El sol, centro del universo
Todo lo que existe en la tierra
está contenido en estado etérico en el sol
El sol, centro del universo
Todo lo que existe en la tierra
está contenido en estado etérico en el sol
Sin duda lo habéis observado, mis queridos hermanos y hermanas: cuando el sol
aparece, la naturaleza está silenciosa, atenta; se recoge como si quisiera recibir algo del
sol. Durante unos minutos, la tierra, los animales, los insectos, los árboles, todo se
serena y se calla, incluso los pájaros... Los pájaros se despiertan antes de la salida del
sol, están contentos, vuelan, cantan, pero, cuando el sol empieza a salir, se paran un
momento... Sólo los hombres siguen haciendo ruido; son los únicos que no han
comprendido nada.
Toda la naturaleza se calla, pero ellos siguen dando golpes,
hablando, gritando, como si este acontecimiento que afecta al universo entero no tuviese
ninguna importancia. Ahí es donde se ve qué irrespetuosos e ignorantes son, porque no
saben aprovechar todos los beneficios que aporta esta presencia del sol...
Y vosotros, que venís cada mañana a la salida del sol a la Roca*, ¿por qué venís?
Algunos, para hacer como los demás; otros, para admirar un bello espectáculo... ¿Pero
cuántos vienen para hacer un trabajo grandioso y comprender, por fin, lo que es el sol?
Muy pocos. Por eso, me gustaría hablaros del significado y de la importancia del sol, de
las posibilidades y de las riquezas que nos da, para que tengáis nociones claras que os
ayudarán a hacer un gran trabajo espiritual.
* En el Bonfin, toda la Fraternidad se reúne en un promontorio rocoso para meditar viendo la salida del
sol (Nota de los editores).
Actualmente, se habla mucho del yoga. Ya os hablé algo sobre él, al presentaros
las diferentes clases de yoga que existen y que proceden, sobre todo, de la India y del
Tibet, pero también de China, Japón, Egipto, Persia... Porque todas las religiones tienen
su yoga, incluso el cristianismo. Sí, los cristianos han practicado siempre la adoración,
la oración, la contemplación, la abnegación, el amor para con el Creador, éste es el
aspecto predominante de la religión cristiana, y, en la India, a esto se le llama Bhaktiyoga,
el yoga de la devoción, de la adoración, del amor espiritual. Sólo que este yoga
conviene a ciertos temperamentos, mientras que otros tienen unas cualidades y unos
dones diferentes y hay que darles, por tanto, otras posibilidades. Numerosos son los
caminos que llevan al Señor.
Los cristianos se han limitado a una sola vía, que es, por
otra parte, maravillosa, no hay que criticarla; pero los hindúes, en cambio, son más
ricos, han dado muchos otros métodos.
Para aquéllos que están más bien hechos para el estudio, la reflexión filosófica,
el trabajo del pensamiento, han dado el Jnani-yoga, el yoga del conocimiento, para que
puedan unirse al Señor por la vía de la inteligencia.
Hay otros que no tienen esta inclinación por la ciencia y la filosofía, ni ninguna gana de
arrodillarse, de contemplar y de adorar: tienen una voluntad poderosa, energías que
gastar, una gran abnegación. Quieren servir a los demás, quieren trabajar.
El Karma-yoga
está hecho para ellos, es decir, el yoga de las obras, de las realizaciones, de los
deberes que hay que cumplir sin esperar pago ni recompensa. El Karma-yoga es el yoga
de la acción gratuita y desinteresada.
Para aquéllos que quieren dominarse, controlar sus instintos, sus impulsos y sus
tendencias inferiores, existe el Radja-yoga: gracias a la concentración y al autodominio, también ellos llegan a alcanzar al Eterno, a fundirse con El, y se convierten en “reyes”
(radja significa rey) de su propio reino.
El Kriya-yoga es el yoga de la luz: pensar en la luz, conocerla, comprenderla,
rodearse de colores, introducirlos dentro de uno mismo y proyectarlos a su alrededor.
Este es un trabajo magnífico, es el yoga de Babadji.
