El organismo humano representa un microcosmos
construido exactamente a imagen del
universo, el macrocosmos. Lo cual significa que
entre el hombre y el universo existen analogías.
Toda la ciencia esotérica está basada en la ley de
analogía. El hombre es infinitamente pequeño y
el cosmos infinitamente grande, pero entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande
hay analogías : cada órgano de nuestro cuerpo
es afín con alguna región del cosmos. Evidentemente
no debemos imaginar que el cosmos
posee órganos como los nuestros, pero en esencia
nuestros órganos y los « órganos» del cosmos
tienen algo idéntico, y por la ley de afinidad,
podemos tocar en el espacio las fuerzas, los centros
y los mundos que corresponden a ciertos
elementos que hay en nosotros. Así el conocimiento
de esas correlaciones nos presenta perspectivas
sorprendentes.
Entre el hombre y el universo, entre el
microcosmos y el macrocosmos, existe una correspondencia absoluta, pero por su manera
de vivir el hombre ha destruido esta relación
ideal, perfecta, con el macrocosmos, con Dios.
Ahora toda la cuestión radica en poder restablecerla.
Y puede hacerlo, porque al salir de los
talleres del Creador, recibió todo lo necesario
para desarrollarse y volver a encontrar el camino
hacia su patria celeste en el caso de perderse.
Cuando un niño viene al mundo, no le falta
nada ; aunque tenga el corazón ligeramente a la
derecha o el estómago un poco más pequeño o
los riñones le funcionen mal, tiene al fin y al
cabo un corazón, un estómago, riñones, pulmones
: no le falta nada. Del mismo modo, cada
espíritu que baja a encarnarse en la tierra, posee
órganos e instrumentos correspondientes a todas
las virtudes y cualidades que hay arriba, en el
Cielo, y por eso todo es posible para él ; progresivamente,
si conoce y respeta las leyes, puede
alcanzar los más grandes logros.
¿ Cuáles son estas leyes ?
Suponed que tengáis
dos diapasones absolutamente idénticos : si
hacéis vibrar uno, observaréis que el otro también
vibra sin que ni siquiera lo hayáis tocado.
Decimos que hay resonancia. Todo el mundo
conoce este fenómeno, pero no intentamos profundizar
ni comprendemos que lo mismo ocurre
b exactamente entre el ser y el cosmos. Si el hombre
consigue afinar su estado físico y psíquico con las vibraciones del universo, podrá alcanzar
los poderes celestes e intercambiar energías con
ellos, recibiendo así ayuda y consuelo ; es una
manera de comunicarse. Habláis y os escuchan ; (¡
e incluso podéis atraer ciertas fuerzas hacia vosotros
y beneficiaros.
Entabláis intercambios con
todas las regiones del universo que deseáis,
sabiendo que precisamente a través de ese intercambio
Dios ha dispuesto las más grandes posibilidades
de perfeccionamiento para el hombre.
Preguntaréis : «Pero, ¿ cómo afinarse ? Hay
tantos detalles a tener en cuenta ! »
No os preocupéis,
eso llega por sí solo. Si cultiváis el amor,
la abnegación, la indulgencia y la generosidad,
todo vuestro ser empezará por sí mismo a afinarse,
porque trabajáis con fuerzas que automáticamente
lo armonizan todo en vosotros.
Cuando
un hombre ha destrozado su sistema nervioso,
¿ lo a hecho conscientemente, con lucidez, científicamente
? ¿ Sabía exactamente dónde y cómo
iba a ocurrir ? No, pero introduciendo en sí mismo
pensamientos y sentimientos extraños, terminó
por destrozarse. Para llegar a la locura no
es necesario conocer la situación exacta de todos
los centros nerviosos. Entonces, de la misma
manera, para conseguir afinar vuestro organismo,
debéis trabajar con pensamientos y sentimientos
superiores que harán vibrar armoniosamente
todos vuestros centros espirituales.
Algunos que hicieron todo lo posible e inimaginable
para que nada funcione correctamente
en ellos, se quejan de que la vida no tiene
sentido y de que Dios no existe ; y sin embargo,
no porque ellos sean unos estúpidos, enfermos e
infelices dejarán de existir en el mundo seres
inteligentes, sanos y felices. Su razonamiento es
defectuoso ; que mejoren pues su razonamiento,
y todo se arreglará para ellos. Supongamos que
estéis angustiados, tristes, que nada os vaya bien.
