Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

viernes, 10 de mayo de 2019

LA FILOSOFÍA DE LA UNIDAD





Todo lo que os revelo a propósito del mal conmociona y revoluciona posiblemente vuestras concepciones, pero dentro de algunos años el mundo entero aceptará esta filosofía, la más verídica, la única que finalmente coloca las cosas exactamente en su sitio.  Se acercan tiempos en los que no habrán ya más luchas ni desgarros en el hombre, no habrán ya más contradicciones, existirá la unidad.  El bien y el mal caminaran juntos en la misma dirección, estarán al servicio del Cielo.  En tanto que el hombre se oponga con el bien al mal, se dividirá contra sí mismo y se desgarrará hasta aniquilarse completamente.  ¿Qué puede hacer un ser que está siempre en lucha consigo mismo?  Con esta vieja filosofía la paz no vendrá jamás.  
La paz y la armonía vendrán solamente cuando se haya logrado la unidad, cuando todo camina en la misma dirección.
    
Tomemos al ser humano; si se mira la parte superior de su cuerpo: su boca, su nariz, sus ojos, su cerebro, uno se maravilla; pero si se mira más abajo: el estómago, los intestinos, etc…, uno no se admira tanto. Y, sin embargo, estas dos partes son indispensables y trabajan juntas.  La prueba está en que el hombre camina siempre con lo de arriba y con lo de abajo y que lleva a ambas a todas partes con él; ¡no deja una mitad en alguna parte para tomar solamente la otra, aquella que encuentra más conveniente y más estética!  Entonces, ¿por qué las ha separado en su pensamiento?  Ambas partes trabajan juntas para asumir la existencia y el desarrollo de todas sus facultades, pero si se erigen la una contra la otra, es el hombre quien, en su ignorancia, introduce en sí mismo el desorden y la división.  
En realidad están unidas y trabajan juntas.
     
Si os cuento hasta dónde he llegado en mis reflexiones, os asustaréis.  Imaginad que pregunte a los teólogos, a los religiosos…a todos esos puritanos: Bueno, decidme ahora cómo concebís el paraíso, el Reino de Dios: cuando los seres llegan allá arriba.  ¿Pensáis que han dejado una mitad de sí mismos en otra parte, o que están completos? Todos esos órganos de los que sentís asco y repugnancia, ¿qué ha sido de ellos?  ¡Explicádmelo!
    
Dirán: No hemos pensado en ello.-  Entonces, falta algo en vuestra concepción de las cosas.  ¿Cómo son, en lo alto, todos estos  hombres y estas mujeres?  ¿Tienen todos sus órganos  o acaso sólo han conservado el cerebro, la cabeza, los ojos?…  He aquí un tema ciertamente embarazoso, ¿no es cierto?  Posiblemente vosotros tampoco habéis reflexionado en ello, y os extraña.  Diréis: Es verdad que el Paraíso está ahí, pero, ¿cómo es?  ¿dónde está? … y, ¿cómo son los seres que lo habitan?
   
 ¡Os aseguro que el paraíso tal y como los religiosos los conciben debe ser aburridísimo!  ¡La prueba está en que se dan prisa por venir a reencarnarse en la tierra!... No, comprendedme bien, bromeo así para mostraros que muchas cosas no están ni muy claras ni son muy lógicas, y para poneros en situación de tomar conciencia de ciertos problemas sobre los cuales no había reflexionado.  Este es mi papel.
     
Ahora os preguntaréis:  ¿Cómo se vivirá cuando estemos arriba?  Pues bien, precisamente yo lo sé… Dios no ha creado al ser humano para partirlo en dos.  Sería tan antiestético que los pintores y los escultores se sentirían asqueados de verle así mutilado, hecho pedazos.  ¿Y para divertir a quién?...  Dios es el más grande esteta y Él no ha creado al hombre de cualquier manera.  No se sabe ni siquiera cuánto tiempo le hizo falta para crearlo.  Diréis: Pues sí, se sabe: en un día, el sexto.  ¡Es formidable, estáis bien informados! Un día…  ¿creéis que no ha bastado más que un día para crear al hombre tal como es?, con todo lo que vemos y con todos sus cuerpos sutiles, que no vemos.  Tratad de ver todo este esplendor y comprenderéis entonces por qué el Señor no quiere limitar al hombre cortándole en dos para divertir a unos ignorantes.
     
La dualidad no es más que una expresión de la unidad. 

El número uno es el primero y el único.  Sólo existe el número uno, esto es lo que hay que comprender.  Y, ¿qué representan el dos, el tres, el cuatro y así sucesivamente?... Divisiones del uno.   
     
Arbitrariamente se divide el uno en dos, en tres, en cuatro, en cinco, en seis… y cada división está representada como un nuevo número, mientras que no es más que una apreciación diferente del uno, un fragmento del uno.  Entonces, ¿qué es el dos? Es el uno polarizado.  Tomad un imán: está polarizado pero no está dividido, es uno y permanece uno.  En ninguna parte el dos está separado del uno.  Cualquier objeto… e incluso el hombre, tiene dos extremidades, dos polos, pero es siempre uno.  ¿Y el tres?  Pues bien, se trata de los dos polos que han permanecido atados, y que actúan el uno sobre el otro para producir un ser o un objeto que es el tres; pero el tres  tampoco está separado.  Y el cuatro, y el cinco, son también nuevos aspectos del número uno; individualmente no existen, sólo existe el uno.
    