El Hatha-yoga es para aquéllos a los que les gusta hacer ejercicios físicos,
realizar toda clase de posturas, de âsanas como se les denomina: doblarse, retorcerse,
hacerse un ovillo, estirarse, ponerse boca abajo, levantarse, hacer pasar las piernas por
detrás de la cabeza, etc... Estos ejercicios, que están basados en el conocimiento preciso
de los centros que ponemos en funcionamiento al tomar tal o cual postura, exigen
mucha voluntad y perseverancia.
El Hatha-yoga es el más propagado en occidente, pero
los pobres occidentales no tienen el temperamento y la constitución de los orientales, ni
las condiciones de calma y de silencio para practicarlo, y muchos acaban
desequilibrándose físicamente y psíquicamente. ¡Cuántos me han confesado que habían
abandonado el Hatha-yoga porque sentían que se estaban desequilibrando! Hay que ser
muy prudentes. Yo nunca he aconsejado a los occidentales que practiquen este yoga.
El Agni-yoga es el yoga del fuego: pensar en el fuego, trabajar con el fuego,
despertar el fuego en uno mismo. Puesto que el fuego es el origen de toda la creación, el
Agni-yoga es también un camino que conduce hacia el Creador.
El Chabda-yoga, el yoga del Verbo, consiste en pronunciar ciertas fórmulas -o
mantras- en tal momento, tantas veces, con tal o cual intensidad... El Verbo es un poder,
y aquél que sabe cómo actuar con este poder obtiene grandes resultados.
Me gustaría hablaros ahora de un yoga que supera a todos los demás: es el yoga
del sol. Ya era conocido en el pasado: los griegos, los egipcios lo practicaban, así como
los persas, los aztecas, los mayas, los tibetanos... Ahora ha sido abandonado, sobre todo en occidente.
Puesto que en sánscrito sol se dice “surya”, le damos a este yoga el
nombre de “Surya-yoga”.
Este es mi yoga preferido, porque reúne y resume por sí solo
a todos los demás yogas.
Sí, ¿por qué no juntar todos los yogas en uno sólo?
El discípulo de la Fraternidad Blanca Universal no puede seguir siendo un ser
estrecho, limitado, porque representa al hombre de la nueva vida que debe desarrollarse
en todos los terrenos.
Debe actuar con un desinterés absoluto, y esto es hacer Karmayoga.
Debe buscar a Dios, amarle, adorarle, y esto es hacer Bhakti-yoga. Debe meditar,
concentrarse, para llegar a dominarse, a gobernar todo el pueblo de sus células, y esto es
hacer Radja-yoga. Cuando está sentado en meditación en la Roca, o cuando ejecuta los
movimientos de nuestra gimnasia por la mañana, o los de la Paneurritmia, hace, si
queréis, ¡Hatha-yoga!... Proyecta luz y colores, se rodea con un aura luminosa: hace
Kriya-yoga.
Se concentra en el fuego, y éste le da la posibilidad de quemar todas las
impurezas que hay en él: hace Agni-yoga. Procura, sin cesar, ser dueño de su palabra,
no pronunciar palabras que separen a los seres, que introduzcan en ellos la duda o el
desánimo, y se esfuerza, al contrario, en ser un conductor de la nueva vida, lo que es
hacer Chabda-yoga.
Finalmente, se concentra en el sol, lo ama y lo busca, lo considera
como una puerta que comunica con el Cielo, como la manifestación de Cristo, el
representante de Dios: y esto es hacer Surya-yoga. El discípulo que lo practica no
rechaza ninguno de los otros yogas, al contrario, es un ser completo, vive en la plenitud.
Os muestro el ideal nuevo, el nuevo modelo de la humanidad que se crea en la
Fraternidad Blanca Universal: el de unos seres cuyo ideal es desarrollar todas las
cualidades y virtudes. Porque, en el Surya-yoga están comprendidos la adoración, la
sabiduría, el poder, y también la pureza, la actividad, la abnegación, la luz, así como el
fuego sagrado del amor divino.
Por eso voy a ocuparme los próximos días de presentaros este yoga del sol, para que sepáis lo que es y qué beneficios recibís viniendo
cada mañana a ver la salida del sol.
