paraíso!
En el ser humano hay un arriba y un abajo, y si aplicamos ahora la fórmula de
Hermes Trismegisto al hombre y a la mujer que están creando un hijo, vemos que lo que
está abajo, la mujer, es como lo que está arriba, el hombre; porque la mujer está
construida como el hombre, pero en ella todo está invertido: lo que en uno está lleno
está vacío en el otro, como un guante al que le hubiésemos dado la vuelta. Son, pues,
idénticos.
Pero, además, él está arriba y ella abajo, sus posiciones están invertidas. No
os diré más, pero podría daros tantos detalles que estaríais asombrados. Reflexionad.
Todavía no os he revelado toda la profundidad de estas palabras de Hermes Trismegisto
porque el Cielo me lo ha prohibido; pero cuando recibí esta revelación, me conmoví
profundamente. Muchos repiten esta frase sin haberla comprendido jamás.
Abajo es
como arriba porque entre abajo y arriba hay relaciones y procesos mágicos que ni
siquiera podéis concebir.
El cerebro, los pulmones y el estómago distribuyen cada uno siete fuerzas a
todos los sistemas del organismo humano; 3 x 7 = 21, y con el hombre mismo, 22.
Ahí
tenéis las 22 llaves, los 22 arcanos del Tarot. Y si no queréis contar al hombre, porque
ya está implícito en las 21 fuerzas, podéis reemplazarlo por la luz que produce todas
estas fuerzas. Encontramos de nuevo en las cartas del Tarot esta misma distribución en
siete: siete energías que corresponden al estómago, siete a los pulmones, y siete al
cerebro.
El sol está también representado: es la carta 19. En esta experiencia con la luz
del sol y el prisma volvemos a encontrar las 22 cartas del Tarot y los 11 sefirots. Hay,
por tanto, siete cartas del Tarot para la cabeza, siete para los pulmones y el corazón, y
siete para el vientre y el estómago, y con el sol suman veintidós.
¿De dónde viene esta palabra “Tarot”? Si permutamos las sílabas y las vocales
tenemos las palabras Rota: la rueda, y Thora: la ley de los judíos. Muchos han trabajado
con estas tres palabras: Tarot, Rota y Thora, sobre todo el cabalista francés Guillaume
Postel. ¿Por qué le han dado este nombre de Tarot a las cartas iniciáticas egipcias?
Rota
es la rueda que Ezequiel y San Juan vieron girar, una rueda cubierta de ojos: es la séfira
Hokmah. La Thora es la ley religiosa de los judíos; Moisés le dio este nombre porque su
suegro se llamaba Iotorah (Jethro). Iotorah era un sacerdote de la tierra de Madian, un
gran Iniciado. Moisés permaneció cuarenta años con él para estudiar; pasó las pruebas,
y, cuando las superó Iotorah le dio a su hija: Séphora. Y, veis, Séphora y Séfira son casi
el mismo nombre. Al final de su Iniciación Moisés recibió la misión de ir a liberar a los
judíos y partió.
No os lo revelo todo porque debéis meditar vosotros para descubrir ciertas
verdades, y si hacéis esfuerzos sinceros, quizá los amigos de arriba vengan a ayudaros.
Debéis trabajar para atraerlos, porque sin ellos nada os será revelado. Pero sólo se
pueden atraer los espíritus luminosos del mundo invisible con la pureza, el amor y la
armonía; a las menores agitaciones interiores, se van. Lo he verificado muchas veces.
En Estados Unidos, en el parque de Yosemite, por ejemplo, vimos unos árboles
magníficos de cerca de 4000 años, pero ya no estaban habitados: los devas se habían ido
porque había demasiados visitantes, demasiado ruido, demasiada agitación; habían
abandonado esta región tan bella. En casi todos los árboles vive una criatura, pero en
este parque estos árboles gigantescos ya no eran expresivos porque no estaban
habitados.
Pero volvamos al prisma.
Toda la vida, la multitud de afinidades y de
correspondencias que constituyen la vida, está representada en esta imagen de la luz que el prisma descompone en siete colores. Os daré ahora como norma que busquéis la luz,
que os imaginéis que sois un prisma y que lográis orientaros tan bien que dejáis pasar
los rayos del sol a través vuestro, y que éstos vuelven a brotar a vuestro en siete
magníficos colores a vuestro alrededor.
Si conocieseis la importancia de la luz, no la dejaríais siempre en último lugar.
En otra conferencia, acordaos, os decía que cuando encontráis la luz, ésta se manifiesta
en vosotros bajo una forma extraordinaria y, en primer lugar, os da el gusto de las cosas.
Hagáis lo que hagáis, tanto si coméis, como si bebéis, como si os paseáis o leéis, sentís
que todo toma un gusto delicioso, exquisito, sabroso. Pero si perdéis la luz, perdéis el
gusto. Porque cuando perdemos la luz lo perdemos todo. Si la sal pierde su sabor, sólo
es buena para ser pisoteada.
Si perdéis vuestra luz seréis triturados por los
acontecimientos, porque habréis descuidado aquello que mejor os podía hacer fuertes e
invulnerables. ¿Veis? os instruyen en todo salvo en lo esencial. Cómo tener un oficio,
cómo ganar dinero, cómo situarse bien en la sociedad, todo gira alrededor de estas
preocupaciones, pero cómo encontrar la luz, ¡jamás! Claro que hay algunos místicos que
buscan la luz, pero la gente se burla de ellos. Los compadecen, ¡los encuentran tan
ridículos a los pobres!
