La vanidad se muestra buena, amable, generosa; va a todas partes para
que la vean, hace el bien para que la observen, es servicial para que la
aprecien. Pero para el que la manifiesta es a menudo perjudicial,
ciertamente. En cuanto al orgullo, no es de ninguna utilidad; ni siquiera para
los demás.
El orgulloso es duro y despreciativo, quiere ser apreciado y
respetado sin hacer lo más mínimo para los demás. Satisfecho de la buena
opinión que tiene de sí mismo, no va a exhibirse a los ojos del mundo; quiere
que sean los demás quienes se molesten en descubrirle. Es solitario y helado,
como las cumbres de las montañas. Hay que subir para encontrarle, y
todavía, a menudo, permanece inaccesible y oculto.
Pero cuando se da
cuenta de que no se le profesa respeto ni admiración, que no se le reconoce
como un ser superior, se encierra y se ensombrece. El vanidoso tiene una luz,
por lo menos... una luz un poco borrosa, ciertamente, pero al menos hace
algo para brillar. El orgulloso es sombrío, está bajo el signo de Saturno;
mientras que el vanidoso está, más bien, bajo el signo de Júpiter.
Si estudiamos esta cuestión desde el punto de vista freno lógico,
descubriremos que el centro de la vanidad está situado a un lado del cráneo,
mientras que el orgullo está situado en el eje mediano, un poco hacia atrás.
Pero la vanidad y el orgullo no son exclusivos del hombre; se les ve aparecer
ya en los reinos vegetal y animal. Entre los animales, la gallina es vanidosa
mientras que el gallo es orgulloso.
El caballo es vanidoso, mientras que el
asno es orgulloso. Entre los vegetales, el melón es vanidoso y la sandía
orgullosa; el tomate es vanidoso y el puerro orgulloso. Entre los humanos, es
más bien la mujer la vanidosa y el hombre el orgulloso. Una mujer orgullosa
es un hombre disfrazado, y viceversa. A una mujer le conviene mejor ser
vanidosa. En nuestro ser interior, encontramos también el orgullo y la
vanidad: el intelecto tiende al orgullo, el corazón a la vanidad. A medida que
se desarrolla, el intelecto se vuelve orgulloso, se aísla de los demás. El
corazón, al contrario, es vanidoso, tiene necesidad de mostrar todo lo que
posee o sabe hacer.
Se puede decir que los Iniciados de la Antigüedad
se caracterizaban por el orgullo: querían guardar
celosamente todos sus secretos y mantenían a la multitud
alejada de los misterios.
En nuestros días, por el
contrario, los Iniciados tienen tendencia a revelarlo todo,
a darlo todo. Mirad, toda la Ciencia iniciática está ahora
expuesta a la vista de todos; podríamos decir que los Iniciados contemporáneos son más bien vanidosos. Digamos también, si
queréis, que yo soy vanidoso, sí, y gracias a mi vanidad aprendéis de mí
muchas cosas, lo que no sería el caso si yo fuese orgulloso.
Pero centrémonos ahora en el orgullo que es, verdaderamente, el
defecto más difícil de vencer, incluso para un Maestro o un Iniciado. Muchos
que han subido hasta la cima de las altas montañas, se han dado cuenta de
que allí arriba muchas debilidades y deseos inferiores les abandonaban y que
se sentían más tolerantes, más altruistas, más generosos. Una sola cosa no les
abandonaba: el orgullo. Al igual que los árboles que no pueden subsistir por
encima de una cierta altitud, nuestras tendencias inferiores no resisten a una
cierta elevación espiritual, excepto el orgullo que, como el liquen, que se
agarra aún a las rocas más elevadas, acompaña a los santos y a los Iniciados
hasta el último grado de la evolución.
Es bastante fácil liberarse de todos los demás defectos, pero del orgullo
es extremadamente difícil, tanto más difícil cuanto que es capaz de revestirse
de todas las apariencias, hasta de las más virtuosas, de las más luminosas.