Con los otros yogas sólo desarrolláis una parte de vosotros mismos, mientras
que, con el Surya-yoga, ponéis en actividad todos los centros que hay en vosotros,
porque os conectáis con el poder que dirige y anima a todos los planetas de nuestro
universo, el sol, y, así, obtenéis obligatoriamente resultados. Por eso puedo deciros que
todos estos yogas, que eran considerados en el pasado como magníficos, y que siguen
siendo magníficos, cederán el sitio al Surya-yoga que los supera a todos, porque, a
través del sol, trabajamos con Dios mismo.
Algunos, que lo han experimentado, han
tenido resultados, y no podéis imaginaros todo lo que han ganado, ¡en qué luz, en qué
claridad, en qué maravilla viven! Hasta os diré que lo que nadie ha podido enseñarme
me lo ha revelado el sol, porque ningún libro puede daros lo que el sol os dará si
aprendéis a entrar en relación con él.
Esto es muy fácil de comprender, y os daré un ejemplo muy sencillo. Imaginaos
que leéis un libro, el mejor: la Biblia, o los Vedas, o el Zend-Avesta, pero es invierno,
no tenéis calefacción, y cogéis frío y tenéis que acostaros. Sí, ¡el mejor libro no puede
calentaros! Y si os habéis vuelto anémicos, porque habéis leído o trabajado demasiado,
tampoco el libro puede volver a daros vitalidad.
Mientras que el sol, en cambio, os da
calor, luz y vida: es, pues, el mejor de los libros.
Nadie se da cuenta aún de la importancia del sol. La ciencia se ocupa de él,
claro, pero para utilizarlo, para embotellarlo, para venderlo. Sólo ven siempre el aspecto
material, financiero. Del aspecto espiritual están lejos, ¡tan lejos!... Incluso los
religiosos, y sobre todo los religiosos. Y es justamente este aspecto espiritual el que
quiero mostraros: lo que representa el sol, sus rayos... cómo desarrollarse
9
espiritualmente gracias al conocimiento del sol, a la práctica del sol, sabiendo cómo
mirarlo, cómo contemplarlo, e incluso cómo penetrar en él...
El sol es el origen y el padre de todas las cosas, es la Causa primera; la Tierra y
los demás planetas han salido de él, él es quien los ha engendrado. Por eso la Tierra
contiene los mismos elementos que el sol, pero en estado sólido, condensado. Los
minerales, los metales, las piedras preciosas, las plantas, los gases, los cuerpos sutiles o
densos que se encuentran en el suelo, en el agua, en el aire y en el plano etérico, han
salido del sol. Así pues, los productos farmacéuticos, que han sido fabricados a partir de
sustancias minerales o vegetales, vienen del sol... Sí, todos los medicamentos, todas las
quintaesencias que los químicos han logrado extraer y preparar, vienen del sol. Veréis
en un momento qué camino se abre ahora para el discípulo, cómo, concentrándose en el
sol, puede apropiarse, captar en su pureza original los elementos necesarios para su
equilibrio y su salud.
Actualmente, los hombres se atiborran de medicamentos, se tragan farmacias
enteras con la esperanza de curarse. Nunca piensan en ir a buscar más arriba, en las
regiones sutiles, otros elementos mejores; se contentan con tomar en el plano físico las
sustancias que necesitan. ¿Y de dónde vienen estas sustancias? Del sol. ¿No es
preferible, entonces, ir a buscarlas directamente, arriba, a la fuente?
Para comprender esta idea, debemos saber que el universo en el que vivimos se
ha formado por condensaciones sucesivas. Al principio había fuego. El fuego, poco a
poco, emanó de sí mismo una sustancia más densa, el aire, que, a su vez, emanó el agua.
Y el aire quiere volver hacia su padre, el fuego, pero el fuego le dice: “No, no, estoy
harto de ti, vete, ¡eres muy feliz allí abajo!” Y el aire se pone a llorar, a llorar, ¡y ahí
está la lluvia! Diréis: “¡Vaya explicaciones!” Sí, son explicaciones... ¡ “de la casa” !... El agua, a su vez, se desembarazó de los elementos más densos, y se formó la tierra.
