Todo lo que
os revelo a propósito del mal conmociona y revoluciona posiblemente vuestras
concepciones, pero dentro de algunos años el mundo entero aceptará esta
filosofía, la más verídica, la única que finalmente coloca las cosas
exactamente en su sitio. Se acercan
tiempos en los que no habrán ya más luchas ni desgarros en el hombre, no habrán
ya más contradicciones, existirá la unidad.
El bien y el mal caminaran juntos en la misma dirección, estarán al
servicio del Cielo. En tanto que el
hombre se oponga con el bien al mal, se dividirá contra sí mismo y se
desgarrará hasta aniquilarse completamente.
¿Qué puede hacer un ser que está siempre en lucha consigo mismo? Con esta vieja filosofía la paz no vendrá jamás.
La paz y la armonía vendrán solamente cuando
se haya logrado la unidad, cuando todo camina en la misma dirección.
Tomemos al ser humano; si se mira la parte superior de
su cuerpo: su boca, su nariz, sus ojos, su cerebro, uno se maravilla; pero si
se mira más abajo: el estómago, los intestinos, etc…, uno no se admira
tanto. Y, sin embargo, estas dos partes
son indispensables y trabajan juntas. La
prueba está en que el hombre camina siempre con lo de arriba y con lo de abajo
y que lleva a ambas a todas partes con él; ¡no deja una mitad en alguna parte
para tomar solamente la otra, aquella que encuentra más conveniente y más
estética! Entonces, ¿por qué las ha
separado en su pensamiento? Ambas partes
trabajan juntas para asumir la existencia y el desarrollo de todas sus
facultades, pero si se erigen la una contra la otra, es el hombre quien, en su
ignorancia, introduce en sí mismo el desorden y la división.
En realidad están unidas y trabajan juntas.
Si os
cuento hasta dónde he llegado en mis reflexiones, os asustaréis. Imaginad que pregunte a los teólogos, a los
religiosos…a todos esos puritanos: Bueno, decidme ahora cómo concebís el
paraíso, el Reino de Dios: cuando los seres llegan allá arriba. ¿Pensáis que han dejado una mitad de sí
mismos en otra parte, o que están completos? Todos esos órganos de los que sentís asco y repugnancia, ¿qué ha sido de
ellos? ¡Explicádmelo!
Dirán: No hemos pensado en ello.- Entonces, falta algo en vuestra concepción de
las cosas. ¿Cómo son, en lo alto, todos
estos hombres y estas mujeres? ¿Tienen todos sus órganos o acaso sólo han conservado el cerebro, la
cabeza, los ojos?… He aquí un tema
ciertamente embarazoso, ¿no es cierto?
Posiblemente vosotros tampoco habéis reflexionado en ello, y os
extraña. Diréis: Es verdad que el
Paraíso está ahí, pero, ¿cómo es? ¿dónde
está? … y, ¿cómo son los seres que lo habitan?
¡Os aseguro que
el paraíso tal y como los religiosos los conciben debe ser aburridísimo! ¡La prueba está en que se dan prisa por venir
a reencarnarse en la tierra!... No, comprendedme bien, bromeo así para
mostraros que muchas cosas no están ni muy claras ni son muy lógicas, y para
poneros en situación de tomar conciencia de ciertos problemas sobre los cuales
no había reflexionado. Este es mi papel.
Ahora os
preguntaréis: ¿Cómo se vivirá cuando
estemos arriba? Pues bien, precisamente
yo lo sé… Dios no ha creado al ser humano para partirlo en dos. Sería tan antiestético que los pintores y los
escultores se sentirían asqueados de verle así mutilado, hecho pedazos. ¿Y para divertir a quién?... Dios es el más grande esteta y Él no ha
creado al hombre de cualquier manera. No
se sabe ni siquiera cuánto tiempo le hizo falta para crearlo. Diréis: Pues sí, se sabe: en un día, el
sexto. ¡Es formidable, estáis bien
informados! Un día… ¿creéis que no ha
bastado más que un día para crear al hombre tal como es?, con todo lo que vemos
y con todos sus cuerpos sutiles, que no vemos.
Tratad de ver todo este esplendor y comprenderéis entonces por qué el
Señor no quiere limitar al hombre cortándole en dos para divertir a unos
ignorantes.
La dualidad
no es más que una expresión de la unidad.
El número uno es el primero y el único. Sólo existe el número uno, esto es lo que hay
que comprender. Y, ¿qué representan el
dos, el tres, el cuatro y así sucesivamente?... Divisiones del uno.
Arbitrariamente se divide el uno en dos, en tres, en cuatro, en cinco,
en seis… y cada división está representada como un nuevo número, mientras que
no es más que una apreciación diferente del uno, un fragmento del uno. Entonces, ¿qué es el dos? Es el uno
polarizado. Tomad un imán: está
polarizado pero no está dividido, es uno y permanece uno. En ninguna parte el dos está separado del
uno. Cualquier objeto… e incluso el
hombre, tiene dos extremidades, dos polos, pero es siempre uno. ¿Y el tres? Pues bien, se trata de los dos polos que han
permanecido atados, y que actúan el uno sobre el otro para producir un ser o un
objeto que es el tres; pero el tres tampoco está separado. Y el cuatro, y el cinco, son también nuevos
aspectos del número uno; individualmente no existen, sólo existe el uno.
