Está escrito en el Libro del Zohar:
“Siete luces hay en el Altísimo,
y ahí es donde habita el Anciano de los Ancianos,
el Misterioso de los Misteriosos,
el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph.”
Estas siete luces son las luces roja, naranja, amarilla, verde, azul, índigo y
violeta. Son los siete Espíritus que están ante el Trono de Dios. Los colores de la luz
descompuesta por el prisma tienen también, pues, un valor simbólico. Cuando di mi
primera conferencia, empecé hablando del sol y de la fuente. ¿Por qué? Porque la luz es
como el agua de una fuente. Sí, el sol, con su luz, es una fuente, y es arriba donde brota
la verdadera fuente. La luz es el agua que brota del sol, es el agua de la vida. La luz es
blanca y el agua de la tierra es transparente, pero siguen siendo el mismo símbolo.
Cuando miramos la luz del sol a través de un prisma descubrimos una riqueza y
un esplendor increíbles. ¿Cómo la luz, que es una, atraviesa el prisma, que es tres, para
convertirse en siete? Sí, uno, tres y siete. Este fenómeno me ha preocupado mucho
desde mi juventud y me alegraba ver que la luz del sol contenía tantas riquezas, tanta
belleza y pureza.
Fue entonces cuando comprendí que el ser humano, lo mismo que el
prisma, es una trinidad. Para que la luz del sol pueda descomponerse perfectamente en siete colores, es preciso que las tres caras de la sección del prisma sean transparentes,
pero también iguales. Igualmente, es preciso que el ser humano haya desarrollado
armoniosamente el triángulo que forman su intelecto, su corazón y su voluntad para que
la luz que viene de Dios, la luz del sol, pueda pasar a través suyo y manifestarse en el
esplendor de los siete colores. Únicamente los discípulos y los Iniciados que han
trabajado para desarrollar su inteligencia, que han ejercitado su corazón para sentir y
amar correctamente, y que se han hecho fuertes porque han luchado y han tenido la
voluntad de vencer lo negativo, llegan a descomponer la luz en siete colores, y su aura
aumenta en extensión, en belleza y en pureza.
Los que no han desarrollado
correctamente en ellos este triángulo del intelecto, del corazón y de la voluntad, sólo
tienen en su aura dos o tres colores, los demás están ausentes. Y si por desgracia
deforman este triángulo, su intelecto se vuelve taimado, astuto y agresivo, su corazón se
llena de odio, de maldad, de crueldad, de deseo de venganza y de sensualidad, y su
voluntad se pone al servicio de la destrucción y de la demolición. Entonces, no sólo el
aura ya no tiene sus colores atornasolados y vivos, sino que está cargada de horrores y
de monstruosidades.
En la Ciencia iniciática a la luz roja se le llama Espíritu de Vida. El rojo es la
vida, y quizá la sangre es roja porque es el vehículo de la vida. Quitadle la sangre a un
hombre y le quitáis la vida; dadle sangre, cuando está muy débil, y se reanima. Así se
descubrió la transfusión sanguínea. ¿Cómo actúa el color rojo en los seres humanos?
Con las vibraciones que produce les conecta con el Espíritu de Vida; gracias a él se
animan, su vitalidad aumenta. Pero el rojo tiene miles de matices: el amor, la violencia,
la guerra y la cólera, la sensualidad, el dinamismo, la embriaguez...
La luz naranja es el Espíritu de Santidad, el segundo espíritu.
Con el color
naranja os conectáis, pues, con la santidad. Pero este color tiene también muchos otros matices: el individualismo, el orgullo, incluso la soberbia; otro matiz mejora la salud,
otro aporta la fe y la refuerza. Pero, ante todo, el naranja es el color de la santidad y de
la salud.
La luz amarilla dorada es el Espíritu de Sabiduría. Con sus vibraciones incita a
las criaturas a leer, a reflexionar, a meditar, a buscar la sabiduría, a mostrarse razonables
y prudentes.
La luz verde es el Espíritu de Eternidad y de Evolución. Como los demás, tiene
muchos matices, y si tuviese la posibilidad, os mostraría cómo actúa cada uno de estos
matices. Pero los colores más auténticos, los que más se acercan a la esencia divina, son
los colores dados por el prisma. No toméis otros colores para vuestro trabajo espiritual;
pueden representar muchas otras virtudes, pero las virtudes esenciales están en los
colores del espectro solar. Os dije cuánto me habitué a contemplar estos colores, a
trabajar con ellos; para mí son un alimento. A menudo, oriento el cristal de mi bastón
hacia el sol para ver estos siete colores; los contemplo, me alimento, me alegro, bendigo
al Cielo y sigo mi trabajo.
El verde es, pues, el color del crecimiento, del desarrollo, pero también el de la
riqueza. Está relacionado con la esperanza y da al hombre la posibilidad de evolucionar.
Un día os diré cómo cada color, con sus vibraciones, está en relación con un órgano y
facilita ciertos procesos.
La luz azul es el Espíritu de Verdad. Está relacionada con la religión, con la paz,
con la música.