¿ Qué hacer?
Pues en vez de quedaros ahí llorando
o sin saber qué hacer, ¿ por qué no os acercáis
a los seres que puedan ayudaros ? Diréis :
« ¿ Dónde están ? ¿ Dónde encontrarlos ? » Pues
están aquÍ, cerca de vosotros ; podéis acercaros a
ellos y alcanzarlos mediante el pensamiento,
gracias a la ley acústica de resonancia, que yo
llamo a menudo la ley de simpatía o afinidad.
Desde el momento en que conozcáis esta ley, os
veréis obligados a superaros para hacer vibrar
las cuerdas más sensibles, más sutiles de vuestro
ser, sabiendo que hay fuerzas, entidades y regiones
que os responderán.
j Cuántas veces he hecho hincapié en esta ley
acústica de resonancia ! Decís : « te quiero ! . . . »
Estáis solo, y sin embargo, oís una multitud de
voces que os contestan : «Te quiero . . . te quiero.
. . te quiero . . . »
Y si decís : « te odio ! . . . » el
eco lo repetirá también. (Ya que es una realidad en el plano fisico,
¿ por qué no iba a serlo en el
plano del pensamiento
1)
Tomad una pelota y lanzadla contra un muro : si no os apartáis, volverá hacia vosotros.
Es una ley análoga a la del eco : la ley de acción
y reacción, tan conocida en el plano fisico como
desconocida en el psíquico, donde también existe.
Tanto si hacéis el bien como el mal, éste volverá
inevitablemente un día a vosotros.
Cada
sentimiento que tenéis es de una naturaleza
determinada, y despierta en el espacio fuerzas de
la misma naturaleza que se dirigen hacia vosotros
en virtud de la ley de afinidad. Gracias a
esta ley podemos tomar de las arcas del universo
todos los elementos que deseamos con la condición
de proyectar pensamientos y sentimientos
de la misma naturaleza. Vuestros pensamientos
y sentimientos determinan verdaderamente la
naturaleza de los elementos y fuerzas que aparecen
muy lejos, en algún lugar del espacio, y tarde
o temprano, vuelven hasta vosotros.
Esta ley de afinidad es para mí la gran clave,
el mayor arcano, la varita mágica. Sobre ella he
basado mi vida. Conociendo esta ley, trabajo en
un sentido determinado pensando en todo lo mejor y en lo más hermoso que existe, y aguardo
los resultados.
Muchas cosas ya han ocurrido y
otras sucederán más tarde. Trabajo solamente
con esta ley, porque abarca las demás. Gracias a ella puedo explicároslo todo : la estructura de las
humanos, su inteligencia y su estupidez, su bondad
y su maldad; sus dichas y sus desdichas, su
riqueza y su miseria, todo.
Observad lo que ocurre en el mar con los
peces.
El mar contiene una infinidad de elementos
químicos, y resulta que un determinado pez
que atrae unas determinadas partículas, se construye
un cuerpo magnífico, coloreado, fosforescente,
mientras que otro atrae otras partículas
que le proporcionan un cuerpo apagado y feo.
Evidentemente los peces no lo saben, pero cada
uno atrae los elementos del mar correspondientes
a su naturaleza. Y esto es lo que ocurre con
nosotros. Somos peces sumergidos en el océano
etérico, y como este océano contiene todos los
elementos difundidos por el Creador, nos convertimos
en uno u otro según los elementos que
hayamos atraído para formar nuestro cuerpo.
De esta manera todo se explica.
Tomemos, por
ejemplo, a alguien que sea feo, desdichado,
enfermizo : todo eso no le viene de esta encamación,
sino de encamaciones anteriores en las que
no estaba instruido ni iluminado, y en las que,
con su ignorancia, atrajo elementos malsanos de
los cuales ahora no sabe cómo deshacerse.
