Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

viernes, 3 de abril de 2020

EL ÁRBOL DE LA VIDA



El cielo y la tierra representan una unidad, no están separados, y en el ser humano tampoco: el cielo es la cabeza y la tierra es el vientre. El cielo es, pues, la parte espiritual del hombre, y la tierra sus manifestaciones. En el lenguaje de los Iniciados, el lenguaje de los símbolos eternos, un “nuevo cielo” quiere decir unas ideas nuevas, una comprensión, una percepción, una filosofía nuevas, y una “nueva tierra” significa unas actitudes nuevas, unos comportamientos nuevos; en definitiva, otra forma de pensar y otra forma de vivir. La cabeza está en el cielo y los pies en la tierra. Los pies se mueven en función de la cabeza, porque los pies corren allí donde la cabeza tiene ya algunos proyectos. Así pues, el comportamiento, la conducta, la forma de actuar, cambiarán debido a la cabeza, es decir, a la nueva filosofía. Este nuevo cielo que Dios está creando ¿es verdaderamente nuevo? No, ya está ahí desde la eternidad, pero será nuevo para los humanos. Está ahí, pero no lo ven, y será nuevo para ellos porque un día, de repente, lo descubrirán. 

Un nuevo cielo y una nueva tierra... En realidad, ni siquiera sabemos lo que significa la palabra “nuevo”. Consideremos un río, su nombre siempre es el mismo: Sena, Danubio o Támesis, pero el agua que fluye es siempre nueva. Y el sol también es siempre nuevo, porque sus emanaciones, sus radiaciones, son siempre diferentes. Lo que es nuevo es la vida, el contenido; cuando vamos mucho más arriba para entrar en el contenido, en la vida, encontramos que es nuevo sin cesar. El nuevo cielo y la nueva tierra significa, pues, que los humanos irán más arriba, a un lugar en donde descubrirán lo que siempre ha existido, pero que ellos nunca habían visto. Es como el sol, está ahí desde siempre, pero todavía no lo han comprendido. Puesto que no se alegran, que no lo contemplan, que no quieren llegar a ser como él, es que no lo han descubierto y que viven todavía en el antiguo cielo, viejo, carcomido, mohoso. La nueva tierra será la forma de comportarse, de actuar, una nueva forma de alimentarse, de respirar, de mirar, y ya se acerca. Pero todo debe empezar por el nuevo cielo, es decir, por el sol: ver primero qué luminoso es el sol, qué caluroso, vivificante, bello, puro, grande, poderoso, generoso, y cómo están representados en él todos los esplendores, todas las cualidades, todas las virtudes. ¡Este es el nuevo cielo que va a venir hacia los humanos! 

Y el sol nos hará descubrir este nuevo cielo, que siempre ha estado ahí y en el que habitan los Iniciados, los grandes Maestros, los Profetas que han dejado la Tierra, en el que habitan también los Angeles, los Arcángeles, las Divinidades, este cielo al que Jesús llamaba “la casa de mi Padre”.* Muchos seres habitan en este cielo, que no puede ser cambiado, mejorado o renovado, porque ya se renueva sin cesar, nunca es el mismo. Y ocurre igual con el sol, nunca es el mismo, porque esta energía, esta luz, este calor, esta vida que fluye a través de él es siempre nueva, siempre nueva. Y veamos ahora, ¿ acaso podemos vivir en el sol? Claro, desde hoy mismo, cada día podéis estar en él: cada vez que alimentáis pensamientos y sentimientos puros, que decidís trabajar para un alto ideal, ya estáis en este cielo nuevo, y este cielo nuevo conlleva obligatoriamente una nueva tierra. Porque aquél que abraza una filosofía sublime se ve obligado a cambiar su comportamiento, su forma de actuar. Todos los métodos que estáis aprendiendo aquí relativos a la nutrición, la respiración, los gestos, la palabra, esto es la nueva tierra. Sí, y la nueva tierra nos obliga a tener otra actitud hacia toda la creación. El invierno pasado en Videlinata traté un poco esta cuestión. 

Os decía: “¿Queréis que os muestre una partícula pequeñita de la nueva tierra? Mirad: salgo de mi chalet para ir a la sala de conferencias... Miro al sol, miro las montañas, el lago, el bosque, la nieve que centellea, y me dirijo a ellos, así como a los seres luminosos de la naturaleza, les digo qué bellos son y les saludo con la mano. Este comportamiento no está extendido entre los humanos, porque para ellos todo está muerto, la naturaleza está vacía, así que ¿para qué saludarla?... Están en la antigua tierra, ni siquiera hacen un gesto de amistad a la creación, y sin embargo, ¡si supiesen todo lo que este gesto puede desencadenar y poner en marcha! En la nueva tierra os sentís protegidos, acunados por toda la creación, porque reconocéis que está viva, que es consciente, y la saludáis. Sí, pero para hacer este gesto debemos cambiar nuestro estado de conciencia, vivir en el nuevo cielo... Y nuestro planeta, la Tierra, esta pequeña mota de polvo insignificante, ha necesitado miles y miles de millones de años para llegar a su estado actual; ella también cambia y se transforma, su cuerpo etérico nunca es el mismo, está en contacto permanente con el sol y las estrellas que le dan elementos siempre nuevos, y un día, a fuerza de trabajo, se volverá transparente, cristalina, límpida y brillará como el sol. 
De momento la Tierra es un fruto todavía ácido, pero el sol la hace madurar con su calor. Algún día será un fruto maravilloso, como el sol, porque el sol es su padre y los hijos acaban siempre pareciéndose a sus padres. 

De momento la tierra es una niña pequeñita, pero algún día, brillará como su padre, el sol. En esta época, los humanos vivirán en otros planetas, ya no habitarán en la tierra, se la dejarán a los animales que serán educados, instruidos, cuidados. Sí, los animales serán más inteligentes, más bellos, más expresivos, ¡y algunos hasta tocarán el piano, escribirán libros y harán unos discursos formidables!... Una nueva luz va a venir, mis queridos hermanos y hermanas, y todo estará lleno de vida, todo será claro, luminoso, armonioso... En esta nueva tierra ya no se verán más peleas, revoluciones ni guerras, habrá tal armonía, tal unidad entre los hombres, que formarán todos una sola familia, y en todas partes reinarán la fraternidad y la paz. Pero antes de que esto suceda, ya os dije a través de qué catástrofes, de qué tornados va a pasar la humanidad, ¡y todo esto se acerca! Después todo se calmará, y aquéllos que estén vivos verificarán la veracidad de mis palabras. De momento, utilizad los nuevos conocimientos que habéis recibido para perfeccionaros. Han sido unas palabras sobre el nuevo cielo y la nueva tierra. Ahora debéis entrar en el nuevo cielo, es decir, aceptar la nueva filosofía y aplicarla; y la aplicación, justamente, es la nueva tierra... Pero, ya veis, debemos comprender estas cosas simbólicamente porque, si no, nada tiene sentido. 

Ocurre como con las profecías de los Evangelios. Algunos cristianos esperan que el sol se oscurezca, puesto que Jesús dijo: “El sol se oscurecerá, la luna ya no dará su claridad, las estrellas caerán del cielo.” Reflexionando, encuentro que nuestra pobre y pequeña Tierra es tan minúscula que ni siquiera habrá sitio para que caigan encima de ella. Una sola estrella ya es miles de veces más grande que esta tierra sobre la que caerá, ¡qué pasaría si todas cayesen al mismo tiempo!... Habrá una señal, ya sabéis, y caerán todas juntas para complacer a los ignorantes. Nunca, jamás; las estrellas se quedarán donde están. Ni siquiera están al tanto de la existencia de una mota de polvo que se llama Tierra, en donde unos pequeños microbios discuten de religión y de filosofía: ¿por qué tendrían que caerle encima? Las estrellas no caerán, pero, simbólicamente sí, caerán muchas estrellas. ¿Y cuáles son estas estrellas? Los hombres famosos, que están puestos sobre pedestales, cuando no lo merecen. Con el nuevo cielo y la nueva tierra, les dirán: “¡Fuera, marchaos, estáis llenos de moho!” Y el sol que se oscurecerá alude a esta filosofía humana que, supuestamente, ilumina a los hombres; se oscurecerá, es decir, ya no podrá resolver los nuevos problemas que presente la vida. Así pues, este sol al que los humanos se han aferrado, se oscurecerá. En cuanto a la luna, representa las creencias religiosas; éstas perderán su claridad, porque son nebulosas y vagas, y ya no bastarán. 

Estas son las predicciones de Jesús, pero no se referían al sol, a la luna y a las estrellas que están en el cielo. La prueba es que los cálculos de todos los supuestos profetas y profetisas nunca se han verificado. Yo también he recibido algunas cartas de profetisas que me anunciaban que en tal fecha el sol se oscurecería, etc... y que todo se habría acabado. Y yo sonreía porque sabía, claro, que era falso... Y cuando había pasado la fecha, recibía nuevas cartas de la profetisa en las que me decía que se había equivocado en sus cálculos, pero que ahora había encontrado la verdadera fecha. 
Y yo seguía sonriendo. ¿Qué cuesta sonreír?... Pero de nuevo, en la fecha prevista, no pasaba nada, y llegaban nuevas cartas... ¿Cómo es posible que los cristianos estén aún en eso? Algunos todavía esperan la llegada de Cristo sobre las nubes, y desde hace dos mil años todavía no ha venido. ¿Por qué tarda tanto? Pueden esperar aún, y hasta les aconsejaría que cantasen, como Tino Rossi: “Esperaré...” Están esperando, por eso no se ponen a trabajar: porque esperan. Y cuando llegue el día de la venida del Señor, harán desfiles con bandas militares cantando: “El Señor ha llegado, ¡despertaos!” ¡Y cuántos pavos, pollos y corderos serán sacrificados para festejar la llegada de Cristo! 

¡Sólo hay que ver en Navidades, en Año Nuevo, y en Pascua, la cantidad de estos pobres animales que son sacrificados para llenar los estómagos de los cristianos!... Yo no espero a Cristo, porque ya ha venido. Sí, ha venido, viene, y vendrá. Ya ha venido para los sabios, para los Iniciados; viene para los discípulos; ¡y vendrá, no se sabe cuándo, para los demás, que no comprenden absolutamente nada! Quisiera deciros ahora unas palabras sobre el injerto espiritual. Pero antes, acordaos de lo que os expliqué en relación con las improntas y los clichés. Os dije que cuando ensayáis un fragmento musical, por ejemplo, o cuando aprendéis un texto de memoria, no debéis precipitaros en hojear esta partitura o este texto. Todo se imprime en la materia del cerebro, igual que las letras en el papel de imprenta, y debéis, por tanto, estar muy atentos para formar impecablemente el primer cliché en el cerebro. Si cometéis un error en alguna parte, debido a la rapidez o a la falta de concentración, este error se reproducirá siempre en el mismo sitio. Cuando echamos un vistazo a la vida de los humanos vemos que no son grandes psicólogos: se precipitan sobre las cosas o sobre los seres, sin atención, sin delicadeza ni precisión, y así cometen errores que repiten toda la vida. 

