Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

domingo, 25 de noviembre de 2018

ORGULLO Y HUMILDAD



La vanidad se muestra buena, amable, generosa; va a todas partes para que la vean, hace el bien para que la observen, es servicial para que la aprecien. Pero para el que la manifiesta es a menudo perjudicial, ciertamente. En cuanto al orgullo, no es de ninguna utilidad; ni siquiera para los demás. 
El orgulloso es duro y despreciativo, quiere ser apreciado y respetado sin hacer lo más mínimo para los demás. Satisfecho de la buena opinión que tiene de sí mismo, no va a exhibirse a los ojos del mundo; quiere que sean los demás quienes se molesten en descubrirle. Es solitario y helado, como las cumbres de las montañas. Hay que subir para encontrarle, y todavía, a menudo, permanece inaccesible y oculto. 

Pero cuando se da cuenta de que no se le profesa respeto ni admiración, que no se le reconoce como un ser superior, se encierra y se ensombrece. El vanidoso tiene una luz, por lo menos... una luz un poco borrosa, ciertamente, pero al menos hace algo para brillar. El orgulloso es sombrío, está bajo el signo de Saturno; mientras que el vanidoso está, más bien, bajo el signo de Júpiter. Si estudiamos esta cuestión desde el punto de vista freno lógico, descubriremos que el centro de la vanidad está situado a un lado del cráneo, mientras que el orgullo está situado en el eje mediano, un poco hacia atrás. Pero la vanidad y el orgullo no son exclusivos del hombre; se les ve aparecer ya en los reinos vegetal y animal. Entre los animales, la gallina es vanidosa mientras que el gallo es orgulloso. 

El caballo es vanidoso, mientras que el asno es orgulloso. Entre los vegetales, el melón es vanidoso y la sandía orgullosa; el tomate es vanidoso y el puerro orgulloso. Entre los humanos, es más bien la mujer la vanidosa y el hombre el orgulloso. Una mujer orgullosa es un hombre disfrazado, y viceversa. A una mujer le conviene mejor ser vanidosa. En nuestro ser interior, encontramos también el orgullo y la vanidad: el intelecto tiende al orgullo, el corazón a la vanidad. A medida que se desarrolla, el intelecto se vuelve orgulloso, se aísla de los demás. El corazón, al contrario, es vanidoso, tiene necesidad de mostrar todo lo que posee o sabe hacer. Se puede decir que los Iniciados de la Antigüedad se caracterizaban por el orgullo: querían guardar celosamente todos sus secretos y mantenían a la multitud alejada de los misterios. 

En nuestros días, por el contrario, los Iniciados tienen tendencia a revelarlo todo, a darlo todo. Mirad, toda la Ciencia iniciática está ahora expuesta a la vista de todos; podríamos decir que los Iniciados contemporáneos son más bien vanidosos. Digamos también, si queréis, que yo soy vanidoso, sí, y gracias a mi vanidad aprendéis de mí muchas cosas, lo que no sería el caso si yo fuese orgulloso. Pero centrémonos ahora en el orgullo que es, verdaderamente, el defecto más difícil de vencer, incluso para un Maestro o un Iniciado. Muchos que han subido hasta la cima de las altas montañas, se han dado cuenta de que allí arriba muchas debilidades y deseos inferiores les abandonaban y que se sentían más tolerantes, más altruistas, más generosos. Una sola cosa no les abandonaba: el orgullo. Al igual que los árboles que no pueden subsistir por encima de una cierta altitud, nuestras tendencias inferiores no resisten a una cierta elevación espiritual, excepto el orgullo que, como el liquen, que se agarra aún a las rocas más elevadas, acompaña a los santos y a los Iniciados hasta el último grado de la evolución. 