Vosotros que conocéis esta ley de afinidad,
que es la ley mágica más formidable, base de
toda la creación, debéis empezar inmediatamente a trabajar para atraer partículas de una naturaleza
tan luminosa, que todo empiece a restablecerse
en vosotros. Y cuando vuestro entorno
vea que sois más simpático, más radiante, más
inteligente e incluso más poderoso, todos empezarán
a consideraros de otro modo y vuestro destino
cambiará. Ya veis que en la vida todo está
ligado. Mientras que si sois ignorantes, si no
sabéis sobre qué leyes está basada la existencia,
si continuamente estáis destruyendo todo lo que
Dios os ha dado, evidentemente las fuerzas de la
naturaleza no pueden ayudaros durante mucho
tiempo : se ven obligadas a dejaros, y entonces
os embarga la tristeza y la amargura.
Desgraciadamente muchos hombres y mujeres
se encuentran en esta situación.
He conocido
a tantos ! No sabían ni siquiera cómo llegaron
a ese estado, y verdaderamente no pude explicárselo
puesto que todo era obscuro y caótico en
su cabeza : no encontraban ningún sentido a su
vida, ningún orden en el universo, nada. Habría
sido necesario volver a empezar de nuevo, instruirles
durante años . . . y sobre todo habría sido
necesaria la voluntad de escuchar. Pero no la
tenían, y no podía enseñarles en cinco minutos
el encadenamiento de los hechos, dónde y cuándo
empezaron a perderse y cómo poco a poco
habían llegado a una situación tan deplorable.
Desgraciadamente, la mayoría de la gente no quiere reconocer este encadenamiento de causas
y efectos ; aunque lo demostremos mediante
argumentos y pruebas casi tangibles, no lo ven.
Para mí la palabra « afinidad» es una de las
más significativas, es una palabra mágica ! Porque
esta ley de afinidad nos permite atraer del
océano cósmico los mejores elementos, los más
radiantes, los más sutiles para construir nuestro
cuerpo glorioso, el cuerpo de la inmortalidad, el
cuerpo de luz que está en cada uno de nosotros.
. . En otras conferencias ya os hablé del
cuerpo glorioso* y os dije cómo lo construimos,
cómo lo formamos. Incluso se le menciona en
los Evangelios, pero no encontramos información
al respecto. Todos poseemos potencialmente
un cuerpo glorioso, pero debemos formarlo
suministrándole los materiales como hace la
madre con el hijo que lleva dentro de sí.
¿ Cómo forma la madre a su hijo ? . . Comiendo,
respirando, bebiendo, pensando y viviendo
le da materiales, y así el hijo se desarrolla progresivamente.
Ella es quien le forma, y no puede
hacer otra cosa ; ella no puede crearle. Nosotros
tampoco podemos crear al Cristo en nosotros :
es necesario, en principio, que nuestra alma sea fertilizada para concebir al Cristo, y después, al
igual que la madre, podemos formarle con todo lo que emanamos de nosotros mismos.
Cuando alguna vez entramos en estados de
conciencia muy elevados, cuando deseamos ayudar
al mundo entero, trabajar para el Señor,
hacer un sacrificio o hacer algo grande y noble,
en ese momento las partículas que emanan de
nosotros van a añadirse a nuestro cuerpo glorioso.
Así es como podemos hacerlo crecer, solamente puede formarse con lo mejor de nosotros mismos.
Y si lo alimentamos durante mucho
tiempo con nuestra carne, nuestra sangre, nuestro
fluido, nuestra vida, un día empieza a brillar,
a irradiar y se hace muy fuerte, muy poderoso,
invulnerable e inmortal, porque está formado
por materiales que no se oxidan, que son eternos,
y hace maravillas, primero en nosotros y
después fuera de nosotros. Entonces, a través de
ese cuerpo glorioso, del cuerpo de luz, el Cristo
puede hacer milagros.
Antes de haber formado ese cuerpo en sí mismo,
el hombre es obscuro, débil, vulnerable y
enfermizo ; sin embargo, cada uno lleva en sí el
germen de Cristo que puede desarrollar. Y así es
como volvemos a la ley de afinidad.
El discípulo
debe entonces superarse para atraer las partículas
más puras, más luminosas del océano etérico,
y soldarlas a su cuerpo glorioso. Puede obtenerlas desde hoy mismo, al principio en pequeña
cantidad y luego cada vez más, día a día.