Después hacen esfuerzos para remediarlos, pero en vano, las mismas tonterías, las mismas debilidades, los mismos vicios se repiten eternamente. Y al final, cuando ven la inutilidad de los esfuerzos que han hecho para corregirse, para reparar, están decepcionados, desanimados, y algunos hasta se suicidan. ¿Por qué este fracaso? Porque son ignorantes; no conocen la estructura del ser humano y las relaciones que existen entre sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos, y debido a esta ignorancia no logran corregirse. Los clichés se graban en el cerebro bajo una forma etérica, y por tanto invisible. Pero lo comprenderéis mejor si os doy un ejemplo. ¿Qué es una semilla? Un cliché. No veis el trazado de las líneas de fuerza, pero poned la semilla en la tierra y regadla: el sol la calentará y pronto veréis aparecer un brote, un tallo... Todo estaba ya dibujado en el interior de la semilla por una mano muy inteligente; porque, de lo contrario, ¿cómo explicar esta proporción, esta medida, toda esta belleza de una planta, si no hubiese un cliché escondido en la pequeña semilla, cuyas líneas de fuerza canalizan las energías? De la misma manera, si ciertos humanos se sienten impulsados siempre a cometer tal o cual crimen, es porque hay unos clichés depositados en ellos que, como líneas de fuerza, les impulsan en esta dirección. 

Al principio, no se sabe cuándo, quizá en esta vida o en una vida anterior, tuvieron un pensamiento, un sentimiento o hicieron un gesto que se grabó en la materia etérica del cerebro; y una vez grabado el cliché, repiten siempre este gesto o este sentimiento, porque la naturaleza es fiel. Si empezáis a meter la mano en los bolsillos de alguien, pronto ya no podréis luchar, siempre tendréis el deseo de hacer investigaciones geográficas en los bolsillos de los demás. A eso lo llaman cleptomanía... ¡porque ahora todos los vicios reciben nombres científicos! Como este hombre que fue a ver un médico: “Doctor, dijo, no me siento bien, explíqueme lo que me ocurre, pero digámelo claramente, ni en griego ni en latín, para que lo comprenda”. El médico lo examina unos minutos, le hace unas preguntas, y después le da el diagnóstico: “Bien, Vd. es un borracho y un glotón, eso es todo. - ¡Vaya!, exclama el paciente, ¡dígamelo ahora en griego o en latín para que se lo pueda repetir a mi mujer!” Todo el mundo quiere hacer todo tipo de experiencias: ver, oír, gustar, tocar; es la moda. Hay que experimentarlo todo: los placeres, las pasiones, las locuras, y una vez que ya se han habituado, una vez que ya se ha grabado el cliché, ya no pueden corregirse. Sin embargo, existe una ciencia que debemos conocer para poder, no sólo poner remedio a nuestros defectos, a nuestras pasiones, a nuestras tendencias inferiores, sino para sacar provecho de ellos. 

Esta ciencia es la del injerto. Sabéis que los hombres encontraron esta técnica para obtener de los árboles mejores frutos. Por ejemplo, a un peral salvaje muy vigoroso, pero que sólo produce frutas ásperas, le injertáis un brote de un peral de excelente calidad: de esta manera, el buen árbol aprovechará el vigor del árbol salvaje y tendréis unas peras magníficas. Los humanos se han hecho expertos en estas técnicas, pero cuando se trata del terreno psíquico o del terreno espiritual, ya no son tan capaces ni tan diestros. Vemos a grandes sabios, grandes escritores, artistas, filósofos, hombres políticos, perseguidos por ciertos vicios, por ciertas pasiones de las que no pueden desembarazarse. ¡Cuántos artistas muy dotados, incluso geniales, bebían, se drogaban, se arruinaban con el juego o con las mujeres! No los citaré... Murieron con estas debilidades. Si hubiesen conocido las leyes del injerto, habrían podido injertar cualidades y virtudes sobre estas debilidades. Pero ¿cómo proceder? Suponed que tenéis un amor muy sensual. 

Es una fuerza salvaje, formidable, irresistible. Podéis hacer un injerto sobre él, pero para ello debéis encontrar una rama de otro amor, puro, noble, elevado... e injertarla. Entonces, las savias que produce vuestra naturaleza inferior subirán, circularán a través de estas ramas, es decir, de estas huellas, de estos circuitos nuevos, dibujados en vuestro cerebro, y producirán unos frutos extraordinarios, un amor prodigioso que os aportará unos éxtasis y unas inspiraciones increíbles. Y si tenéis una vanidad espantosa que os chupa todas vuestras fuerzas, todas vuestras energías, también podéis injertar sobre ella una cualidad. En vez de buscar siempre la gloria ante el mundo, ante los bobos, ante los imbéciles, trabajáis deseando la gloria, pero ante el Cielo, una gloria divina, inmarchitable, que no se extingue nunca. Si sois coléricos, puede que hayáis destruido ya varias amistades y estropeado buenas condiciones para vuestro futuro. Pues bien, esta fuerza brutal que estalla como un trueno también podéis transformarla, sublimarla, haciendo un injerto, y entonces os volvéis infatigables para luchar, para guerrear, para combatir y vencer todo lo que es inferior, y os convertís en un soldado de Cristo, en un servidor de Dios, invencible. 

En vez de destruir lo que es magnífico, vuestra fuerza marcial os ayudará a construir. Basta con encontrar injertos. Diréis: “En la historia existe tal héroe, tal santo, tal profeta que admiro y me inspira. En él encontraré estos injertos.” Sí, es posible, pero como ya están lejos en el pasado, no podréis hablarles ni entrar en relación con ellos como con un ser vivo. O incluso, si entre los hombres vivos que conocéis escogéis a un amigo, a un filósofo, a un artista al que admiráis, está bien, pero los injertos serán siempre un poco dudosos, porque estos seres tienen siempre algunas debilidades, algunas insuficiencias, y no son absolutamente fuertes, poderosos, generosos, luminosos y calurosos. Sólo existe una criatura que supera todo lo que podamos imaginar en inteligencia, amor, poder, generosidad, inmortalidad, y que tiene un gran almacén de distribución de injertos: es el sol. A él debéis dirigiros para procurároslos. De ahora en adelante, cuando contempléis la salida del sol, le diréis: “Querido sol, verdaderamente soy demasiado tonto, no comprendo nada, y cuando debo decir algo, farfullo, no me suceden más que desgracias; pero tú, que eres tan luminoso, que iluminas toda la Tierra, dame unos injertos de tu inteligencia”. Y os los dará gratuitamente, ¡os lo aseguro! Y entonces los injertaréis, en el cerebro. 

Podrá enviaros incluso a un experto si no sabéis cómo hacerlo. Después podréis pedir un injerto de amor, de salud, de vitalidad, o de cualquier otra cualidad... Todo está en el sol, podéis pedirle todos los injertos que queráis. Pero no los pidáis todos al mismo tiempo, sino uno tras otro, porque si no, mientras que os ocupéis de uno, los demás se secarán y morirán Varios de vosotros os preguntáis si hablo en serio... Sí, hablo en serio, porque todo lo que os digo lo he verificado durante años; todo lo que conozco lo he practicado primero en mí mismo. Y todavía no os lo he dicho todo sobre esta cuestión, pero lo que yo no os diga, el sol os lo revelará. El sol es el que me ha comunicado todo lo que conozco. Estáis asombrados de saber que el sol puede hacer revelaciones, ¡pero es la verdad! Un gran Maestro puede daros algunos injertos; es posible, porque es un representante del sol, pero ningún Maestro puede compararse con el sol. Un hombre, claro está, puede parecerse al sol, en cierta medida, cuando su inteligencia empieza a irradiar, cuando salen de él colores luminosos, cuando su corazón arde de amor, cuando por todas partes a su paso anima, resucita y vivifica a los seres... Pero el sol alimenta a la Tierra entera; gracias a él todo crece y madura, anima a todas las criaturas, les da la vida, les hace moverse. 

El poder de un Iniciado no puede llegar tan lejos, aunque sea benéfico para los humanos; nadie puede compararse con el sol. Comprendedme bien, mis queridos hermanos y hermanas, únicamente los rayos del sol son capaces de reemplazar en vosotros todo lo que está gastado, es impuro o tenebroso; pero debéis aprender a recibirlos. Si os abrís a ellos con todo vuestro corazón, empiezan a trabajar: reemplazan al hombre viejo en vosotros y sois regenerados, renovados, resucitados; vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, vuestros actos, todo es diferente. Unicamente los rayos del sol son capaces de producir esta transformación en vosotros, nada más. Desgraciadamente, los humanos, que experimentan sensaciones formidables cuando comen, cuando fuman o se abrazan, no sienten nada cuando están delante del sol. Esto es así porque se encuentran en un nivel de vibraciones demasiado bajo; por ello todo lo que es inferior les impresiona, actúa sobre ellos, mientras que los rayos del sol les dejan indiferentes. Pero cuando el discípulo avanza, cuando evoluciona, se vuelve más sensible a los rayos del sol, y éstos producen en él revelaciones, éxtasis, sensaciones verdaderamente celestiales. Todo esto es, una vez más, algo completamente nuevo; la psicología todavía no ha descubierto que depende de nosotros el hecho de que los rayos del sol produzcan en nuestra alma, en nuestro corazón, fenómenos de la mayor importancia que pueden regenerarnos, resucitarnos. Pero, claro, debemos prepararnos, porque, si no, seguiremos estando siempre fuera del sol. Debemos prepararnos con varios días de antelación, con meses de antelación, para estar tranquilos, libres, lúcidos, y sentir lo que son los rayos del sol, qué poderosos son, qué puros y divinos. Yo he estudiado la naturaleza de los rayos del sol y he visto que eran como pequeños vagones llenos de víveres con todo lo que se necesita para comer, para beber, para comprender, para ser felices, inteligentes, activos. 

Pero los humanos, que están dormidos, que son ignorantes, los dejan pasar, y después gritan: “Tengo hambre, tengo sed, ¿quién viene a ayudarme?” Y, sin embargo, ¡había de todo en estos rayos de sol! ¡Y si conocieseis a los que los envían!... Sí, porque en el sol habitan unos seres que son muy superiores a nosotros; nos miran, a veces nos sonríen, y se dicen entre sí: “¡Oh! Mira a fulano o a mengano, ¡qué curioso es!...” No, no hacen esto porque son muy educados; pero yo sé lo que dicen porque los escuché un día, y decían: “Mirad a estos pequeñitos en la Roca. De momento no son gran cosa pero más tarde se convertirán en divinidades”. Sí, ¡tienen una esperanza, una fe y un amor extraordinarios! Son los únicos que creen que llegaremos a ser divinidades. Aquí en la Tierra, nadie lo cree, pero ellos sí lo creen. También les oí que decían: “Es bonito verlos en la Roca, han venido por nosotros. Están un poco adormecidos, no saben que les sonreímos, que les distribuimos regalos, no se dan cuenta; están inmersos en sus cosas: cómo han comido, bebido, cómo se han peleado o cómo se han abrazado, ¿qué hay que hacer para llamar su atención?... Pero hay esperanzas. De momento no están muy a punto, pero cuando crezcan se convertirán en divinidades”. Y son felices con esta esperanza. ¿No me creéis?... ¡Pues id a verificarlo! Son los únicos que creen que algún día llegaremos a ser verdaderos hijos de Dios. Tenéis que saber todo esto. Pero debéis prepararos; es la preparación lo que nunca está a punto. 