Es bastante fácil liberarse de todos los demás defectos, pero del orgullo es extremadamente difícil, tanto más difícil cuanto que es capaz de revestirse de todas las apariencias, hasta de las más virtuosas, de las más luminosas. ¡Cuántos han caído por orgullo, orgullosos de su saber, de su poder, de su santidad! A pesar de su sabiduría, de su pureza, no se dieron cuenta de que su corazón se endurecía, y algunos acabaron por creerse que eran Dios en la Tierra. Por eso se recomienda a los discípulos que se protejan del orgullo desde el principio. ¿Qué es el orgullo? Simplemente una forma de poner la cabeza y de mirar. Desde luego, ésta es una definición que no encontraréis en ningún diccionario. Pero, ¿por qué no tendría yo derecho a tener mis propias definiciones? Y la humildad también es una forma de poner la cabeza... Vais a comprender. Supongamos que estéis acostumbrados a mirar hacia abajo, ¿qué veréis? Animales, insectos, microbios, es decir, imbéciles, locos, criminales. Al compararos con ellos os encontraréis inteligentes, geniales, perfectos, y empezaréis a despreciar a los demás y a querer aplastarles. Esto es el orgullo: una comparación con los que están por debajo de vosotros. 

La humildad es la actitud inversa: consiste en mirar hacia arriba, en levantar los ojos hacia todas las criaturas superiores... y al compararos con ellas, os encontráis bien pequeños. La tradición iniciática cuenta que Lucifer era el más grande y el más hermoso de los Arcángeles. Con su poder, empezó a creerse igual a Dios y hasta quiso destronarle. Y el orgullo es también esto: creerse igual a un ser que nos sobrepasa y querer reemplazarle. Viendo esto, otro Arcángel se levantó y dijo: « ¿Quién como Dios?» En hebreo: «Mi (quién) - Ka (como) -El (Dios).» Entonces el Señor que, observaba, se dice, la escena, se dirigió a él: «De ahora en adelante te llamarán Mikhael y serás el jefe de la milicia celestial». Si el orgullo hizo caer al más grande de los Arcángeles arrastrando a otros ángeles en su caída, con mayor razón puede hacer caer a simples humanos. Para escapar al orgullo hay que esforzarse en conocer nuestras dos naturalezas, superior e inferior, la individualidad y la personalidad, de las que tanto os he hablado, y aprender a trabajar con ellas. 
Sólo de esta manera podemos protegemos del orgullo. 

Exactamente como con la vanidad, la cólera o la energía sexual: en vez de ser dominados y subyugados por el orgullo, podemos dominarlo dándole un trabajo a hacer. Yo tampoco me considero protegido si no hago este trabajo. La humanidad transporta este orgullo desde hace millones de años, pero tiene su razón de ser, y aprendiendo a dominarlo para ponerlo a trabajar, podemos escapar de él. La primera condición para dominar el orgullo es saber reconocer sus manifestaciones. Y, sin embargo, muchos toman el orgullo por humildad, e inversamente. Cuando ven a un hombre que se comporta ante los poderosos con una actitud servil, porque se siente pobre, ignorante y débil a su lado, dicen de él que es humilde. Pero cuando ven a un ser que quiere realizar el Reino de Dios dicen: « ¡Qué orgullo! »... No, se equivocan. 

El primero no es humilde: se inclina delante del rico y del poderoso por debilidad o por necesidad, porque no puede hacer otra cosa; pero dadle un poco de riqueza y de fuerza, ¡y veréis si es humilde! No hay que fiarse de la actitud de algunos porque, de momento, no hacen daño ni a una mosca. Son dóciles, sí, pero, ¿dóciles para quién? Muchos en cuanto poseen los medios para imponerse, se dicen: «Fulano y zutano me hicieron daño, ¡ahora les voy a dar una buena lección! », y se vengan. Podemos decir que la humildad de un hombre es real y auténtica si, recibiendo la fortuna y el poder, continúa siendo comprensivo y accesible. Pero mientras no se haya hecho esta experiencia no se puede decir nada. Y observad también en las pruebas a aquellas personas que se dicen humildes. ¡Cuántos, ante las menores dificultades se rebelan contra Dios y hasta niegan su existencia! La verdadera humildad no consiste en inclinarse ante los poderosos, los ricos, los verdugos, sino ante el mundo divino, ante el Señor; consiste en respetar todo lo sagrado, preservándolo dentro de nosotros y a nuestro alrededor. ¡Cuántos se creen humildes cuando no cesan de pisotear las prescripciones divinas! No, la humildad es el servicio absoluto, la disponibilidad absoluta, la obediencia absoluta al Creador. Según la opinión de algunos, Jesús era orgulloso porque decía: « Yo soy el Hijo de Dios», expulsaba a los mercaderes del Templo con un látigo y llamaba a los fariseos «raza de víboras», «hijos del diablo», «sepulcros blanqueados»... Pero, en realidad, no era orgulloso, porque se sometía a los decretos del Cielo y en medio de los más terribles sufrimientos dijo: «Padre, hágase tu voluntad y no la mía.» 