¡Cuántos han caído por orgullo, orgullosos de su saber, de su poder, de su
santidad! A pesar de su sabiduría, de su pureza, no se dieron cuenta de que su
corazón se endurecía, y algunos acabaron por creerse que eran Dios en la
Tierra. Por eso se recomienda a los discípulos que se protejan del orgullo
desde el principio.
¿Qué es el orgullo? Simplemente una forma de poner la cabeza y de
mirar. Desde luego, ésta es una definición que no encontraréis en ningún
diccionario. Pero, ¿por qué no tendría yo derecho a tener mis propias
definiciones? Y la humildad también es una forma de poner la cabeza... Vais
a comprender. Supongamos que estéis acostumbrados a mirar hacia abajo,
¿qué veréis? Animales, insectos, microbios, es decir, imbéciles, locos,
criminales. Al compararos con ellos os encontraréis inteligentes, geniales,
perfectos, y empezaréis a despreciar a los demás y a querer aplastarles. Esto
es el orgullo: una comparación con los que están por debajo de vosotros.
La
humildad es la actitud inversa: consiste en mirar hacia arriba, en levantar los
ojos hacia todas las criaturas superiores... y al compararos con ellas, os
encontráis bien pequeños.
La tradición iniciática cuenta que Lucifer era el más grande y el más
hermoso de los Arcángeles. Con su poder, empezó a creerse igual a Dios y
hasta quiso destronarle. Y el orgullo es también esto: creerse igual a un ser
que nos sobrepasa y querer reemplazarle. Viendo esto, otro Arcángel se
levantó y dijo: « ¿Quién como Dios?» En hebreo: «Mi (quién) - Ka (como) -El (Dios).» Entonces el Señor que, observaba, se dice, la escena, se dirigió a
él: «De ahora en adelante te llamarán Mikhael y serás el jefe de la milicia
celestial». Si el orgullo hizo caer al más grande de los Arcángeles
arrastrando a otros ángeles en su caída, con mayor razón puede hacer caer a
simples humanos.
Para escapar al orgullo hay que esforzarse en conocer nuestras dos
naturalezas, superior e inferior, la individualidad y la personalidad, de las
que tanto os he hablado, y aprender a trabajar con ellas.
Sólo de esta manera
podemos protegemos del orgullo.
Exactamente como con la vanidad, la
cólera o la energía sexual: en vez de ser dominados y subyugados por el
orgullo, podemos dominarlo dándole un trabajo a hacer. Yo tampoco me
considero protegido si no hago este trabajo. La humanidad transporta este
orgullo desde hace millones de años, pero tiene su razón de ser, y
aprendiendo a dominarlo para ponerlo a trabajar, podemos escapar de él.
La primera condición para dominar el orgullo es saber reconocer sus
manifestaciones. Y, sin embargo, muchos toman el orgullo por humildad, e
inversamente. Cuando ven a un hombre que se comporta ante los poderosos
con una actitud servil, porque se siente pobre, ignorante y débil a su lado,
dicen de él que es humilde. Pero cuando ven a un ser que quiere realizar el
Reino de Dios dicen: « ¡Qué orgullo! »... No, se equivocan.
El primero no es
humilde: se inclina delante del rico y del poderoso por debilidad o por
necesidad, porque no puede hacer otra cosa; pero dadle un poco de riqueza y
de fuerza, ¡y veréis si es humilde!
No hay que fiarse de la actitud de algunos porque, de momento, no
hacen daño ni a una mosca. Son dóciles, sí, pero, ¿dóciles para quién?
Muchos en cuanto poseen los medios para imponerse, se dicen: «Fulano y
zutano me hicieron daño, ¡ahora les voy a dar una buena lección! », y se
vengan. Podemos decir que la humildad de un hombre es real y auténtica si,
recibiendo la fortuna y el poder, continúa siendo comprensivo y accesible.
Pero mientras no se haya hecho esta experiencia no se puede decir nada.
Y observad también en las pruebas a aquellas personas que se dicen
humildes. ¡Cuántos, ante las menores dificultades se rebelan contra Dios y
hasta niegan su existencia! La verdadera humildad no consiste en inclinarse
ante los poderosos, los ricos, los verdugos, sino ante el mundo divino, ante el
Señor; consiste en respetar todo lo sagrado, preservándolo dentro de
nosotros y a nuestro alrededor. ¡Cuántos se creen humildes cuando no cesan
de pisotear las prescripciones divinas! No, la humildad es el servicio
absoluto, la disponibilidad absoluta, la obediencia absoluta al Creador.