Cuántas veces os lo he dicho: “Preparaos para la salida del sol,acostaos la noche anterior con este pensamiento de que a la mañana siguiente veréis al Señor mismo a través del sol”. Pero no, no, no os preparáis, por eso pasan los años y no habéis comprendido nada, no habéis descubierto nada, ¡y sin embargo habéis mirado al sol! Desde hace mucho tiempo deberíais haber descubierto el sentido de la vida mirando al sol, porque él es el único que puede abriros los ojos sobre el sentido de la vida, el único. ¿Y sabéis, mis queridos hermanos y hermanas, qué es lo que me permite avanzar, hacer progresos?: que cada mañana constato que todavía no he comprendido nada de la grandeza del sol. Cada día me digo: “Ayer creía conocer al sol y hoy me doy cuenta de que no he comprendido nada; es hoy cuando empiezo, por fin, a conocerlo.” Y al día siguiente, me digo lo mismo. Mientras que vosotros decís siempre: “Esto ya lo conozco, ya se sabe, ¡hay que archivarlo!” Sí, cada día encuentro que todavía no he captado nada de esta inmensidad, de este esplendor del sol. Cuando empezamos a pensar que ya no nos queda nada por conocer, nada por descubrir, nos estancamos, nos dormimos, y se acabó. Nunca debemos actuar así, siempre debemos decirnos: “Hoy es la primera vez que lo veo, hoy voy a empezar a comprenderlo”. Y así avanzáis, avanzáis... Ya veis ¡otro nuevo y maravilloso método! 

OMRAAM

Bonfin, 23 de agosto de 1967 ___________________________________________________________________________

* Ver la conferencia: “Hay varias moradas en la casa de mi Padre” (Tomo IX).

viernes, 27 de marzo de 2020

El nuevo cielo y la nueva tierra - El injerto espiritual




Todos lo habéis constatado: las primeras veces que vais a la salida del sol no llegáis a sentirle como un ser vivo, vibrante. Os resulta lejano, extraño. Lo miráis pero no sentís nada, no forma parte de vosotros o, más bien, vosotros todavía no sois una parte de él. Pero si sois perseverantes, si seguís contemplándolo cada mañana, a pesar de esta sensación de distancia, llegará un momento en que lo sentiréis tan vivo y tan cercano que ya no podréis separaros de él. Son estos unos momentos muy importantes, momentos preciosos, que pueden repetirse cada año. También puede suceder que el año pasado lograrais entrar en contacto con el sol: se abrió a vosotros y os dio mucho. 

Pero este año el contacto no se produce. ¿Por qué? Porque no habéis pensado en él durante varios meses... Os habéis alejado de él, habéis tenido otras ocupaciones, os habéis relacionado con otras personas, habéis entrado en otras regiones, habéis recibido otras vibraciones. Por eso percibís el sol más lejano y el contacto con él es más difícil. Pero una vez restablecido este contacto resulta una delicia, una sensación indecible. En cualquier caso, al principio debéis aceptar pasar por una etapa muy dura, por un periodo muy árido, como si atravesarais un desierto, antes de que el sol se abra y os inunde con su luz, con su inteligencia, con su vitalidad. 

Muchos de vosotros me habéis dicho qué difícil era al principio entrar en contacto con el sol, pero que ahora no teníais palabras para expresar vuestro gozo: era como si todo vuestro ser resucitase, comprendiese, sintiese, viviese, por fin, por primera vez. Vale la pena venir cada mañana, aunque algunos días permanezcáis insensibles, somnolientos, con el cerebro bloqueado... Tened paciencia y veréis: si llegáis a sentir al sol vivo y vibrante en vosotros, aunque sea sólo una vez, os sentiréis recompensados por vuestros esfuerzo . El sol es el símbolo del más alto ideal, y sólo aquellos que poseen un ideal elevado podrán restablecer la conexión con el sol. Sólo aquéllos que quieren trabajar para la luz, el amor, la justicia, aquéllos que quieren perfeccionarse, ser más inteligentes, más fuertes, se sentirán conectados con el sol. 

En cuanto a los que sólo tienen un ideal prosaico sin ninguna relación con el Principio de la vida, con la Fuente, con el Creador, se aburrirán, claro, y se dormirán ante el sol; no les dirá nada, porque su ser no está al unísono con la vibración del sol. Esto es, por otra parte, lo que sucede cuando alguien viene a escuchar mis conferencias: sus reacciones dependen de su ideal. Si su ideal es sólo sacar provecho, divertirse, disfrutar, es decir, todo lo ordinario y grosero de la vida, entonces, aunque hable de las verdades más grandes, de las más grandes leyes de la vida, éstas no podrán llegar a su corazón ni a su alma. Pero si busca la perfección, la elevación, veréis cómo vibrará, cómo se conmoverá, cómo estará atento, concentrado... Porque ahí está lo que buscaba, y encuentra su alimento... Sí, algunos vibran con los rayos del sol, con la vida del sol, y otros se duermen: el sol no les dice nada. Pero si supieseis... Cuando sale el sol no sólo los animales, las plantas y algunos humanos, sino también los espíritus luminosos de la naturaleza están ahí, se alegran y captan fuerzas. Toda la creación, todas las criaturas captan fuerzas del sol. Cada una de ellas, según su grado de evolución, recoge las partículas que le convienen: las plantas para hacer flores coloreadas y perfumadas, los árboles para producir frutos... Y aunque el hombre no esté construido como el árbol, se le parece mucho de todas formas: él también debe dar frutos. 

Pues bien, sin el sol sus frutos seguirán siendo ásperos y duros. 
Lo mismo que los árboles tienen necesidad de estar expuestos al sol para producir frutos deliciosos, también el hombre tiene necesidad de exponerse a los rayos del sol para dejar de ser áspero, malvado, egoísta, y dar frutos deliciosos... La ley es, pues, la misma: hay que exponerse al sol. 

Quisiera presentaros hoy otro aspecto nuevo del sol que podréis utilizar para vuestro trabajo espiritual. Se dice en el Apocalipsis: “Después vi un nuevo cielo y una nueva tierra; el primer cielo, en efecto, y la primera tierra han desaparecido.” ¿Quiere decir eso que los precedentes se han vuelto viejos? La tierra, en todo caso, comprendo que esté un poco vieja, porque está hecha de materiales que no son de la mejor calidad y, con el tiempo, se desmorona un poco. Pero el cielo, que está hecho en principio de una materia pura, luminosa y eterna, que no puede empañarse ni oxidarse, ¿cómo es posible que haya envejecido? Sin embargo, está escrito en el Génesis que después de haber creado el cielo y la tierra “Dios vio que era bueno”, ¿cómo es que ahora descubre que este mundo ya no está en buenas condiciones y se ve obligado a hacer uno nuevo? 

Eso no habla mucho a favor de su perfección. Y además, hasta que se terminen los trabajos, ¿dónde van a alojarse los habitantes? ¿Acaso no se pondrán furiosos y harán reclamaciones? ¡Vaya trajín en el cielo y vaya preocupaciones para el Señor! No, esto es absurdo, tenemos que interpretar las cosas de otra manera.

OMRAAM

lunes, 2 de marzo de 2020

El prisma, imagen del hombre




Os hablé ayer de la luz del sol que el prisma descompone en siete colores y os revelé que estos colores representan las cualidades y las virtudes de los siete Espíritus que están ante el Trono de Dios, pero no os lo dije todo. Añadiré hoy unas palabras más sobre este tema. Me acuerdo de haber hecho esta experiencia con el prisma cuando era muy joven todavía; me impresionaba mucho, pero sólo más tarde comprendí toda su riqueza. Por ejemplo, si sumáis los siete colores, las tres caras del prisma, y la luz, obtenéis once. Evidentemente, diréis que esto es una suma de elementos heterogéneos, pero los Iniciados tienen una aritmética completamente especial a la que debéis acostumbraros. 

¿Qué representa, pues, este once? 

En la Cábala son los once sefirots cuando, a los diez sefirots tradicionales, añadimos la séfira Daath, que está oculta y de la que no se habla. Daath es el saber, los archivos, los Registros Akáshicos... Como ya os he dicho, el prisma, que con sus tres caras descompone la luz en siete colores, es una imagen del hombre con su intelecto, su corazón y su voluntad. El hombre es una trinidad, reflejo de la Trinidad divina. Para que esta trinidad pueda irradiar armoniosamente los siete colores, el prisma debe ser equilátero, transparente, y, tercera condición, debe estar invertido, es decir, con la punta dirigida hacia abajo. Entonces, la luz se descompone en un haz de siete colores que se dirige hacia arriba. Para poder irradiar estos siete colores, es decir, irradiar las siete virtudes, el hombre debe hacer un trabajo interior con el fin de desarrollar armoniosamente las tres caras del prisma. No tiene que fabricarl la luz, ya está ahí, dispuesta a pasar a través de él para producir sus efectos, pero es él el que no está preparado, ni bien desarrollado ni purificado. 

Dios también está dispuesto a entrar en el ser humano para manifestarse en él con todo el esplendor de los siete colores, es decir, para darle todas las virtudes y todos los poderes, pero el hombre está apagado, desequilibrado o enfermizo, y así, Dios sólo puede manifestarse muy imperfectamente. Así pues, lo primero que debemos hacer es volver a crear el equilibrio dentro de nosotros mismos; por ejemplo, si hasta ahora habíamos desarrollado solamente nuestro intelecto, debemos encontrar las condiciones para desarrollar nuestro corazón: venir a la Fraternidad para desarrollar la vida colectiva, y no quedarnos solos en alguna parte en un agujero; y después trabajar, hacer ejercicios para desarrollar nuestra voluntad. 

Cuando este triángulo del corazón, del intelecto y de la voluntad está perfectamente desarrollado, el hombre se da cuenta de que automáticamente la luz entra en él y se descompone en siete colores. Echemos ahora una mirada a las funciones del organismo físico: cada una reproduce el fenómeno del prisma con la luz que se descompone en siete colores. Cuando coméis, por ejemplo, el alimento representa la luz, el estómago representa el prisma y también debe estar en buen estado para poder digerir los alimentos, es decir, distribuir las siete fuerzas, los siete colores, por todo el cuerpo. ¿Cómo las distribuye? Envía el rojo al sistema muscular, el naranja al sistema circulatorio, el amarillo al sistema nervioso, el verde al sistema digestivo, el azul al sistema respiratorio, el índigo al sistema óseo y, finalmente, el violeta al sistema de las glándulas y los chakras. 