El orgulloso es aquél que se imagina que él lo es todo, que no depende de nada ni de nadie, exactamente como una lámpara que pretendiese dar luz, sin sospechar que si la central eléctrica dejase de suministrarle electricidad permanecería oscura. El orgulloso cree que él mismo es la fuente de los fenómenos que se manifiestan a través suyo; por eso, para escapar al orgullo, el Iniciado que logra una victoria espiritual debe aprender a no decir: « ¡Yo he triunfado! » sino: «Señor, Tú has triunfado a través mío... ¡Que la gloria sea para tu nombre! » El hombre humilde sabe que no es un ser aislado, que nada depende de él y que, si no permanece unido al Cielo, no tendrá ni fuerza, ni luz, ni sabiduría. Siente que es el eslabón de una cadena infinita, el conductor de una energía cósmica que viene de muy lejos y que fluye a través suyo hacia los demás hombres. El hombre humilde es un valle regado por el agua que desciende de las cumbres para fertilizar las llanuras, recibe las fuerzas que brotan de la montaña y así conoce la abundancia. Mientras que el orgulloso, que cree que sólo depende de sí mismo, al olvidar la fuente de las fuerzas que se manifiestan a través suyo, acaba, tarde o temprano, por perderlo todo. 

Todavía no se ha comprendido toda la riqueza de la humildad. El orgullo es un defecto del intelecto, y si queréis ver una de las manifestaciones más clamorosas del orgullo en el mundo, escuchad hablar a los científicos, a los filósofos, a los artistas o a los hombres políticos cuando presentan sus ideas, sus puntos de vista, sus credos: todos están convencidos de que son los únicos que tienen razón, que piensan correctamente, y están dispuestos a exterminar a los demás para hacer triunfar sus convicciones. La historia está llena de estos hombres que estaban tan persuadidos de poseer la verdad, y hasta de ser el brazo derecho del Señor, que se permitían devastar ciudades enteras y exterminar poblaciones. ¡Mirad si no la Iglesia con la Inquisición! Todos estos sacerdotes y obispos se creían tan superiores que se otorgaban el derecho de exterminar a todos aquellos que juzgaban en el error. ¡Qué orgullo! ¡Qué presunción! 
Mientras los hombres se imaginen que sus puntos de vista son los mejores y se pronuncien de forma definitiva no harán sino cometer errores. Porque esta actitud es la contraria de una actitud inteligente. 

La verdadera inteligencia es la humildad, es decir, la que reconoce que existen por encima de nosotros seres que nos sobrepasan y que pueden comprender las cosas de forma más clara, más pura y más divina que nosotros. Únicamente un idiota puede creer que su forma de ver es absoluta. El hombre inteligente dirá: «De momento, pienso así, siento así, comprendo así. Pero ello no quiere decir que no existan otros seres más evolucionados que son capaces de instruirme y de ayudarme. Iré a buscarlos.» 
Esta es la verdadera inteligencia. Pero, ¿dónde encontrar a seres que razonen tan sabiamente? ¡Cuántos derramarán su sangre y sacrificarán su vida (o la de los demás) para mostrar que poseen la verdad! Porque, desgraciadamente, nada crea tantos conflictos entre los humanos como el desacuerdo en las ideas. Todos están dispuestos a aceptarse los unos a los otros con sus debilidades y sus lagunas, pero, tan pronto como sus ideas políticas, filosóficas o religiosas divergen o se oponen, es la guerra. 