El azul desarrolla el sentido musical, serena el sistema nervioso, cura los
pulmones y actúa favorablemente sobre los ojos, que son el símbolo de la verdad.
La luz índigo es el Espíritu de Fuerza, el Espíritu de la Realeza. Presenta casi las
mismas propiedades que el azul.
Hablemos ahora de la luz violeta. Es el Espíritu de la Omnipotencia divina y del
Amor espiritual; es el Espíritu del Sacrificio. El violeta es un color muy poderoso que
protege al hombre. Es también un color muy místico, muy sutil, que le ayuda a
desdoblarse para visitar los otros mundos y le permite comprender el amor de Dios. No
es nada favorable para la vegetación.
Cuando tenía quince o dieciséis años trabajaba con los colores, y no sólo me los
imaginaba y meditaba con ellos, sino que embadurnaba los cristales de mi habitación
para estudiar sus efectos. Empecé con el rojo, después el naranja, etc... Yo meditaba en
esta habitación bañada por la luz coloreada que traspasaba los cristales y, durante unos
días, observaba cómo actuaba sobre mí este color; después lo lavaba todo y pasaba a
otro color. En cuanto a mis padres y a los vecinos, ¡inútil deciros por quien me
tomaban! Pensaban que me había vuelto loco, pero yo seguía imperturbablemente
estudiando los colores.
Con el violeta me iba al otro mundo. Invitaba a amigos para ver
el efecto que este color producía en ellos: se dormían, y las flores se marchitaban, el
violeta las mataba. Pero el violeta es un color que me gusta mucho.
Cuando el rojo de su aura no es puro ni límpido es porque el hombre se ha
dejado arrastrar por la cólera, por la embriaguez o la sensualidad; para cada uno de estos
vicios el matiz del rojo es diferente y los clarividentes pueden verlos. Además, en todos
los tiempos se ha relacionado el rojo con la sangre, con la guerra. Es un color bello, pero
su matiz debe ser tan puro que, mezclado con el blanco, dé un rosa luminoso.
El rosa expresa también un matiz del amor: el blanco le aporta al rojo la pureza,
la armonía, algo que serena sin violencia ni egoísmo, y así, el amor se calma, se vuelve
ternura. Por eso la rosa es un símbolo de ternura, de delicadeza. A aquél que tenga
demasiada vitalidad y sensualidad le aconsejo que se conecte con el color blanco, o que
se relacione con seres que tengan mucho blanco, es decir, que sean puros y honestos; así habrá al menos una mezcla, y el rojo se volverá rosa. Y este hombre ya no será
importunado y atormentado por la fuerza del rojo que hay en él. El rosa actúa también
favorablemente sobre la inteligencia.
Se dice: “Ver la vida de color de rosa”, es decir,
ser optimista. El que ve la vida de color de rosa no tiene el espíritu obstaculizado por
preocupaciones o pensamientos sombríos y tristes; la existencia se le aparece bajo un
aspecto agradable, y es feliz.
Podemos hacer las mismas observaciones para los demás colores. Hay azules
que revelan que un hombre ha perdido la fe o que ya no está en la verdad o en la paz. Si
el amarillo es impuro o apagado, ello muestra que el hombre no es razonable ni capaz
de profundizar y de comprender; no se puede tener confianza en sus facultades
intelectuales. Pero no quiero detenerme hoy en este tema, porque tengo otras cosas que
deciros. Retened solamente que los siete Espíritus que están ante el Eterno son: el
Espíritu de Vida, el rojo; el Espíritu de Santidad, el naranja; el Espíritu de Sabiduría, el
amarillo; el Espíritu de Eternidad, el verde; el Espíritu de Verdad, el azul; el Espíritu de
Fuerza, el índigo, y el Espíritu del Sacrificio, el violeta.
Si queréis crear un color, siempre podéis obtenerlo a partir de otros dos colores:
el violeta y el naranja dan el rojo; el rojo y el amarillo dan el naranja; el naranja y el
verde dan el amarillo, etc... Cada color es el hijo de otros dos que son como su padre y
su madre; pero si no sabéis cuáles hay que mezclar, no obtendréis un buen resultado.
¿Por qué? Porque entre los colores también hay oposiciones y afinidades, y estas
oposiciones y afinidades las encontramos igualmente entre los planetas que
corresponden a estos colores.
El color rojo corresponde a Marte. Marte es fogoso, violento, destructivo; es el
principio masculino por excelencia, pero en un campo determinado, porque el Sol
(aunque el Sol no sea un planeta) y Júpiter tienen también un carácter masculino, pero terrenos diferentes. El color verde corresponde a Venus. Las personas en quienes
domina el rojo son atraídas por aquéllas en quienes domina el verde, porque se realzan
mutuament, y es maravilloso; pero si se unen y se fusionan, darán nacimiento a un
monstruo.