Hasta ahora se ha creído que cada número tenía una existencia propia, que había el uno, luego el dos, después el tres, es decir, que todos los números están en el mismo plano que el uno.  No, sólo el uno existe: es el Padre, la causa, el origen de todo.  Pero esto no se ha comprendido y se cree que el uno y el dos existen separadamente, es decir, que Dios y el Diablo son iguales, que tienen el mismo poder.  Es falso, el Diablo no existe separadamente para hacerle frente a Dios.  El Diablo es un aspecto de la unidad; está lejos, en alguna parte del todo, pero forma parte de él, permanece ligado a la unidad.  Mirad las alcantarillas: no están separadas de la ciudad...
    
Evidentemente el problema del mal no ha sido nunca presentado así.  Pero ya lo veis, existe un solo número: el uno.
      
Todos los demás son aspectos, divisiones múltiples del uno, que los contiene a todos.  Es imposible salirse de Dios, del uno.  Esta es la verdadera filosofía que ha sido siempre enseñada en los templos y en los misterios antiguos.  Sin embargo, a la mayoría de los  hombres se les ha dado pequeños juguetes para que se diviertan: se les permite creer lo que desean.
    
Solamente hay que conocer el uno, puesto que contiene a todos los demás números.  Es inútil ir a buscarlos a otra parte que no sea el uno; no están.  Todos aquellos que no se han fijado en el número uno, que representa a Dios mismo, han encontrado al Diablo que venía a atormentarles.  Todos aquellos que se ocupan del dos olvidan el uno.   En ciertas épocas del cristianismo, a fuerza de dibujar y de esculpir por todas partes al Diablo y los sufrimientos de los condenados al infierno, se olvidaba a Dios.  Naturalmente, ¿qué representaba ese pobre Buen Dios al lado de un Diablo tan poderoso?  ¡Ved qué extravío, que caída!  La mayor falta de la humanidad es la de haber querido salir del uno, pues si se piensa en el uno, todo lo que es negativo y hostil desaparece, y el Diablo con ello; no queda más que Dios.
     
Hay que estudiar también al ser humano desde el punto de vista de la unidad.  Aunque esté dividido en dos; alma y cuerpo, individualidad y personalidad, interior y exterior, alto y bajo, espíritu y materia, emisivo y receptivo, cóncavo y convexo, hombre y mujer, bien y mal, Cielo e Infierno, permanece uno.  Se le puede dividir también en tres: cabeza tronco y extremidades, o cabeza, pulmones y vientre, pero es siempre uno.  Los alquimistas los dividen en cuatro, los teósofos en siete y otros, aún, en nueve o en doce, pero es siempre uno.  ¿Quién tiene razón?  Todos tienen razón; aunque dividan al hombre en tantas partes como  quieran, será siempre el uno.
    
Trabajad pues sobre el uno ya que ni el dos, ni el tres existen.
Aunque lo dividáis hasta el infinito, con sus órganos, sus nervios, sus capilares, sus células y los átomos de sus células, no salís del hombre, es decir, de la unidad.  Cuando dividís el hombre le mutiláis, le mortificáis, le disgregáis, mientras que si le veis como una unidad, le conserváis la vida y el vigor.
    
El número uno es la armonía, la plenitud, la inmortalidad, mientras que los otros números aportan ya la disgregación. El dos es la guerra, el antagonismo, el bien y el mal, Ormuz y Ahrimán, el día y la noche.  El tres los reconcilia por algún momento, es el hijo que dice: ¡Papá, mamá, no disputéis!... y los abraza.  Entonces, por amor hacia el hijo, los dos hacen un poco las paces, pero están siempre discutiendo, incluso con el hijo. ¡Ya sabéis cómo suceden las cosas!...  Después hay una hija, el cuatro, y de nuevo es la guerra, porque la madre prefiere a su hijo y el padre a su hija.  Y las discusiones vuelven a empezar, no acaban nunca…
    
Sólo en el uno se encuentra la paz.  Por eso debéis aprender a estar por encima del bien y del mal.  El bien no basta puesto que hasta ahora no ha conseguido resolver el problema del mal, ya que está siempre peleándose contra el mal sin llegar nunca a triunfar.  Y el mal no llega tampoco a arrasar el bien.  Lo quema, lo persigue y lo destroza, pero el bien siempre renace, crece y se propaga por todas partes, ¡porque también él es tenaz!  No hay, pues, nada que hacer con el bien y el mal; hay que estar por encima.
     
Por otra parte, en los templos antiguos, los Iniciados no predican más que esta filosofía de la unidad.  Fue más tarde cuando apareció la dualidad: en la religión de los persas, por ejemplo, en el maniqueísmo, o en el cristianismo, que presenta al Diablo como un adversario de Dios. Dios no tiene adversarios, no los puede tener: todo se inclina ante Él, todo Le obedece porque Él es el Creador. 

Puede ser que nosotros tengamos adversarios porque somos ignorantes y transgredimos sin cesar las leyes, pero Dios no.
Por encima de la dualidad, de la polaridad, está el uno. No os he dicho jamás que no estudiaseis los demás números, no, hay que estudiarlos, pero sabiendo que no son más que aspectos, manifestaciones del uno, y que hay que volver siempre al uno. 
    
Todavía os resulta difícil comprenderme, pero algún día me comprenderéis.  Por el momento recordad solamente que los diferentes números no existen aisladamente más que en las clasificaciones, los análisis, los esquemas, pero que en realidad todo está comprendido en el uno.

OMRAAM



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