A propósito del índigo, olvidé deciros ayer que es el color de Saturno. Generalmente se atribuye a Saturno el color negro, porque se cree que Saturno es un planeta maléfico, lo que es inexacto. Saturno es el planeta de la estabilidad. Por eso el color índigo, que está relacionado con el sistema óseo, es el color de Saturno: porque el sistema óseo es el más resistente. Saturno es el planeta que corresponde a la séfira Binah. Acordaos de la fórmula que un día os di: “Yo soy estable, hijo de estable, concebido y engendrado en el territorio de la estabilidad.” Estas son, justamente, las palabras que puede pronunciar aquél que ha llegado a la estabilidad de Saturno. Pero prosigamos. Como hemos visto para el alimento que comemos, el aire que respiramos representa simbólicamente la luz del sol, y la nariz y los pulmones, que son aquí comparables al estómago, representan el prisma. Cuando la sangre purificada y cargada de oxígeno circula de nuevo, distribuye en el organismo siete haces de fuerzas. El mismo fenómeno se produce en la vista y en el oído: las imágenes son recibidas por los ojos, y el sonido por los oídos, como prismas que los descomponen y los transmiten bajo forma de sensaciones. Así pues, todo lo que penetra en el hombre, es decir, todo lo que es absorbido o percibido por él, puede compararse con la luz que entra en el prisma y sale de él descompuesta. Se trata de los mismos procesos. Veamos ahora como se efectúa la distribución. 

Cuando el estómago distribuye las energías, envía cuatro partes a la región del vientre y de los órganos sexuales, dos partes a los pulmones y al corazón y solamente una parte al cerebro. Para comprender este reparto debemos acordarnos de otra división en tres que utiliza la Ciencia iniciática: la división cabeza, torso y vientre. La cabeza corresponde al mundo divino, al mundo de la inteligencia, los pulmones y el corazón corresponden al mundo astral, y el estómago, con todos los órganos de la digestión, al mundo físico. Esta es una división tradicional de los esoteristas. Así pues, el estómago, que absorbe el alimento y lo distribuye, se queda cuatro partes para él, envía dos al corazón y a los pulmones y una al cerebro. 

Del aire que reciben, los pulmones envían dos partes al estómago, dos partes al cerebro, y se quedan con tres para ellos y el corazón. Finalmente, cuando el cerebro recibe la energía solar, se queda con cuatro partes para él, envía dos al corazón y a los pulmones, y una solamente al estómago. Los elementos espirituales, que producen muy pocas escorias, entran en muy poca cantidad en el estómago, mientras que el sistema nervioso lo recibe casi todo. Inversamente, casi todas las energías producidas por el alimento y las bebidas se van al sistema muscular y al vientre, y muy pocas van al cerebro. Digamos unas palabras más sobre los colores. 

El rojo está en relación con la vida, la expansión y la vitalidad, e incluso la guerra, porque la necesidad de espacio vital y de alimento empuja a los hombres a pelearse para tener siempre más. 
El naranja es el dominio de la salud, de la medicina, de todas las investigaciones que se hacen para curar a los hombres. El amarillo es el dominio de la ciencia, de la observación, de la reflexión, del análisis. El verde, el de la agricultura, y, de una forma general, el de la economía. Toda civilización empieza con la agricultura, de la que derivan automáticamente la economía y las finanzas; por eso, los que saben trabajar con el color verde pueden llegar a ser muy ricos. 

El color azul concierne al dominio religioso, ético, moral. El color índigo es el de la metafísica y las abstracciones, en donde descubrimos la causa de todas las cosas. El violeta es la expresión del mundo espiritual más sublime. Diréis: "¿con qué color está relacionado el arte?” Con todos, porque el arte pertenece a todos los ámbitos. En cuanto actuamos, en cuanto creamos, entramos en el terreno del arte. No existe un dominio puramente artístico, el arte está en todas partes. Éstas son algunas palabras con respecto a los colores; pero lo más importante para vosotros es comprender que debéis trabajar sobre vosotros mismos para llegar a ser puros como un cristal y desarrollar armoniosamente este prisma que forman la cabeza, los pulmones y el vientre. 

Entonces, la luz en la que estamos sumergidos pasará a través nuestro produciendo los siete colores más bellos e irisados. Y ahora, veis estos dos triángulos*: uno con la punta hacia arriba, y otro con la punta hacia abajo. Algunos de vosotros ya sabéis que estos dos triángulos equiláteros son los símbolos del hombre y de la mujer que han desarrollado a la perfección su corazón, su intelecto y su voluntad. El triángulo del hombre, que es azul, tiene la punta hacia abajo porque representa al Espíritu cósmico que desciende siempre hacia la tierra, hacia los humanos, para vivificarles, espiritualizarles y darles una parte de su energía: representa la involución. 

Y el triángulo de la mujer, que es rojo, tiene la punta hacia arriba porque es el símbolo de la materia que sube para reunirse con su bienamado, el espíritu: es la evolución. Cada uno hace la mitad del camino, y cuando ambos se encuentran, se abrazan, se fusionan, están en la plenitud. Este encuentro del espíritu y de la materia es simbolizado por el sello de Salomón, que también se llama hexagrama. 

Este símbolo contiene toda una ciencia. 

Entre los dos triángulos de nuestra sala veis un pentagrama. El pentagrama representa al hombre perfecto, en el que los dos principios están fusionados y posee las cinco virtudes. El número 6 corresponde al animal. El número 5 representa el hombre perfecto que se ha desembarazado de lo animal simbolizado por la cola. ¿Y qué cualidades son las del hombre perfecto? Ya os las he enumerado: son la bondad, la justicia, el amor, la sabiduría y la verdad. Estas virtudes están representadas en el cuerpo físico. La bondad está representada por las piernas, porque con sus piernas el hombre va por todas partes a hacer el bien. La justicia está representada por las manos, porque las manos distribuyen con equidad. 

El amor está relacionado con la boca, porque la boca pronuncia palabras que consuelan, serenan y curan. La sabiduría está relacionada con los oídos, porque con sus oídos el hombre comprende y penetra la sabiduría divina. Finalmente, la verdad está relacionada con los ojos, porque con los ojos contemplamos la verdad. Estas cinco virtudes están también representadas en los cinco dedos de la mano. El 5 es, pues, el número del ser perfecto. Si hemos puesto aquí estos símbolos es para invitaros a reflexionar, para que a través de los dos principios emisivo y receptivo -los dos principios de la involución y de la evolución, que están representados por los dos triángulos- podáis llegar a ser un pentagrama, un ser perfecto, como Jesús. No le dieron por casualidad el nombre Iechoua, que tiene cinco letras: iod, hé, schin, vau, hé. Jesús es el hombre perfecto. Pero volvamos al prisma. 

En el ser humano todo está, pues, distribuido en función de los números 1, 3, 7. Y hasta cuando el hombre y la mujer crean un hijo, lo que el hombre le da a la mujer es el 1, la luz, y la mujer, que representa el 3, el prisma, produce las 7 fuerzas: un ser completo. Se trata de la misma ley. Y si la mujer está mal conformada, no producirá un haz de colores perfectos, es decir, un ser humano con todos sus miembros, con todas sus cualidades y facultades, sino un ser minusválido. Depende de la madre, pero también del padre, porque el padre no siempre le da a la madre algo tan puro y luminoso como la luz del sol. Pero seguro que le da algo, y esta luz, brillante o apagada del padre, que pasa a través del prisma más o menos perfecto de la madre, produce un hijo más o menos normal. Pero las correspondencias funcionan de manera absoluta. 

Incluso cuando os hablo, las palabras que pronuncio son como la luz del sol, y vosotros sois prismas. Y si mis palabras son tan puras, tan inteligentes y perfectas como la luz del sol, y si vosotros sois buenos prismas, es decir, si estáis bien descansados, atentos y despiertos, con una inteligencia y un corazón bien dispuestos, nacerán hijos extraordinarios, es decir, descubrimientos, pensamientos y sentimientos constructivos. Pero, aunque os haga las revelaciones más profundas y verídicas, si estáis somnolientos y fatigados o si mis palabras no os interesan, no seréis buenos prismas y no habrá ningún resultado, o incluso se producirán malentendidos, porque comprenderéis otra cosa diferente a lo que os quería decir, como ya ha sucedido muchas veces. Todo lo que os he dicho sobre los dos triángulos y sobre el pentagrama lo encontraréis en la literatura esotérica, pero las correspondencias que os he presentado entre el prisma y el hombre no las encontraréis en ninguna parte. Os revelaré ahora algo extraordinario que no encontraréis en ningún libro. 

El Iniciado posee en sí mismo los dos triángulos, los principios masculino y femenino; representa en sí mismo la unión del espíritu y de la materia. Cuando está lleno de bondad, de amor y de compasión para con los hombres, cuando toda su atención está concentrada en ellos, representa el triángulo del espíritu cuya punta está dirigida hacia abajo, es decir, hacia la humanidad. Entonces recibe la luz de Dios, y aunque toda su actividad esté concentrada hacia abajo, hacia los humanos, esta luz sale de él como un haz de siete colores que se proyectan hacia el cielo, y los ángeles, los arcángeles y Dios mismo están maravillados. Y, sin embargo, el Iniciado pensaba en los hombres. 

En cuanto al otro principio, simbolizado por el triángulo de la materia, el triángulo de la mujer cuya punta está dirigida hacia arriba, está mucho más próximo al centro de la tierra. Este centro de la tierra proyecta también una luz, pero una luz infernal, una luz tenebrosa que puede tener efectos desastrosos. Por tanto, como os acabo de decir, cuando el Iniciado tiene hacia toda la humanidad un amor totalmente desinteresado y con todas sus fuerzas, con toda su alma, pide que todos los hombres vivan en el gozo, en la abundancia, en la paz y en la plenitud, entonces los siete colores brotan a través de él. Pero sucede además una cosa muy importante: el Iniciado purifica todas las fuerzas tenebrosas que el Infierno le envía, las transforma y sabe utilizarlas. 

Para los grandes Iniciados no existe mal que no logren transformar en luz y en gozo. Sólo cuando el hombre no está conectado con la luz, cuando no ha desarrollado su inteligencia y su voluntad, las influencias subterráneas pueden turbarle, e incluso hacerle caer. 


 Hermes Trismegisto decía: “Abajo es como arriba, y arriba es como abajo”. Por tanto, si el hombre recibe fuerzas y energías de arriba, debe recibirlas también de abajo. La naturaleza de estas fuerzas y de estas energías no es evidentemente la misma abajo y arriba, son las leyes las que son idénticas. En efecto, Hermes Trismegisto no dijo que lo de abajo es de la misma naturaleza y del mismo esplendor que lo de arriba. Al decir “como” Hermes Trismegisto quiso decir que abajo existen las mismas correspondencias, las mismas relaciones y las mismas leyes que arriba; pero la materia de estos dos mundos es diferente: abajo es opaca y tenebrosa, mientras que arriba es sublime y luminosa. Por las palabras “arriba” y “abajo” podemos comprender, por ejemplo, el cerebro y el estómago, porque en ellos encontramos las mismas leyes. 