Que se paseen juntas, que se hablen, que se miren, que se exalten, pero que
no se fusionen, porque el verde y el rojo mezclados producen un color sucio. Lo mismo
sucede con el naranja y el azul: su mezcla es espantosa, pero puestos el uno al lado del
otro son más expresivos, se exaltan. Veis como hemos puesto aquí estos colores (el
Maestro señala las vidrieras coloreadas del comedor): uno junto al otro, el azul y el
naranja se exaltan, el naranja se vuelve más naranja y el azul más azul; esto también
sucede con el verde y el rojo, que veis allí enfrente. Al color azul le corresponde el
planeta Júpiter y al naranja el Sol; estos dos planetas son positivos, por eso no deben
casarse.
Tomemos ahora el amarillo y el violeta, que tampoco debemos mezclar. El
amarillo corresponde a Mercurio y, según la Cábala, el violeta corresponde a la Luna,
aunque la mayoría de las veces se le atribuye a la Luna el color blanco. Si dejamos,
pues, el color blanco a la Luna, le daremos a Neptuno el color violeta, porque Neptuno
es idéntico a la Luna, pero en un registro superior. Igualmente, en un registro superior,
Urano es idéntico a Mercurio.
Comprenderéis mejor sus relaciones si las situáis sobre el Arbol sefirótico.
Mercurio (Hod) está opuesto a Urano (Hokmah) y, sobre el otro eje, Venus
(Netzach) está opuesto a Saturno (Binah). En el pilar central, la Luna (Iésod) está
opuesta a Neptuno (Kéther). En el plano horizontal, Marte (Gébourah), en el pilar del
rigor, está opuesto a Júpiter (Hésed), en el pilar de la clemencia. Un día os explicaré
todas estas relaciones; veréis cómo Venus y Saturno representan casi la misma realidad manifestada en regiones diferentes. Esto contradirá quizá todo lo que habéis aprendido
hasta ahora, pero veréis cómo, en la misma línea del amor, el amor de Venus se
convierte en la inteligencia de Saturno, y cómo, en la otra línea, la inteligencia concreta
de Mercurio, la de los razonamientos, de la palabra y de los negocios, se convierte,
arriba, en la sabiduría de Urano.
Sobre estas correspondencias no se encuentran muchas explicaciones en los
libros, pero gracias al Cielo muchas de ellas me han sido reveladas. Los sefirots no han
sido colocados así por casualidad; existen entre ellos unas relaciones geométricas que
son significativas. Pero todo esto es algo lejano para vosotros, y de momento ni siquiera
es necesario que abordéis estas cuestiones filosóficas y abstractas; retened hoy
solamente estas pocas palabras sobre los colores para poder trabajar eficazmente en
vuestra evolución. Trabajad cambiando cada día de color. Podéis empezar por el rojo,
que es el que está más cerca de la tierra, y continuar con el naranja, el amarillo, etc... O
bien, podéis empezar, en sentido inverso, por el violeta. Así, descendéis o subís, como
queráis, como estéis acostumbrados.
El color rojo es el que está más cerca de la tierra, y por esta razón la base de
nuestro comedor está pintada de rojo, mientras que la parte superior está pintada de
azul.
El cielo es azul y la tierra es roja. En hebreo, el primer hombre se llama Adam, el
lugar en el que habitaba Edén, la tierra Adamah, y el color rojo se dice Adom. El color
rojo, la tierra, el hombre y el Edén son, pues, en hebreo, palabras formadas sobre la
misma raíz. Por eso en la Cábala se llama a Adam “el hombre rojo”. Pero el viejo Adam
debe morir y ceder el sitio al hombre nuevo: Cristo, simbolizado por el color azul.
Transformar el rojo en azul era, precisamente, el trabajo de los alquimistas. Eso
significa que todo lo que en el hombre es grosero, violento, animal, debe ser
transformado, sublimado. El rojo y el azul son los dos polos opuestos, y si queréis pasar del uno al otro, preguntad a los alquimistas; os responderán que debéis saber trabajar
con el ácido y la base. Si sabéis trabajar con estos dos principios, masculino y femenino,
podéis cambiar los colores, es decir, hacer que el rojo se cambie en azul, poniendo unas
gotas de ácido o de base... La química aclara, pues, los preceptos de la religión, pero los
religiosos no lo saben... Y los químicos tampoco: para ellos todo eso son fenómenos
puramente materiales que no intentan interpretar. La ciencia se limita a constatar los
hechos, no busca ni su razón de ser ni su significado. ¡Pero a mí, me gusta
interpretároslos!...
Nosotros somos, pues, el Adam rojo que debe ceder el sitio a Cristo.
Esta
transformación es posible, es la meta de la religión. El viejo hombre Adam, sometido a
las pasiones (el rojo), debe ceder el sitio a Cristo, al hombre nuevo (el azul), que vive en
la verdad, la paz y la armonía. ¡Bienaventurados los que comprenden! ¡Bienaventurados
los que siguen la luz!
Terminaré citando otra vez estas palabras del Zohar que me gustan mucho. Yo
las pronuncio a menudo interiormente: “Siete luces hay en el Altísimo, y allí es donde
habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los
Escondidos: Aïn Soph”. ¡Es magnífico! Vosotros también podéis repetir estas palabras,
¡y que la Luz sea! ¡Que todos trabajen ahora sobre la luz, con la luz y para la luz!
OMRAAM

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