Observad al mundo: ¡cuántos seres excepcionales cuyas virtudes y santidad han sido ignoradas tan sólo porque tenían puntos de vista diferentes! Les cortaron la cabeza como a vulgares bandidos, sin consideración a su sabiduría ni a su valor moral. El orgullo ciega la vista ante las virtudes de aquél cuya opinión quiere combatirse. El orgullo enfrenta a unos seres contra otros, y la humildad restablece la armonía. La sabiduría, la inteligencia, la verdadera inteligencia divina, la poseen los humildes, los que no confían únicamente en las elucubraciones de su intelecto. Mientras que el intelecto habla, discute, hace ruido y ocupa todo el espacio, el mental superior no puede decir su palabra. 

Únicamente el mental superior permite ver y comprender el designio divino para el que el hombre ha venido a la Tierra, y no sólo comprenderlo, sino realizarlo. Desprovisto de esta humildad que le permite proyectarse más allá del intelecto, el hombre pasará constantemente delante de lo esencial sin darse cuenta. Sólo cuando haya logrado dominar las pretensiones insensatas del intelecto dará a su mental superior las posibilidades de manifestarse, y el esplendor del universo se descubrirá ante sus ojos maravillados. 

Todos aquellos que están convencidos de la validez absoluta de sus opiniones, son orgullosos. Diréis: «Entonces, ¿nunca debemos pensar que estamos en la verdad?» Claro que sí, y os daré el método para evitar que este pensamiento conlleve una actitud de orgullo. Pero, en primer lugar, en necesario que tengáis ideas claras sobre la naturaleza de la inteligencia, así como sobre el origen de vuestros puntos de vista, de vuestras opiniones. Nuestra inteligencia no es otra cosa más que la suma, la síntesis de toda esta multitud de centros y de órganos que hay en nosotros, de todas la tendencias, de todos los impulsos que transportamos de encarnación en encarnación desde hace millones de años; es un resumen de todas las facultades y capacidades que poseen las células que componen nuestro organismo. 

Cuanto más evolucionadas, sensibles y armoniosas son nuestras células, tanto más desarrollada es nuestra inteligencia. Esto es lo que hay comprender. La inteligencia no es una facultad separada, distinta, independiente del conjunto del ser humano, de sus células, de sus órganos. Por eso pensar correctamente no sólo requiere un esfuerzo del intelecto, sino que se trata, en realidad, del resultado de toda una disciplina vital. Vayamos más lejos aún. ¿Cuál es el origen de esta inteligencia que poseemos? 
Es un reflejo de la Inteligencia cósmica. Pero es un reflejo imperfecto, porque al pasar a través de todas nuestras células, que a menudo son presa del desorden de las pasiones, se encuentra, claro está, limitada, oscurecida. La Inteligencia cósmica no puede manifestarse perfectamente a través de un ser que todavía no sabe dominar sus movimientos instintivos; pero a medida que este ser se purifica y perfecciona, va captando cada vez mejor la luz de esta Inteligencia. 

Puesto que su inteligencia es una consecuencia del estado en que se encuentran todas las células de su cuerpo, el discípulo debe velar para mantenerlas en el estado más armonioso posible, vigilando la calidad de su alimento físico, pero, sobre todo, del psíquico (sus sensaciones, sus sentimientos, sus pensamientos); de lo contrario, permanecerá cerrado a las más grandes revelaciones. No existen otros medios para mejorar la inteligencia que mejorar la manera de vivir. Siempre lo he creído, siempre lo he sabido, y siempre he trabajado en este sentido. Cuando veo a algunos que se pronuncian sobre temas de los que nada conocen con la certeza absoluta de que están en la verdad y que están incluso dispuestos a exterminar a los demás y a destruirse a sí mismos en nombre de sus convicciones, me quedo asombrado. Nunca se preguntarán: « ¿Y si me equivocase? Quizá yo no sea muy evolucionado, ni muy receptivo, quizá no estoy muy purificado. ¿Tengo acaso derecho a estar absolutamente convencido? 