El cerebro digiere los pensamientos igual que el estómago digiere los alimentos, y sin embargo el estómago no es exactamente semejante al cerebro. Vayamos más abajo aún, el sexo es como lo de arriba, el cerebro. Tampoco su naturaleza y su materia son iguales, sino su función, es decir, en este caso, el poder creador. Hermes Trismegisto no dijo que el Infierno, que está abajo, tiene la misma belleza que hay arriba en el Cielo, sino que lo mismo que las fusiones, las penetraciones y las creaciones que existen arriba también existen abajo, sin que podamos comparar, sin embargo, su esplendor, su amplitud y su poder. ¡Pero no por esto vayáis a creer ahora que el Infierno es idéntico al Paraíso! En el ser humano hay un arriba y un abajo, y si aplicamos ahora la fórmula de Hermes Trismegisto al hombre y a la mujer que están creando un hijo, vemos que lo que está abajo, la mujer, es como lo que está arriba, el hombre; porque la mujer está construida como el hombre, pero en ella todo está invertido: lo que en uno está lleno está vacío en el otro, como un guante al que le hubiésemos dado la vuelta. Son, pues, idénticos. 

Pero, además, él está arriba y ella abajo, sus posiciones están invertidas. No os diré más, pero podría daros tantos detalles que estaríais asombrados. Reflexionad. Todavía no os he revelado toda la profundidad de estas palabras de Hermes Trismegisto porque el Cielo me lo ha prohibido; pero cuando recibí esta revelación, me conmoví profundamente. Muchos repiten esta frase sin haberla comprendido jamás. 

Abajo es como arriba porque entre abajo y arriba hay relaciones y procesos mágicos que ni siquiera podéis concebir. El cerebro, los pulmones y el estómago distribuyen cada uno siete fuerzas a todos los sistemas del organismo humano; 3 x 7 = 21, y con el hombre mismo, 22. 

Ahí tenéis las 22 llaves, los 22 arcanos del Tarot. Y si no queréis contar al hombre, porque ya está implícito en las 21 fuerzas, podéis reemplazarlo por la luz que produce todas estas fuerzas. Encontramos de nuevo en las cartas del Tarot esta misma distribución en siete: siete energías que corresponden al estómago, siete a los pulmones, y siete al cerebro. 

El sol está también representado: es la carta 19. En esta experiencia con la luz del sol y el prisma volvemos a encontrar las 22 cartas del Tarot y los 11 sefirots. Hay, por tanto, siete cartas del Tarot para la cabeza, siete para los pulmones y el corazón, y siete para el vientre y el estómago, y con el sol suman veintidós. ¿De dónde viene esta palabra “Tarot”? Si permutamos las sílabas y las vocales tenemos las palabras Rota: la rueda, y Thora: la ley de los judíos. Muchos han trabajado con estas tres palabras: Tarot, Rota y Thora, sobre todo el cabalista francés Guillaume Postel. ¿Por qué le han dado este nombre de Tarot a las cartas iniciáticas egipcias? 

Rota es la rueda que Ezequiel y San Juan vieron girar, una rueda cubierta de ojos: es la séfira Hokmah. La Thora es la ley religiosa de los judíos; Moisés le dio este nombre porque su suegro se llamaba Iotorah (Jethro). Iotorah era un sacerdote de la tierra de Madian, un gran Iniciado. Moisés permaneció cuarenta años con él para estudiar; pasó las pruebas, y, cuando las superó Iotorah le dio a su hija: Séphora. Y, veis, Séphora y Séfira son casi el mismo nombre. Al final de su Iniciación Moisés recibió la misión de ir a liberar a los judíos y partió. 

No os lo revelo todo porque debéis meditar vosotros para descubrir ciertas verdades, y si hacéis esfuerzos sinceros, quizá los amigos de arriba vengan a ayudaros. Debéis trabajar para atraerlos, porque sin ellos nada os será revelado. Pero sólo se pueden atraer los espíritus luminosos del mundo invisible con la pureza, el amor y la armonía; a las menores agitaciones interiores, se van. Lo he verificado muchas veces. En Estados Unidos, en el parque de Yosemite, por ejemplo, vimos unos árboles magníficos de cerca de 4000 años, pero ya no estaban habitados: los devas se habían ido porque había demasiados visitantes, demasiado ruido, demasiada agitación; habían abandonado esta región tan bella. En casi todos los árboles vive una criatura, pero en este parque estos árboles gigantescos ya no eran expresivos porque no estaban habitados. Pero volvamos al prisma. 

Toda la vida, la multitud de afinidades y de correspondencias que constituyen la vida, está representada en esta imagen de la luz que el prisma descompone en siete colores. Os daré ahora como norma que busquéis la luz, que os imaginéis que sois un prisma y que lográis orientaros tan bien que dejáis pasar los rayos del sol a través vuestro, y que éstos vuelven a brotar a vuestro en siete magníficos colores a vuestro alrededor. Si conocieseis la importancia de la luz, no la dejaríais siempre en último lugar. En otra conferencia, acordaos, os decía que cuando encontráis la luz, ésta se manifiesta en vosotros bajo una forma extraordinaria y, en primer lugar, os da el gusto de las cosas. Hagáis lo que hagáis, tanto si coméis, como si bebéis, como si os paseáis o leéis, sentís que todo toma un gusto delicioso, exquisito, sabroso. Pero si perdéis la luz, perdéis el gusto. Porque cuando perdemos la luz lo perdemos todo. Si la sal pierde su sabor, sólo es buena para ser pisoteada. 

Si perdéis vuestra luz seréis triturados por los acontecimientos, porque habréis descuidado aquello que mejor os podía hacer fuertes e invulnerables. ¿Veis? os instruyen en todo salvo en lo esencial. Cómo tener un oficio, cómo ganar dinero, cómo situarse bien en la sociedad, todo gira alrededor de estas preocupaciones, pero cómo encontrar la luz, ¡jamás! Claro que hay algunos místicos que buscan la luz, pero la gente se burla de ellos. Los compadecen, ¡los encuentran tan ridículos a los pobres! 

A menudo me pregunto por qué los humanos dan la espalda a lo esencial para lanzarse a todo aquello que puede aportarles decepciones, enfermedades, sufrimientos. ¡Y eso es lo que llaman cultura y civilización! Además, mirad tan sólo cómo comprenden la inteligencia: de todos aquellos que son astutos, pícaros, capaces de timar a los demás, dicen: “¡Qué inteligencia!” No, la verdadera inteligencia no es eso. La verdadera inteligencia es la luz, y la luz no quiere aprovecharse de los demás ni perjudicarles, quiere darles, iluminar su camino. La propiedad esencial de la luz es hacer ver: ilumina el camino para hacer visibles los peligros, pero también las bendiciones. 

 Ella es, pues, la que nos ayuda a encontrar la verdad. Cada cosa: la tierra, el agua, el aceite, un árbol, un pájaro... tiene propiedades bien determinadas. Pero únicamente la luz tiene la propiedad de iluminarnos, de mostrarnos el camino. Encendéis vuestra lámpara y os dais cuenta de que hay un precipicio, y decís: “¡si hubiese dado dos pasos más, todo habría acabado!” Cada cosa tiene sus propiedades, sus cualidades, y la luz, claro, no os alimentará ni os dará dinero, pero quizá os muestre dónde se esconde un tesoro, podáis ir a desenterrarlo y os hagáis ricos. Mientras que sin luz, aunque tengáis dinero os lo robarán; porque el que es tonto siempre encuentra quien le desvalije. Es simple, evidente, elemental. La propiedad de la luz es hacernos ver todo lo que hay a nuestro alrededor, y así nos da todas las posibilidades de tomar medidas en un sentido o en otro, porque en la claridad podemos orientarnos, evaluar las distancias. E incluso, mirad: si queréis correr, la luz estará siempre antes que vosotros, porque es la más rápida. ¿Por qué es la más rápida? Porque ha comprendido que no hay que cargarse, no quiere llevar fardos inútiles, compromisos estúpidos que la retendrían. 

Pero también tiene mucho amor, por eso se da prisa en ayudar a los humanos; su amor la empuja a ir rápidamente para poder ser útil inmediatamente. Los demás, que se han sobrecargado con toda clase de fardos, llegan cuando el enfermo ya está muerto. Alguien se ha muerto, y un siglo después llegan para salvarle. ¡Esa es la velocidad de los hombres! La luz es la más inteligente porque quiere ser libre, no quiere dejarse sobrecargar; por eso todos aquellos que quieren parecerse a la luz no se cargan, no se hunden en la materia, no echan raíces en ella. La luz es la que da los poderes, la luz es la que da la riqueza (no el dinero, sino la riqueza), y es también la luz la que da el verdadero placer: cuando tenéis la luz encontráis el gusto a las menores cosas y un simple trago de agua os da la sensación de beber el elixir de la vida, como si este agua circulara en vuestras venas. ¡Es una sensación indescriptible! ¡Bienaventurados aquellos que han puesto la luz en su cabeza, en su alma, en su corazón, en su espíritu! Y cuando hablo de la luz, claro, no hablo solamente de la luz física, porque todo el mundo puede tener la luz física, basta con encender una lámpara. 

No, hablo de la luz espiritual, que cuando penetra completamente en el hombre le da la iluminación. Pero la iluminación es el último grado de la Iniciación, cuando la luz ha penetrado tanto cada célula del Iniciado que empieza a brillar por encima de su cabeza. La luz espiritual, la luz interior, es toda la riqueza de los Iniciados. Con esta luz, lo pueden obtener todo. Alguno preguntará: “Pero, ¿cómo tener esta luz interior?” ¡Qué pregunta! ¿Acaso no sabéis cómo hacen los primitivos para tener fuego? Cogen, por ejemplo, dos pedazos de madera que frotan el uno contra el otro y aparece el calor; siguen frotando y, finalmente, se ven pequeñas llamas, luz. Hay, pues, tres etapas: el movimiento (la voluntad), el calor (el amor, el sentimiento) y finalmente la luz (la inteligencia, el pensamiento). 

Por tanto, para llegar a esta luz hay que decidirse a actuar, a poner la voluntad en acción hasta que el calor, el amor se apodere de vosotros, y que este calor, este amor se convierta en luz. Así es como se obtiene la luz. Hacemos ejercicios espirituales, meditamos, rezamos, hasta que tomamos verdaderamente gusto a estos ejercicios, hasta el punto de no poder prescindir de ellos, y finalmente la luz brota. También puede suceder lo contrario, se puede transformar la luz en calor, y el calor en movimiento. Cuando poseéis ciertos conocimientos, éstos despiertan en vosotros el amor, y el amor os empuja a actuar. Cada elemento puede transformarse y convertirse sucesivamente en uno de los otros dos. ¡Veis qué sencillo! La gente se pregunta durante años cómo obtener la luz, cómo vivir la vida espiritual, y no lo consiguen, cuando es tan sencillo, ¡tan claro! 