A menudo me pregunto por qué los humanos dan la espalda a lo esencial para
lanzarse a todo aquello que puede aportarles decepciones, enfermedades, sufrimientos.
¡Y eso es lo que llaman cultura y civilización! Además, mirad tan sólo cómo
comprenden la inteligencia: de todos aquellos que son astutos, pícaros, capaces de timar
a los demás, dicen: “¡Qué inteligencia!” No, la verdadera inteligencia no es eso. La
verdadera inteligencia es la luz, y la luz no quiere aprovecharse de los demás ni
perjudicarles, quiere darles, iluminar su camino. La propiedad esencial de la luz es hacer
ver: ilumina el camino para hacer visibles los peligros, pero también las bendiciones.
Ella es, pues, la que nos ayuda a encontrar la verdad. Cada cosa: la tierra, el agua, el
aceite, un árbol, un pájaro... tiene propiedades bien determinadas. Pero únicamente la
luz tiene la propiedad de iluminarnos, de mostrarnos el camino. Encendéis vuestra
lámpara y os dais cuenta de que hay un precipicio, y decís: “¡si hubiese dado dos pasos
más, todo habría acabado!” Cada cosa tiene sus propiedades, sus cualidades, y la luz,
claro, no os alimentará ni os dará dinero, pero quizá os muestre dónde se esconde un
tesoro, podáis ir a desenterrarlo y os hagáis ricos. Mientras que sin luz, aunque tengáis
dinero os lo robarán; porque el que es tonto siempre encuentra quien le desvalije.
Es simple, evidente, elemental. La propiedad de la luz es hacernos ver todo lo
que hay a nuestro alrededor, y así nos da todas las posibilidades de tomar medidas en un
sentido o en otro, porque en la claridad podemos orientarnos, evaluar las distancias. E
incluso, mirad: si queréis correr, la luz estará siempre antes que vosotros, porque es la
más rápida. ¿Por qué es la más rápida? Porque ha comprendido que no hay que
cargarse, no quiere llevar fardos inútiles, compromisos estúpidos que la retendrían.
Pero
también tiene mucho amor, por eso se da prisa en ayudar a los humanos; su amor la
empuja a ir rápidamente para poder ser útil inmediatamente. Los demás, que se han
sobrecargado con toda clase de fardos, llegan cuando el enfermo ya está muerto.
Alguien se ha muerto, y un siglo después llegan para salvarle. ¡Esa es la velocidad de
los hombres! La luz es la más inteligente porque quiere ser libre, no quiere dejarse
sobrecargar; por eso todos aquellos que quieren parecerse a la luz no se cargan, no se
hunden en la materia, no echan raíces en ella.
La luz es la que da los poderes, la luz es la que da la riqueza (no el dinero, sino
la riqueza), y es también la luz la que da el verdadero placer: cuando tenéis la luz
encontráis el gusto a las menores cosas y un simple trago de agua os da la sensación de beber el elixir de la vida, como si este agua circulara en vuestras venas. ¡Es una
sensación indescriptible!
¡Bienaventurados aquellos que han puesto la luz en su cabeza, en su alma, en su
corazón, en su espíritu! Y cuando hablo de la luz, claro, no hablo solamente de la luz
física, porque todo el mundo puede tener la luz física, basta con encender una lámpara.
No, hablo de la luz espiritual, que cuando penetra completamente en el hombre le da la
iluminación. Pero la iluminación es el último grado de la Iniciación, cuando la luz ha
penetrado tanto cada célula del Iniciado que empieza a brillar por encima de su cabeza.
La luz espiritual, la luz interior, es toda la riqueza de los Iniciados. Con esta luz, lo
pueden obtener todo.
Alguno preguntará: “Pero, ¿cómo tener esta luz interior?” ¡Qué pregunta!
¿Acaso no sabéis cómo hacen los primitivos para tener fuego? Cogen, por ejemplo, dos
pedazos de madera que frotan el uno contra el otro y aparece el calor; siguen frotando y,
finalmente, se ven pequeñas llamas, luz. Hay, pues, tres etapas: el movimiento (la
voluntad), el calor (el amor, el sentimiento) y finalmente la luz (la inteligencia, el
pensamiento).
Por tanto, para llegar a esta luz hay que decidirse a actuar, a poner la
voluntad en acción hasta que el calor, el amor se apodere de vosotros, y que este calor,
este amor se convierta en luz. Así es como se obtiene la luz. Hacemos ejercicios
espirituales, meditamos, rezamos, hasta que tomamos verdaderamente gusto a estos
ejercicios, hasta el punto de no poder prescindir de ellos, y finalmente la luz brota.
También puede suceder lo contrario, se puede transformar la luz en calor, y el calor en
movimiento. Cuando poseéis ciertos conocimientos, éstos despiertan en vosotros el
amor, y el amor os empuja a actuar. Cada elemento puede transformarse y convertirse
sucesivamente en uno de los otros dos. ¡Veis qué sencillo! La gente se pregunta durante años cómo obtener la luz, cómo vivir la vida espiritual, y no lo consiguen, cuando es tan
sencillo, ¡tan claro!
OMRAMM
Bonfin, 18 de agosto de 1967
* La fachada Este de la sala de conferencias en el Bonfin está iluminada por dos vidrieras que representan
dos triángulos y un pentagrama.

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