Según la opinión de algunos, Jesús era orgulloso porque decía: « Yo
soy el Hijo de Dios», expulsaba a los mercaderes del Templo con un látigo y
llamaba a los fariseos «raza de víboras», «hijos del diablo», «sepulcros
blanqueados»... Pero, en realidad, no era orgulloso, porque se sometía a los
decretos del Cielo y en medio de los más terribles sufrimientos dijo: «Padre,
hágase tu voluntad y no la mía.»
El orgulloso es aquél que se imagina que él lo es todo, que no depende
de nada ni de nadie, exactamente como una lámpara que pretendiese dar luz,
sin sospechar que si la central eléctrica dejase de suministrarle electricidad
permanecería oscura. El orgulloso cree que él mismo es la fuente de los
fenómenos que se manifiestan a través suyo; por eso, para escapar al orgullo,
el Iniciado que logra una victoria espiritual debe aprender a no decir: « ¡Yo
he triunfado! » sino: «Señor, Tú has triunfado a través mío... ¡Que la gloria
sea para tu nombre! »
El hombre humilde sabe que no es un ser aislado, que nada depende de
él y que, si no permanece unido al Cielo, no tendrá ni fuerza, ni luz, ni
sabiduría. Siente que es el eslabón de una cadena infinita, el conductor de
una energía cósmica que viene de muy lejos y que fluye a través suyo hacia
los demás hombres. El hombre humilde es un valle regado por el agua que
desciende de las cumbres para fertilizar las llanuras, recibe las fuerzas que
brotan de la montaña y así conoce la abundancia. Mientras que el orgulloso,
que cree que sólo depende de sí mismo, al olvidar la fuente de las fuerzas que
se manifiestan a través suyo, acaba, tarde o temprano, por perderlo todo.
Todavía no se ha comprendido toda la riqueza de la humildad.
El orgullo es un defecto del intelecto, y si queréis ver una de las
manifestaciones más clamorosas del orgullo en el mundo, escuchad hablar a
los científicos, a los filósofos, a los artistas o a los hombres políticos cuando
presentan sus ideas, sus puntos de vista, sus credos: todos están convencidos
de que son los únicos que tienen razón, que piensan correctamente, y están
dispuestos a exterminar a los demás para hacer triunfar sus convicciones. La
historia está llena de estos hombres que estaban tan persuadidos de poseer la
verdad, y hasta de ser el brazo derecho del Señor, que se permitían devastar
ciudades enteras y exterminar poblaciones. ¡Mirad si no la Iglesia con la
Inquisición! Todos estos sacerdotes y obispos se creían tan superiores que se
otorgaban el derecho de exterminar a todos aquellos que juzgaban en el
error. ¡Qué orgullo! ¡Qué presunción!
Mientras los hombres se imaginen que sus puntos de vista son los
mejores y se pronuncien de forma definitiva no harán sino cometer errores. Porque esta actitud es la contraria de una actitud inteligente.
La verdadera
inteligencia es la humildad, es decir, la que reconoce que existen por encima
de nosotros seres que nos sobrepasan y que pueden comprender las cosas de
forma más clara, más pura y más divina que nosotros. Únicamente un idiota
puede creer que su forma de ver es absoluta. El hombre inteligente dirá: «De
momento, pienso así, siento así, comprendo así. Pero ello no quiere decir que
no existan otros seres más evolucionados que son capaces de instruirme y de
ayudarme. Iré a buscarlos.»
Esta es la verdadera inteligencia.
Pero, ¿dónde encontrar a seres que razonen tan sabiamente? ¡Cuántos
derramarán su sangre y sacrificarán su vida (o la de los demás) para mostrar
que poseen la verdad! Porque, desgraciadamente, nada crea tantos conflictos
entre los humanos como el desacuerdo en las ideas. Todos están dispuestos a
aceptarse los unos a los otros con sus debilidades y sus lagunas, pero, tan
pronto como sus ideas políticas, filosóficas o religiosas divergen o se
oponen, es la guerra.