Tengo que asegurarme: voy a estudiar más.» Pero no, matarán a los demás, se matarán también ellos, pero no cambiarán de opinión. Pero, ¿cómo puede la gente estar hasta tal punto convencida de tener razón en todo, respecto a los acontecimientos, a la religión, a la política, al amor?.. Unos años después han cambiado totalmente de opinión, y siguen creyendo que tienen razón. En su juventud pensaban de una manera, una vez adultos piensan de otra, y cuando lleguen a la vejez pensarán aún de forma diferente. Entonces, ¿por qué están tan apegados a sus ideas? Deberían decirI se: «Puesto que ya he cambiado varias veces de opinión, ¿quién me prueba que ahora estoy en la verdad?» Sí, incluso a los noventa y nueve años uno debe decirse: «Todavía espero para pronunciarme. Quizá dentro de unos miles de años lo vea claro. ¡He cambiado ya tantas veces de opinión a lo largo de mi existencia! ¡Hay que estar convencidos, sin duda, pero no de nuestras capacidades de juicio, porque son limitadas, incompletas. 

Vivid aún algo más y cambiaréis todavía varias veces de opinión! Ahora que habéis comprendido cuán amenazados estamos todos por el orgullo, tomad precauciones para que no os afecte: todos los días, procurad mirar hacia arriba y compararos con los seres que os sobrepasan, con los Arcángeles, con las Divinidades, y veréis que no sois gran cosa. Por eso, en vez de pronunciaros sobre todos los temas diciendo: «En mi opinión, esto es así. ... En mi opinión... » procurad conocer la opinión de la Ciencia iniciática, de los grandes Maestros de la humanidad, preguntadles cómo ven las cosas para que os comuniquen su luz. Todos se equivocan mientras no hayan ido a verificar sus opiniones, sus maneras de ver, comparándolas con las de la Inteligencia cósmica. 

La historia lo prueba: años después nos damos cuenta que cometieron grandes errores. He ahí, pues, el mejor método para resistir al orgullo. Sabiendo que, a causa de los errores que hayáis podido cometer en vuestras encarnaciones precedentes tenéis, en esta existencia, una inteligencia muy limitada, y que si confiáis en ella iréis abocados a la catástrofe, debéis preguntar continuamente la opinión del mundo divino. Todos los días, acostumbraos a mirar hacia arriba y a decir: «Esto es lo que pienso sobre tal asunto o tal persona. ¿Tengo razón? Instruidme.» Entonces, no sólo ya no podéis ser orgullosos sino que recibís, por fin, respuestas claras y verídicas, y estáis en el buen camino. 

Nunca penséis que habéis alcanzado la perfección, no, sólo camináis por el camino de la perfección. Hay que ser muy prudentes, porque hasta que no hayáis llegado a la cima, podéis equivocaros. Además, se puede decir que todos aquellos que no trabajan verdaderamente para transformar su manera de vivir y que siguen siendo atraídos por sus deseos inferiores, aunque pidan al Cielo que les instruya, la respuesta que reciben es una respuesta errónea; no es una intuición, sino una impresión engañosa. ¿Por qué? Porque la respuesta del Cielo, al pasar a través de las capas impuras que han acumulado dentro de sí, sufre una deformación. Exactamente igual como sucede cuando sumergimos un bastón en el agua: se ve quebrado. 
Sí, incluso los consejos del mundo divino, si pasan a través de capas de impurezas, llegan deformados. 
Y entonces, hay tantos riesgos de errores que más vale no escuchar lo que recibís. 

Muchos seres son receptivos, algo mesiánicos, algo clarividentes, y es cierto que captan elementos del mundo invisible, pero se trata de elementos mezclados de los que es preferible no fiarse. Únicamente el que hace esfuerzos para purificarse, para despojarse, para ennoblecerse, recibe del Cielo respuestas claras, límpidas y verídicas.

Omraam Mikhaël Aïvanhov 



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