OMRAMM

Bonfin, 18 de agosto de 1967 

 * La fachada Este de la sala de conferencias en el Bonfin está iluminada por dos vidrieras que representan dos triángulos y un pentagrama.

martes, 10 de diciembre de 2019

Los Espíritus de las siete luces



Está escrito en el Libro del Zohar: 

“Siete luces hay en el Altísimo, y ahí es donde habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph.” 

Estas siete luces son las luces roja, naranja, amarilla, verde, azul, índigo y violeta. Son los siete Espíritus que están ante el Trono de Dios. Los colores de la luz descompuesta por el prisma tienen también, pues, un valor simbólico. Cuando di mi primera conferencia, empecé hablando del sol y de la fuente. ¿Por qué? Porque la luz es como el agua de una fuente. Sí, el sol, con su luz, es una fuente, y es arriba donde brota la verdadera fuente. La luz es el agua que brota del sol, es el agua de la vida. La luz es blanca y el agua de la tierra es transparente, pero siguen siendo el mismo símbolo. Cuando miramos la luz del sol a través de un prisma descubrimos una riqueza y un esplendor increíbles. ¿Cómo la luz, que es una, atraviesa el prisma, que es tres, para convertirse en siete? Sí, uno, tres y siete. Este fenómeno me ha preocupado mucho desde mi juventud y me alegraba ver que la luz del sol contenía tantas riquezas, tanta belleza y pureza. 

Fue entonces cuando comprendí que el ser humano, lo mismo que el prisma, es una trinidad. Para que la luz del sol pueda descomponerse perfectamente en siete colores, es preciso que las tres caras de la sección del prisma sean transparentes, pero también iguales. Igualmente, es preciso que el ser humano haya desarrollado armoniosamente el triángulo que forman su intelecto, su corazón y su voluntad para que la luz que viene de Dios, la luz del sol, pueda pasar a través suyo y manifestarse en el esplendor de los siete colores. Únicamente los discípulos y los Iniciados que han trabajado para desarrollar su inteligencia, que han ejercitado su corazón para sentir y amar correctamente, y que se han hecho fuertes porque han luchado y han tenido la voluntad de vencer lo negativo, llegan a descomponer la luz en siete colores, y su aura aumenta en extensión, en belleza y en pureza. 

Los que no han desarrollado correctamente en ellos este triángulo del intelecto, del corazón y de la voluntad, sólo tienen en su aura dos o tres colores, los demás están ausentes. Y si por desgracia deforman este triángulo, su intelecto se vuelve taimado, astuto y agresivo, su corazón se llena de odio, de maldad, de crueldad, de deseo de venganza y de sensualidad, y su voluntad se pone al servicio de la destrucción y de la demolición. Entonces, no sólo el aura ya no tiene sus colores atornasolados y vivos, sino que está cargada de horrores y de monstruosidades. 

En la Ciencia iniciática a la luz roja se le llama Espíritu de Vida. El rojo es la vida, y quizá la sangre es roja porque es el vehículo de la vida. Quitadle la sangre a un hombre y le quitáis la vida; dadle sangre, cuando está muy débil, y se reanima. Así se descubrió la transfusión sanguínea. ¿Cómo actúa el color rojo en los seres humanos? Con las vibraciones que produce les conecta con el Espíritu de Vida; gracias a él se animan, su vitalidad aumenta. Pero el rojo tiene miles de matices: el amor, la violencia, la guerra y la cólera, la sensualidad, el dinamismo, la embriaguez... La luz naranja es el Espíritu de Santidad, el segundo espíritu. 

Con el color naranja os conectáis, pues, con la santidad. Pero este color tiene también muchos otros matices: el individualismo, el orgullo, incluso la soberbia; otro matiz mejora la salud, otro aporta la fe y la refuerza. Pero, ante todo, el naranja es el color de la santidad y de la salud. La luz amarilla dorada es el Espíritu de Sabiduría. Con sus vibraciones incita a las criaturas a leer, a reflexionar, a meditar, a buscar la sabiduría, a mostrarse razonables y prudentes. 

La luz verde es el Espíritu de Eternidad y de Evolución. Como los demás, tiene muchos matices, y si tuviese la posibilidad, os mostraría cómo actúa cada uno de estos matices. Pero los colores más auténticos, los que más se acercan a la esencia divina, son los colores dados por el prisma. No toméis otros colores para vuestro trabajo espiritual; pueden representar muchas otras virtudes, pero las virtudes esenciales están en los colores del espectro solar. Os dije cuánto me habitué a contemplar estos colores, a trabajar con ellos; para mí son un alimento. A menudo, oriento el cristal de mi bastón hacia el sol para ver estos siete colores; los contemplo, me alimento, me alegro, bendigo al Cielo y sigo mi trabajo. El verde es, pues, el color del crecimiento, del desarrollo, pero también el de la riqueza. Está relacionado con la esperanza y da al hombre la posibilidad de evolucionar. Un día os diré cómo cada color, con sus vibraciones, está en relación con un órgano y facilita ciertos procesos. La luz azul es el Espíritu de Verdad. Está relacionada con la religión, con la paz, con la música. 

El azul desarrolla el sentido musical, serena el sistema nervioso, cura los pulmones y actúa favorablemente sobre los ojos, que son el símbolo de la verdad. La luz índigo es el Espíritu de Fuerza, el Espíritu de la Realeza. Presenta casi las mismas propiedades que el azul. Hablemos ahora de la luz violeta. Es el Espíritu de la Omnipotencia divina y del Amor espiritual; es el Espíritu del Sacrificio. El violeta es un color muy poderoso que protege al hombre. Es también un color muy místico, muy sutil, que le ayuda a desdoblarse para visitar los otros mundos y le permite comprender el amor de Dios. No es nada favorable para la vegetación. Cuando tenía quince o dieciséis años trabajaba con los colores, y no sólo me los imaginaba y meditaba con ellos, sino que embadurnaba los cristales de mi habitación para estudiar sus efectos. Empecé con el rojo, después el naranja, etc... Yo meditaba en esta habitación bañada por la luz coloreada que traspasaba los cristales y, durante unos días, observaba cómo actuaba sobre mí este color; después lo lavaba todo y pasaba a otro color. En cuanto a mis padres y a los vecinos, ¡inútil deciros por quien me tomaban! Pensaban que me había vuelto loco, pero yo seguía imperturbablemente estudiando los colores. 

Con el violeta me iba al otro mundo. Invitaba a amigos para ver el efecto que este color producía en ellos: se dormían, y las flores se marchitaban, el violeta las mataba. Pero el violeta es un color que me gusta mucho. Cuando el rojo de su aura no es puro ni límpido es porque el hombre se ha dejado arrastrar por la cólera, por la embriaguez o la sensualidad; para cada uno de estos vicios el matiz del rojo es diferente y los clarividentes pueden verlos. Además, en todos los tiempos se ha relacionado el rojo con la sangre, con la guerra. Es un color bello, pero su matiz debe ser tan puro que, mezclado con el blanco, dé un rosa luminoso. El rosa expresa también un matiz del amor: el blanco le aporta al rojo la pureza, la armonía, algo que serena sin violencia ni egoísmo, y así, el amor se calma, se vuelve ternura. Por eso la rosa es un símbolo de ternura, de delicadeza. A aquél que tenga demasiada vitalidad y sensualidad le aconsejo que se conecte con el color blanco, o que se relacione con seres que tengan mucho blanco, es decir, que sean puros y honestos; así habrá al menos una mezcla, y el rojo se volverá rosa. Y este hombre ya no será importunado y atormentado por la fuerza del rojo que hay en él. El rosa actúa también favorablemente sobre la inteligencia. 

Se dice: “Ver la vida de color de rosa”, es decir, ser optimista. El que ve la vida de color de rosa no tiene el espíritu obstaculizado por preocupaciones o pensamientos sombríos y tristes; la existencia se le aparece bajo un aspecto agradable, y es feliz. Podemos hacer las mismas observaciones para los demás colores. Hay azules que revelan que un hombre ha perdido la fe o que ya no está en la verdad o en la paz. Si el amarillo es impuro o apagado, ello muestra que el hombre no es razonable ni capaz de profundizar y de comprender; no se puede tener confianza en sus facultades intelectuales. Pero no quiero detenerme hoy en este tema, porque tengo otras cosas que deciros. Retened solamente que los siete Espíritus que están ante el Eterno son: el Espíritu de Vida, el rojo; el Espíritu de Santidad, el naranja; el Espíritu de Sabiduría, el amarillo; el Espíritu de Eternidad, el verde; el Espíritu de Verdad, el azul; el Espíritu de Fuerza, el índigo, y el Espíritu del Sacrificio, el violeta. 

Si queréis crear un color, siempre podéis obtenerlo a partir de otros dos colores: el violeta y el naranja dan el rojo; el rojo y el amarillo dan el naranja; el naranja y el verde dan el amarillo, etc... Cada color es el hijo de otros dos que son como su padre y su madre; pero si no sabéis cuáles hay que mezclar, no obtendréis un buen resultado. ¿Por qué? Porque entre los colores también hay oposiciones y afinidades, y estas oposiciones y afinidades las encontramos igualmente entre los planetas que corresponden a estos colores. El color rojo corresponde a Marte. Marte es fogoso, violento, destructivo; es el principio masculino por excelencia, pero en un campo determinado, porque el Sol (aunque el Sol no sea un planeta) y Júpiter tienen también un carácter masculino, pero terrenos diferentes. El color verde corresponde a Venus. Las personas en quienes domina el rojo son atraídas por aquéllas en quienes domina el verde, porque se realzan mutuament, y es maravilloso; pero si se unen y se fusionan, darán nacimiento a un monstruo. 

Que se paseen juntas, que se hablen, que se miren, que se exalten, pero que no se fusionen, porque el verde y el rojo mezclados producen un color sucio. Lo mismo sucede con el naranja y el azul: su mezcla es espantosa, pero puestos el uno al lado del otro son más expresivos, se exaltan. Veis como hemos puesto aquí estos colores (el Maestro señala las vidrieras coloreadas del comedor): uno junto al otro, el azul y el naranja se exaltan, el naranja se vuelve más naranja y el azul más azul; esto también sucede con el verde y el rojo, que veis allí enfrente. Al color azul le corresponde el planeta Júpiter y al naranja el Sol; estos dos planetas son positivos, por eso no deben casarse. Tomemos ahora el amarillo y el violeta, que tampoco debemos mezclar. El amarillo corresponde a Mercurio y, según la Cábala, el violeta corresponde a la Luna, aunque la mayoría de las veces se le atribuye a la Luna el color blanco. Si dejamos, pues, el color blanco a la Luna, le daremos a Neptuno el color violeta, porque Neptuno es idéntico a la Luna, pero en un registro superior. Igualmente, en un registro superior, Urano es idéntico a Mercurio. 