Observad al mundo: ¡cuántos seres excepcionales
cuyas virtudes y santidad han sido ignoradas tan sólo porque tenían puntos
de vista diferentes! Les cortaron la cabeza como a vulgares bandidos, sin
consideración a su sabiduría ni a su valor moral. El orgullo ciega la vista ante
las virtudes de aquél cuya opinión quiere combatirse. El orgullo enfrenta a
unos seres contra otros, y la humildad restablece la armonía.
La sabiduría, la inteligencia, la verdadera inteligencia divina, la poseen
los humildes, los que no confían únicamente en las elucubraciones de su
intelecto. Mientras que el intelecto habla, discute, hace ruido y ocupa todo el
espacio, el mental superior no puede decir su palabra.
Únicamente el mental
superior permite ver y comprender el designio divino para el que el hombre
ha venido a la Tierra, y no sólo comprenderlo, sino realizarlo. Desprovisto de
esta humildad que le permite proyectarse más allá del intelecto, el hombre
pasará constantemente delante de lo esencial sin darse cuenta. Sólo cuando
haya logrado dominar las pretensiones insensatas del intelecto dará a su
mental superior las posibilidades de manifestarse, y el esplendor del
universo se descubrirá ante sus ojos maravillados.
Todos aquellos que están convencidos de la validez absoluta de sus
opiniones, son orgullosos. Diréis: «Entonces, ¿nunca debemos pensar que
estamos en la verdad?» Claro que sí, y os daré el método para evitar que este
pensamiento conlleve una actitud de orgullo. Pero, en primer lugar, en
necesario que tengáis ideas claras sobre la naturaleza de la inteligencia, así
como sobre el origen de vuestros puntos de vista, de vuestras opiniones.
Nuestra inteligencia no es otra cosa más que la suma, la síntesis de toda
esta multitud de centros y de órganos que hay en nosotros, de todas la
tendencias, de todos los impulsos que transportamos de encarnación en
encarnación desde hace millones de años; es un resumen de todas las
facultades y capacidades que poseen las células que componen nuestro
organismo.
Cuanto más evolucionadas, sensibles y armoniosas son nuestras
células, tanto más desarrollada es nuestra inteligencia. Esto es lo que hay
comprender. La inteligencia no es una facultad separada, distinta,
independiente del conjunto del ser humano, de sus células, de sus órganos.
Por eso pensar correctamente no sólo requiere un esfuerzo del intelecto, sino
que se trata, en realidad, del resultado de toda una disciplina vital.
Vayamos más lejos aún. ¿Cuál es el origen de esta inteligencia que
poseemos?
Es un reflejo de la Inteligencia cósmica. Pero es un reflejo
imperfecto, porque al pasar a través de todas nuestras células, que a menudo
son presa del desorden de las pasiones, se encuentra, claro está, limitada,
oscurecida. La Inteligencia cósmica no puede manifestarse perfectamente a
través de un ser que todavía no sabe dominar sus movimientos instintivos;
pero a medida que este ser se purifica y perfecciona, va captando cada vez
mejor la luz de esta Inteligencia.
Puesto que su inteligencia es una consecuencia del estado en que se
encuentran todas las células de su cuerpo, el discípulo debe velar para
mantenerlas en el estado más armonioso posible, vigilando la calidad de su
alimento físico, pero, sobre todo, del psíquico (sus sensaciones, sus
sentimientos, sus pensamientos); de lo contrario, permanecerá cerrado a las
más grandes revelaciones. No existen otros medios para mejorar la
inteligencia que mejorar la manera de vivir. Siempre lo he creído, siempre lo
he sabido, y siempre he trabajado en este sentido.
Cuando veo a algunos que se pronuncian sobre temas de los que nada
conocen con la certeza absoluta de que están en la verdad y que están incluso
dispuestos a exterminar a los demás y a destruirse a sí mismos en nombre de
sus convicciones, me quedo asombrado. Nunca se preguntarán: « ¿Y si me
equivocase? Quizá yo no sea muy evolucionado, ni muy receptivo, quizá no
estoy muy purificado. ¿Tengo acaso derecho a estar absolutamente
convencido?