Ciertamente eso es lo que hacemos cada mañana
aquí acercándonos al sol : nos alejamos de la tierra
y nos' acercamos al Cielo, al sol, para tomar
algunas partículas luminosas y añardirlas a
nuestro cuerpo glorioso . . . Esta es una parte del
verdadero conocimiento.
Durante años he trabajado para llegar a comprender
la estructura de este edificio que es el
universo. Sí, durante años. .. Era lo único que
me interesaba, y me desdoblé día y noche para
tener una visión nítida de este armazón, de estas
uniones que existen entre todos los elementos
del universo. Sabía que todo lo demás no tenía
importancia.
Lo esencial es ver la estructura ;
por eso mientras los humanos sigan contentándose
con estudiar todo lo que está repartido y
disperso en el plano fisico, en el mundo de los
hechos, no sacarán más que conclusiones erróneas.
Solamente elevándose hasta el mundo de
las leyes y aún más arriba, hasta el mundo de los
principios para contemplar esta estructura,
podrán tener la visión clara de conjunto que yo
obtuve. Necesité años, pero hoy la tengo y por
eso ahora puedo instruiros, iluminaros, aconsejaros
; porque siempre es a ese modelo de perfección
al que me refiero.
Nadie, o casi nadie, reconoce el valor de esta
filosofía. Pero no será siempre así. Existen fuerzas
superiores a los hombres que les obligarán
un día a apreciar esta Enseñanza en su justa
medida.
Tengo una confianza absoluta, por eso
no me preocupo, vivo con la convicción de que
tarde o temprano cada cosa volverá a su sitio.
De momento, en la tierra todo está invertido
: lo valioso es rechazado y lo que no tiene
ningún valor ocupa el lugar principal. Fijaos
como al oro, a las joyas, a las casas y a los
coches se les da un valor formidable. ¿ Y a las
ideas divinas ? . . ninguno ! , lo cual es todo lo
contrario a lo que vi en ese edificio cósmico.
Arriba, en el lugar de honor, hay una idea, una
verdad. Esto es lo que se considera en lo alto,
una idea ; mientras que el resto viene después.
Los humanos han invertido todos los valores
y por consiguiente todo está trastocado. Vemos
los hombres más viciosos y más diabólicos
rodeados de riquezas y suntuosidad, mientras
que los que tienen las más grandes cualidades no
poseen nada de lo que correspondería a esas
cualidades.
Pero al no ser codiciosos no hacen
nada para apoderarse de las riquezas que no tienen,
y apenas poseen nada en el plano físico ;
externamente nada corresponde al esplendor
que hay en ellos.
Pero eso no será eternamente
así, ya que existe esta ley de analogía según la cual toda la belleza interna deberá manifestarse
externamente también, y a la fealdad interna
corresponderá la fealdad externa. Es así como lo
ha decidido la inteligencia de la naturaleza.
En un pasado lejano, cuando se respetaba el
verdadero orden de cosas, todos los que eran
pobres interiormente también lo eran exteriormente,
y los que eran ricos interiormente lo eran
también exteriormente. Como el Señor, que al
poseer todas las cualidades y virtudes, posee
también toda la riqueza del universo. Sólo aquí,
entre los humanos, este orden no existe. Pero
como la ley es absoluta (como es abajo es arriba),
un día habrá un nuevo orden en el que cada
uno encontrará su lugar : los que sean ricos en
inteligencia, nobleza y bondad, poseerán todas
las riquezas exteriores correspondientes, y los
que no tengan esas cualidades, se encontrarán en
la miseria.
Evidentemente no serán los humanos
quienes restablecerán este orden, puesto que no
saben quién lo merece y quién no ; será obra de
la inteligencia cósmica, ya que la ley de analogía
es una ley inamovible en el universo.
Hoy os doy una clave : si producís mediante
vuestros pensamientos y sentimientos vibraciones
y emanaciones elevadas que vayan a la búsqueda
de sus elementos afines entre los millones de elementos que se encuentran allá arriba, en el
espacio, podréis volver a ser los dueños de vuestro
destino.
* Ver «El cuerpo de la resurrección», tomo IX de las Obras
completas.
Omraam Mikhael Aivanhov

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