Comprenderéis mejor sus relaciones si las situáis sobre el Arbol sefirótico. Mercurio (Hod) está opuesto a Urano (Hokmah) y, sobre el otro eje, Venus (Netzach) está opuesto a Saturno (Binah). En el pilar central, la Luna (Iésod) está opuesta a Neptuno (Kéther). En el plano horizontal, Marte (Gébourah), en el pilar del rigor, está opuesto a Júpiter (Hésed), en el pilar de la clemencia. Un día os explicaré todas estas relaciones; veréis cómo Venus y Saturno representan casi la misma realidad manifestada en regiones diferentes. Esto contradirá quizá todo lo que habéis aprendido hasta ahora, pero veréis cómo, en la misma línea del amor, el amor de Venus se convierte en la inteligencia de Saturno, y cómo, en la otra línea, la inteligencia concreta de Mercurio, la de los razonamientos, de la palabra y de los negocios, se convierte, arriba, en la sabiduría de Urano. 

Sobre estas correspondencias no se encuentran muchas explicaciones en los libros, pero gracias al Cielo muchas de ellas me han sido reveladas. Los sefirots no han sido colocados así por casualidad; existen entre ellos unas relaciones geométricas que son significativas. Pero todo esto es algo lejano para vosotros, y de momento ni siquiera es necesario que abordéis estas cuestiones filosóficas y abstractas; retened hoy solamente estas pocas palabras sobre los colores para poder trabajar eficazmente en vuestra evolución. Trabajad cambiando cada día de color. Podéis empezar por el rojo, que es el que está más cerca de la tierra, y continuar con el naranja, el amarillo, etc... O bien, podéis empezar, en sentido inverso, por el violeta. Así, descendéis o subís, como queráis, como estéis acostumbrados. El color rojo es el que está más cerca de la tierra, y por esta razón la base de nuestro comedor está pintada de rojo, mientras que la parte superior está pintada de azul. 

El cielo es azul y la tierra es roja. En hebreo, el primer hombre se llama Adam, el lugar en el que habitaba Edén, la tierra Adamah, y el color rojo se dice Adom. El color rojo, la tierra, el hombre y el Edén son, pues, en hebreo, palabras formadas sobre la misma raíz. Por eso en la Cábala se llama a Adam “el hombre rojo”. Pero el viejo Adam debe morir y ceder el sitio al hombre nuevo: Cristo, simbolizado por el color azul. Transformar el rojo en azul era, precisamente, el trabajo de los alquimistas. Eso significa que todo lo que en el hombre es grosero, violento, animal, debe ser transformado, sublimado. El rojo y el azul son los dos polos opuestos, y si queréis pasar del uno al otro, preguntad a los alquimistas; os responderán que debéis saber trabajar con el ácido y la base. Si sabéis trabajar con estos dos principios, masculino y femenino, podéis cambiar los colores, es decir, hacer que el rojo se cambie en azul, poniendo unas gotas de ácido o de base... La química aclara, pues, los preceptos de la religión, pero los religiosos no lo saben... Y los químicos tampoco: para ellos todo eso son fenómenos puramente materiales que no intentan interpretar. La ciencia se limita a constatar los hechos, no busca ni su razón de ser ni su significado. ¡Pero a mí, me gusta interpretároslos!... Nosotros somos, pues, el Adam rojo que debe ceder el sitio a Cristo. 

Esta transformación es posible, es la meta de la religión. El viejo hombre Adam, sometido a las pasiones (el rojo), debe ceder el sitio a Cristo, al hombre nuevo (el azul), que vive en la verdad, la paz y la armonía. ¡Bienaventurados los que comprenden! ¡Bienaventurados los que siguen la luz! Terminaré citando otra vez estas palabras del Zohar que me gustan mucho. Yo las pronuncio a menudo interiormente: “Siete luces hay en el Altísimo, y allí es donde habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph”. ¡Es magnífico! Vosotros también podéis repetir estas palabras, ¡y que la Luz sea! ¡Que todos trabajen ahora sobre la luz, con la luz y para la luz!

OMRAAM

lunes, 19 de agosto de 2019

Subid por encima de las nubes


La séfira Tiphéret

Cuando el cielo está despejado vemos el sol; cuando el cielo está cubierto de nubes permanece oculto; pero si subimos en avión hasta mil metros de altura o más, nos encontramos por encima de las nubes, y allí el sol brilla siempre, nunca está oculto... Nada hay más sencillo y evidente que esto, hasta es infantil, pero vais a ver cómo se pueden interpretar estos fenómenos. Desde el punto de vista esotérico, en el terreno de las correspondencias, las nubes no son otra cosa que pensamientos y sentimientos opacos, densos y apagados, que cuando pasan a través de nuestro corazón y de nuestro intelecto nos ocultan el sol. Un sol brilla siempre dentro de nosotros, un sol que es Dios mismo, la fuente de la vida, la fuente de la luz... Siempre está ahí, en el fondo de nosotros, en el centro de nuestro ser; pero no lo vemos, ni lo sentimos, estamos en las tinieblas, tiritamos, estamos casi moribundos... Sí, en el hombre existen ciertas regiones en las que nubes espesas ocultan el sol casi todos los días, porque no sabe cómo elevarse hasta las regiones límpidas y soleadas. Debe, pues, encontrar el medio de subir por encima de las nubes y de quedarse allí, para ser independiente y libre, porque de lo contrario se verá obligado a esperar mucho tiempo hasta que las nubes se disipen para poder, por fin, calentarse, iluminarse, alegrarse. 

Las criaturas tienen diferentes condiciones atmosféricas en su fuero interno, y sus pensamientos, sus sentimientos, su manera de vivir son tales que su cielo está, a menudo, cubierto de nubes muy espesas que impiden que los rayos del sol espiritual penetren en ellos. Viven así en el frío y en la oscuridad y se lamentan; no reciben las bendiciones del sol porque se quedan demasiado abajo. Un verdadero discípulo es consciente de esta situación. Sabe que a veces el aire está lleno de polvo, de humaredas y de brumas espesas, y que otras veces es límpido y claro. Como lo habéis visto esta mañana, por ejemplo, ¡qué radiante era el sol!... Si sabéis cómo mirarlo, cómo conectaros con él, cómo abrir vuestras puertas y vuestras ventanas, estaréis en éxtasis. En estas condiciones de limpidez, de claridad, de paz, tenéis la posibilidad de ver las cosas claras dentro de vosotros mismos para resolver muchos problemas. Empezáis a comprender cómo habéis perdido, hasta ahora, vuestro tiempo y vuestra salud; cómo, al extraviaros, os habéis vuelto egoístas, rebeldes, dispuestos a pelearos con todo el mundo... Después, poco a poco, encontráis las causas, las razones... y comprendéis que, si cambiáis, si pensáis y vivís de otra manera, si os abandonáis a esta luz divina y la dejáis trabajar en vosotros, todo tomará otro aspecto, todo se volverá claro, límpido y maravilloso. 

El aire corresponde al plano mental, al intelecto, y cuando nuestro intelecto se oscurece debemos buscar la causa de este oscurecimiento. En la naturaleza las nubes están formadas por vapores que suben del agua de los lagos, de los ríos, de los mares... El agua representa el plano astral, el corazón, los sentimientos, y cuando la evaporación es excesiva, es decir, cuando el hombre se deja llevar demasiado por el sentimentalismo y la emotividad, estos estados producen en él nubes que ocultan el sol. ¿Qué debe hacer entonces? En primer lugar, comprender que debe purificar su atmósfera, su cielo, su aire, y en vez de quedarse ahí, inactivo, concentrarse para dispersar sus nubes, pedir que desaparezcan, o bien elevarse hasta muy arriba, hasta las regiones en donde reina la claridad. 
En general, los humanos no piensan en hacer esfuerzos para cambiar de región, se contentan con ser desgraciados, esperan que sean los acontecimientos los que cambien; así, evidentemente, las nubes siguen ahí, ¡y pueden seguir durante años! Mientras que el discípulo, en cambio, dice a las nubes: “Me importa un comino que estéis o no ahí; ¡yo subo!” Y sube, nadie puede impedírselo. Y ahí lo tenéis, por encima de las nubes... Allí siempre brilla el sol. 

Eso significa que por encima de vuestras tribulaciones, de vuestras agitaciones, de vuestros lloros, de vuestras desgracias, siempre podéis encontrar al Señor. Siempre está presente allí, muy arriba, en un lugar que debéis descubrir vosotros; haced algo, pues, para acercaros a Él... Cuando era muy joven ya me gustaba ya hacer ciertos ejercicios. Un día estaba con unos amigos en la cima del Moussala, había una niebla muy espesa y no veíamos ni los lagos de Rila, ni las montañas, nada. Apenas nos veíamos entre nosotros. En un momento dado, para divertirme, dije a mis amigos: “Escuchad, si queréis os mostraré un trozo de paisaje. – Ah, dijo uno de ellos, yo quiero ver el tercer lago” (ya no me acuerdo si dijo el tercero o el quinto). Yo había subido tantas veces al Moussala que me sabía la posición de todos los lagos y de las cadenas de montañas: Pirine, Rhodope... Entonces, tendí la mano en dirección al lago, la niebla se apartó y el lago apareció. Todos gritaron asombrados. Retiré la mano y, al cabo de unos momentos, el lago se ocultó de nuevo con la niebla... Luego, alguien quiso ver las montañas de Macedonia. Tendí la mano en su dirección, y de nuevo la niebla se apartó y las montañas aparecieron... Y después, lo mismo con el sol... Mis amigos estaban asombrados y ese día comprendieron el poder del pensamiento. 

Lo que os cuento es verdad, yo sé que el mundo invisible me escucha y que no puedo engañaros. Si podemos actuar sobre la niebla y las nubes exteriores, ¡cuánto más podemos hacerlo sobre la niebla y las nubes interiores! Cuando sintáis que ciertos pensamientos negativos asaltan vuestro “cielo”, disminuyen vuestra fe o vuestro amor, y os impiden ver el esplendor de Dios o el esplendor de la Enseñanza, o incluso el valor de vuestro instructor, concentraos, enviad los rayos luminosos más puros en dirección a estas nieblas, y veréis que poco a poco se producirá una limpieza, una purificación, una claridad, y daréis gracias al Cielo. Bueno, han sido unas palabras para incitaros a trabajar cada vez mejor. Gracias al pensamiento subimos por encima de las nubes. 
El pensamiento es como un cohete, o un rayo de luz. Con vuestro pensamiento apuntáis hacia un punto: la fuente de vida, el sol eterno, apuntáis hacia vuestro centro interior, os concentráis en el Señor... Unos minutos después, el pensamiento traspasa las nubes, por espesas que sean, y llegáis allá arriba, os bañáis en la limpidez. Evidentemente, cuando os hablo del sol sólo toco una parte de la realidad; no sólo existe el día, también existe la noche. 