Tengo que asegurarme: voy a estudiar más.» Pero no, matarán a
los demás, se matarán también ellos, pero no cambiarán de opinión.
Pero, ¿cómo puede la gente estar hasta tal punto convencida de tener
razón en todo, respecto a los acontecimientos, a la religión, a la política, al
amor?.. Unos años después han cambiado totalmente de opinión, y siguen creyendo que tienen razón. En su juventud pensaban de una manera, una vez
adultos piensan de otra, y cuando lleguen a la vejez pensarán aún de forma
diferente. Entonces, ¿por qué están tan apegados a sus ideas? Deberían decirI
se: «Puesto que ya he cambiado varias veces de opinión, ¿quién me prueba
que ahora estoy en la verdad?» Sí, incluso a los noventa y nueve años uno
debe decirse: «Todavía espero para pronunciarme. Quizá dentro de unos
miles de años lo vea claro. ¡He cambiado ya tantas veces de opinión a lo
largo de mi existencia! ¡Hay que estar convencidos, sin duda, pero no de
nuestras capacidades de juicio, porque son limitadas, incompletas.
Vivid aún
algo más y cambiaréis todavía varias veces de opinión!
Ahora que habéis comprendido cuán amenazados estamos todos por el
orgullo, tomad precauciones para que no os afecte: todos los días, procurad
mirar hacia arriba y compararos con los seres que os sobrepasan, con los
Arcángeles, con las Divinidades, y veréis que no sois gran cosa. Por eso, en
vez de pronunciaros sobre todos los temas diciendo: «En mi opinión, esto es
así. ... En mi opinión... » procurad conocer la opinión de la Ciencia iniciática,
de los grandes Maestros de la humanidad, preguntadles cómo ven las cosas
para que os comuniquen su luz. Todos se equivocan mientras no hayan ido a
verificar sus opiniones, sus maneras de ver, comparándolas con las de la
Inteligencia cósmica.
La historia lo prueba: años después nos damos cuenta
que cometieron grandes errores.
He ahí, pues, el mejor método para resistir al orgullo. Sabiendo que, a
causa de los errores que hayáis podido cometer en vuestras encarnaciones
precedentes tenéis, en esta existencia, una inteligencia muy limitada, y que si
confiáis en ella iréis abocados a la catástrofe, debéis preguntar
continuamente la opinión del mundo divino. Todos los días, acostumbraos a
mirar hacia arriba y a decir: «Esto es lo que pienso sobre tal asunto o tal
persona. ¿Tengo razón? Instruidme.» Entonces, no sólo ya no podéis ser
orgullosos sino que recibís, por fin, respuestas claras y verídicas, y estáis en
el buen camino.
Nunca penséis que habéis alcanzado la perfección, no, sólo
camináis por el camino de la perfección. Hay que ser muy prudentes, porque
hasta que no hayáis llegado a la cima, podéis equivocaros.
Además, se puede decir que todos aquellos que no trabajan
verdaderamente para transformar su manera de vivir y que siguen siendo
atraídos por sus deseos inferiores, aunque pidan al Cielo que les instruya, la
respuesta que reciben es una respuesta errónea; no es una intuición, sino una
impresión engañosa. ¿Por qué? Porque la respuesta del Cielo, al pasar a
través de las capas impuras que han acumulado dentro de sí, sufre una
deformación. Exactamente igual como sucede cuando sumergimos un bastón en el agua: se ve quebrado.
Sí, incluso los consejos del mundo divino,
si pasan a través de capas de impurezas, llegan deformados.
Y entonces, hay
tantos riesgos de errores que más vale no escuchar lo que recibís.
Muchos
seres son receptivos, algo mesiánicos, algo clarividentes, y es cierto que
captan elementos del mundo invisible, pero se trata de elementos mezclados
de los que es preferible no fiarse. Únicamente el que hace esfuerzos para
purificarse, para despojarse, para ennoblecerse, recibe del Cielo respuestas
claras, límpidas y verídicas.
Omraam Mikhaël Aïvanhov

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