Hasta ahora se ha creído que cada número tenía una
existencia propia, que había el uno, luego el dos, después el tres, es decir,
que todos los números están en el mismo plano que el uno. No, sólo el uno existe: es el Padre, la
causa, el origen de todo. Pero esto no
se ha comprendido y se cree que el uno y el dos existen separadamente, es
decir, que Dios y el Diablo son iguales, que tienen el mismo poder. Es falso, el Diablo no existe separadamente
para hacerle frente a Dios. El Diablo es
un aspecto de la unidad; está lejos, en alguna parte del todo, pero forma parte
de él, permanece ligado a la unidad.
Mirad las alcantarillas: no están separadas de la ciudad...
Evidentemente el problema del mal no ha sido nunca
presentado así. Pero ya lo veis, existe
un solo número: el uno.
Todos los
demás son aspectos, divisiones múltiples del uno, que los contiene a
todos. Es imposible salirse de Dios, del
uno. Esta es la verdadera filosofía que
ha sido siempre enseñada en los templos y en los misterios antiguos. Sin embargo, a la mayoría de los hombres se les ha dado pequeños juguetes para
que se diviertan: se les permite creer lo que desean.
Solamente hay que conocer el uno, puesto que contiene
a todos los demás números. Es inútil ir
a buscarlos a otra parte que no sea el uno; no están. Todos aquellos que no se han fijado en el
número uno, que representa a Dios mismo, han encontrado al Diablo que venía a
atormentarles. Todos aquellos que se ocupan
del dos olvidan el uno. En ciertas
épocas del cristianismo, a fuerza de dibujar y de esculpir por todas partes al
Diablo y los sufrimientos de los condenados al infierno, se olvidaba a
Dios. Naturalmente, ¿qué representaba
ese pobre Buen Dios al lado de un Diablo tan poderoso? ¡Ved qué extravío, que caída! La mayor falta de la humanidad es la de haber
querido salir del uno, pues si se piensa en el uno, todo lo que es negativo y
hostil desaparece, y el Diablo con ello; no queda más que Dios.
Hay que estudiar también al ser humano desde el punto
de vista de la unidad. Aunque esté
dividido en dos; alma y cuerpo, individualidad y personalidad, interior y
exterior, alto y bajo, espíritu y materia, emisivo y receptivo, cóncavo y
convexo, hombre y mujer, bien y mal, Cielo e Infierno, permanece uno. Se le puede dividir también en tres: cabeza
tronco y extremidades, o cabeza, pulmones y vientre, pero es siempre uno. Los alquimistas los dividen en cuatro, los
teósofos en siete y otros, aún, en nueve o en doce, pero es siempre uno. ¿Quién tiene razón? Todos tienen razón; aunque dividan al hombre
en tantas partes como quieran, será
siempre el uno.
Trabajad pues sobre el uno ya que ni el dos, ni el
tres existen.
Aunque lo
dividáis hasta el infinito, con sus órganos, sus nervios, sus capilares, sus
células y los átomos de sus células, no salís del hombre, es decir, de la
unidad. Cuando dividís el hombre le
mutiláis, le mortificáis, le disgregáis, mientras que si le veis como una
unidad, le conserváis la vida y el vigor.
El número uno es la armonía, la plenitud, la
inmortalidad, mientras que los otros números aportan ya la disgregación. El dos es la guerra, el antagonismo, el bien
y el mal, Ormuz y Ahrimán, el día y la noche.
El tres los reconcilia por algún momento, es el hijo que dice: ¡Papá,
mamá, no disputéis!... y los abraza.
Entonces, por amor hacia el hijo, los dos hacen un poco las paces, pero
están siempre discutiendo, incluso con el hijo. ¡Ya sabéis cómo suceden las cosas!...
Después hay una hija, el cuatro, y de nuevo es la guerra, porque la
madre prefiere a su hijo y el padre a su hija.
Y las discusiones vuelven a empezar, no acaban nunca…
Sólo en el uno se encuentra la paz. Por eso debéis aprender a estar por encima
del bien y del mal. El bien no basta
puesto que hasta ahora no ha conseguido resolver el problema del mal, ya que
está siempre peleándose contra el mal sin llegar nunca a triunfar. Y el mal no llega tampoco a arrasar el
bien. Lo quema, lo persigue y lo
destroza, pero el bien siempre renace, crece y se propaga por todas partes,
¡porque también él es tenaz! No hay,
pues, nada que hacer con el bien y el mal; hay que estar por encima.
Por otra
parte, en los templos antiguos, los Iniciados no predican más que esta
filosofía de la unidad. Fue más tarde
cuando apareció la dualidad: en la religión de los persas, por ejemplo, en el
maniqueísmo, o en el cristianismo, que presenta al Diablo como un adversario de
Dios. Dios no tiene adversarios, no los
puede tener: todo se inclina ante Él, todo Le obedece porque Él es el
Creador.
Puede ser
que nosotros tengamos adversarios porque somos ignorantes y transgredimos sin
cesar las leyes, pero Dios no.
Por encima
de la dualidad, de la polaridad, está el uno. No os he dicho jamás que no estudiaseis los demás números, no, hay que
estudiarlos, pero sabiendo que no son más que aspectos, manifestaciones del
uno, y que hay que volver siempre al uno.
Todavía os resulta difícil comprenderme, pero algún
día me comprenderéis. Por el momento
recordad solamente que los diferentes números no existen aisladamente más que
en las clasificaciones, los análisis, los esquemas, pero que en realidad todo
está comprendido en el uno.
OMRAAM

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