Cuando el sol se ha puesto, si la noche es clara, vemos la inmensidad, el espacio con miles de estrellas, de constelaciones... Es el infinito, la riqueza, el esplendor... Mientras que cuando aparece el sol, oculta el espacio, nos cierra la inmensidad, limita nuestra visión al mundo material, visible. ¿Cómo resolver este problema? Por un lado el sol nos muestra un mundo real, aporta la visión clara y precisa, lo vivifica y delimita todo; pero, por otra parte, cuando no está ahí, deja paso a la inmensidad, y esta inmensidad, que es de una riqueza prodigiosa, da al alma y al espíritu la posibilidad de viajar y de perderse en el infinito. ¿Acaso no nos muestra el sol toda la verdad?... Pero dejemos todo eso para otra ocasión. Reflexionad sobre ello. A veces se ha hecho de la noche el símbolo del mal, y del día el símbolo del bien. Sin embargo, a menudo es por la noche cuando los Iniciados trabajan, meditan, rezan, y cuando, en el pasado, hacían pasar a sus discípulos las pruebas de la Iniciación. La noche no es, pues, tan mala. 

Es cierto que cuando hablamos de “tinieblas” sobreentendemos el mal, la ausencia de inteligencia, de amor y de bondad; pero la noche es otra cosa, y la luz del espíritu puede brillar durante la noche, lo mismo que las tinieblas pueden reinar durante el día: todo depende del estado de conciencia. El día y la noche son dos símbolos diferentes de la manifestación divina. Dios, o la verdad, se manifiestan de noche lo mismo que de día, pero bajo un aspecto diferente. Muchas fuerzas tienen necesidad de la oscuridad para trabajar: el niño que debe nacer, la semilla que va a germinar, empiezan a crecer en la oscuridad. Debemos, por tanto, saber trabajar también con la noche. ¡Ah! ¡Qué condiciones maravillosas de paz, de silencio, de dulzura para fundirse en el espacio!...Os acostáis en la hierba una noche de verano, cuando todo el mundo duerme y, en el silencio apenas turbado por el canto de los grillos y de algunas ranas, miráis, allá arriba, esta inmensidad de estrellas... Tratáis de comprenderlas, de buscar lo que son estos mundos, qué entidades, qué inteligencias los habitan... Porque es imposible que, entre todos los mundos creados, sólo esta mota de polvo que es la tierra esté poblada... poblada de pequeños pigmeos que filosofan mañana y tarde, o de teólogos que se preguntan cuántos diablos pueden caber en la cabeza de un alfiler o ¡qué hicieron con el prepucio de Jesús después de la circuncisión! ¿Veis que cuestiones más interesantes? 

Estáis, pues, acostados en la hierba, y tratáis de encontrar vuestra estrella preferida, aquélla con la que tenéis más afinidades, y la amáis, os conectáis con ella, os imagináis que vais hacia ella, o que ella viene a hablaros... Entonces, todas vuestras miserias, vuestros pequeños dramas, vuestras pequeñas pérdidas, os parecerán tan insignificantes que encontraréis estúpido lamentaros por tan poca cosa. Frente a esta inmensidad en donde todo es solemne, majestuoso, ¿por qué pararse en mezquindades y alertar al mundo entero? Algunos astrónomos reconocieron que sus trabajos habían cambiado completamente su punto de vista: los problemas, las preocupaciones, las luchas de la vida perdían importancia y se asombraban de que los humanos pudiesen hacer tantas historias por tan poco. Si tenéis la posibilidad, os aconsejo que hagáis estas experiencias... ¡y hasta que os durmáis bajo las estrellas! Cuando era muy joven, a veces dormí en la cima del Moussala. ¡Era formidable! Con un hermano, subíamos hasta muy arriba, por encima del campamento de la Fraternidad. 

Había nieve y hielo, pero esto no nos detenía; nos envolvíamos enteramente con algunas mantas dejando fuera solamente los dos ojos, y mirábamos, ¡mirábamos!... Estábamos en comunicación con el cielo... Y yo no comprendía todo lo que me decían las estrellas, no lo comprendía, pero las amaba, las amaba, toda mi alma estaba maravillada... Centelleaban, me guiñaban el ojo, y yo también, finalmente, les guiñaba el ojo y me dormía... A la mañana siguiente me despertaba completamente cubierto de nieve; entonces me sacudía, bajaba al campamento, me lavaba ¡y me iba a la salida del sol! La noche, el día... Unía a las dos en un mismo trabajo. Y ahora empiezo a comprender que estas estrellas me cuchicheaban cosas que quizá no haya descifrado aún, pero que mi alma captaba, grababa, cuyas huellas ha conservado. Sólo más tarde, poco a poco, empezamos a comprender todas las revelaciones de las estrellas. Esforzaos en tomar cada vez más conciencia de que, cuando vais a asistir por la mañana a la salida del sol, tenéis grandes posibilidades para avanzar en vuestro trabajo espiritual. Debéis dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. 

Aquéllos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de vosotros me habéis dicho que ibais a la salida del sol sin resultado alguno, porque os asaltaban continuamente pensamientos desordenados que os impedían concentraros! Pero, si tomáis en serio los ejercicios que os doy, tendréis resultados. Con la voluntad debéis llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tenéis dentro, hacer vibrar todas vuestras células al unísono con vuestro ideal, en una única dirección. Si no, seréis débiles, estaréis expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tenéis con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía. Y si considero de nuevo la fórmula de los Iniciados egipcios: “Saber, querer, poder (yo digo a menudo “osar”, pero es lo mismo), y callarse”, la interpreto así: saber significa saber que hay un sol, pero que también hay nubes y que debemos disiparlas. Querer significa amar al sol y desear llegar a él. 

Poder significa movilizar todas las fuerzas de la voluntad para osar emprender el trabajo: hacer un gesto, pronunciar una fórmula, algo que marque un desencadenamiento de la voluntad. “Saber” concierne al plano mental, “querer” al plano astral, “poder” al plano físico, y debemos, por tanto, hacer descender el saber y el querer hasta el plano físico. Muchos espiritualistas se quedan tanto en los planos del pensamiento y del sentimiento que se muestran impotentes para realizar, aunque sólo sea con la palabra. Sin la palabra, los pensamientos y los sentimientos tienen dificultades para realizarse en la tierra, en el plano físico, porque les falta un vehículo, un cuerpo; y hasta pueden producir trastornos psíquicos graves si los acumulamos durante demasiado tiempo sin darles forma. Pero en cuanto llegamos a darles la posibilidad de manifestarse, pronunciando ciertas palabras apropiadas, éstas hacen mover inmediatamente las partículas, los átomos de la materia, porque el sonido actúa poderosamente sobre la materia, y esto ya es un principio de realización. La palabra tiene un gran poder que puede ser comparado con el de una firma debajo de un acta, de un pedido o de un contrato: sin una firma, ya lo sabéis, un acta oficial no es válida. 

Os he hablado, A menudo os he hablado del Árbol sefirótico, y en particular, de la séfira más cercana a la tierra, Iésod, que es el dominio de la Luna. Esta es una región muy misteriosa, muy rica, pero también muy peligrosa, porque sus capas inferiores están formadas por todos los vapores, las emanaciones y las brumas que suben de la tierra, de los humanos. Si logramos pasar esta zona crepuscular en donde se encuentran las ilusiones, las aberraciones, las mentiras, todo lo que es tenebroso, inquietante y engañoso, para llegar a la parte alta de la séfira, descubrimos la pureza, la limpidez, la vida, la clarividencia, la verdadera poesía... Muchos mediums, videntes, y hasta místicos, pero también muchos poetas, han chapoteado en las zonas inferiores de Iésod; carecían de los conocimientos que les hubiesen permitido superar esta zonas y encontrar la claridad, y por eso muchos terminaron en la locura, el alcoholismo o el suicidio. 

No sabían que hay que subir, subir muy arriba hasta la región del sol: Tiphéret, en donde todo se vuelve límpido y luminoso. Tiphéret significa belleza, esplendor. En el Árbol de la Vida es la quinta séfira a partir de abajo y la sexta a partir de arriba. Está en el centro de este Árbol que representa el universo, lo mismo que el sol está en el centro del sistema solar. La región que le corresponde en el cuerpo humano es la del corazón y del plexo solar. Según la Cábala, la Divinidad se manifiesta en la séfira Tiphéret bajo el nombre de Eloha ve Daath. Allí, el Arcángel Mikhaël reina sobre el orden angélico de los Malahim, literalmente los Reyes, que corresponden a las “Virtudes” de la religión cristiana. La parte material, visible, de la séfira está representada, como ya sabéis, por el sol, en hebreo schémech.

Árbol sefirótico 

Si habéis leído el Génesis, habréis advertido que la primera criatura de Dios fue la luz: “Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz fue.” Así pues, al principio de todo está la luz. Y la luz es Cristo, el Espíritu solar. Porque el Espíritu de Cristo, que se manifiesta primero en la séfira Hokmah, la primera gloria, el Verbo, de quien dice San Juan en su Evangelio que nada se hizo sin él, se manifiesta también, bajo otro aspecto, en el sol. Tiphéret tiene sus raíces en Hokmah, donde brilla Vidélinata, la luz divina, invisible para nuestros ojos. Para mí, y para todos los Iniciados, el Espíritu solar es el Espíritu de Cristo, porque el sol, ya os lo dije, es mucho más de lo que vemos. 

El sol es todo un mundo con habitantes, con una organización y una cultura extraordinarias. !Todavía estamos tan lejos de saber lo que es el sol...! Existen varias formas de estudiar el Árbol sefirótico; una de ellas consiste en dividirlo en pilares. Los sefirots Kéther, Tiphéret, Iésod y Malkout forman el pilar central, el pilar del equilibrio, y a una y otra parte, los sefirots Hokmah, Hésed y Netzach forman el pilar de la clemencia, mientras que Binah, Gébourah y Hod forman el pilar del rigor. Cuando descendemos por el pilar del equilibrio, Tiphéret es la primera séfira con la que nos encontramos después de Kéther. 
En este sentido podemos decir que el sol representa más el Espíritu de Dios que el Espíritu de Cristo. En realidad, sin embargo, representa tanto el uno como el otro, porque el Espíritu de Cristo no es diferente del Espíritu de Dios; se trata simplemente de otra manera de presentar las cosas. Hay que saber servirse de todas estas nociones y saber jugar con ellas. 

Cada mañana, al venir a ver la salida del sol, pensad que conectándoos con él os conectáis con su espíritu... Sí, con el Espíritu del sol, que es el Espíritu de Cristo, una emanación de Dios mismo. No basta con exponeros físicamente al sol; para recibir verdaderamente la luz, la vida y el calor del sol, debe ser vuestro espíritu el que vaya a exponerse, a conectarse con él, a penetrarle. Os sumergís en otro mundo, y allí recibís el conocimiento, la iluminación. 

Bonfin, 15 de agosto de 1967

OMRAAM