Además, ahora se tienen pruebas científicas de que la vida en la tierra salió del agua.
Cada elemento es una condensación de otro elemento más sutil: el aire del fuego, el
agua del aire, la tierra del agua. Pero, más allá del fuego que nosotros conocemos, existe
otro fuego, la luz del sol, que es el origen de todas las cosas y en la que podemos
encontrar en estado sutil, etérico, todo lo que existe en la tierra.
Diréis: “Pero, ¿qué sucedió para que todos estos elementos se condensasen?”
Bastó con que se saliesen del centro.
El centro, es el sol. Cuando los elementos
contenidos en el sol se alejaron hacia la periferia, se condensaron, se volvieron opacos,
pesados... Y lo mismo sucede con nosotros, mis queridos hermanos y hermanas: al
alejarnos del centro, del seno de Dios, nos volvimos apagados y pesados. Para volver a
encontrar nuestra pureza y nuestra luz, debemos volver hacia el centro.
Vais a ver cómo todas las religiones coinciden en esta búsqueda del centro, o, si
lo preferís, simbólicamente, del sol. Cuando el hombre decide volver hacia el centro, se
producen cambios en todo su ser... Os he hablado a menudo de este artefacto que vi,
hace años, en Luna Park. Era una plataforma redonda, giratoria, a la que se subían los
jóvenes... La máquina se ponía en marcha, el movimiento se aceleraba cada vez más, y,
pronto, los que se encontraban en la periferia eran atrapados por el torbellino de las
fuerzas centrífugas que les desequilibraban y les proyectaban por todos lados hacia el
exterior, mientras que los que permanecían en el centro, se quedaban en su sitio, de pie,
inmóviles, sonrientes.
Gracias a esta imagen, os mostré que, cuanto más os alejáis del
centro, tanto más os veis sometidos a una fuerza desordenada, caótica, y, poco a poco,
perdéis vuestro equilibrio y vuestra paz. Pero, cuando os acercáis al centro, al contrario,
el movimiento cambia, y os sentís en la calma, el gozo, la dilatación.*
* Ver la conferencia: “El círculo (el centro y la periferia)” (tomo VIII).
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A partir de este tipo de observaciones los Iniciados descubrieron unos estados de
conciencia extraordinarios que les permitieron establecer una ciencia, una filosofía,
unos métodos. Sus investigaciones, sus descubrimientos han llegado hasta nosotros, y
ahora os los transmito para vuestra utilidad y vuestro perfeccionamiento. Pero, debéis
comprenderme: yo tengo el privilegio de disponer de un lenguaje muy claro, muy
sencillo, casi infantil, mientras que todo lo que encontréis en las obras de los religiosos
y de los filósofos ¡es tan abstracto y oscuro! Pero ¿por qué no simplificar la expresión
de las grandes verdades?... Esta es una cualidad que Dios me ha dado: la de saber
presentar las cosas clara y sencillamente.
Al venir cada mañana con el deseo de contemplar al sol, de extraer fuerzas de él,
de penetrar en él, pero también de encontrarlo dentro de nosotros mismos, abandonamos
la periferia para volver hacia la fuente, en la paz, la luz, la libertad, en unión con Dios.
El sol es el centro de nuestro sistema solar y todos los planetas gravitan a su alrededor
en un movimiento armonioso. Este movimiento armonioso de los planetas alrededor del
sol es el que debemos imprimir a nuestras células. Pero, para ello, tenemos que
encontrar el centro en nosotros, el sol, el espíritu, Dios. Entonces, todas las partículas de
nuestro ser entran en el ritmo de la vida universal y las sensaciones y estados de
conciencia que experimentamos son tan maravillosos que no hay palabras para
expresarlos. Hoy os presento el aspecto filosófico de esta cuestión del centro; después
veremos el aspecto práctico, mágico. Todavía no lo conocéis, y nada es más importante.
“Pero, diréis, ¿es absolutamente necesario ir a ver la salida del sol? ¿No es lo
mismo rezar en casa?” En vuestra habitación podéis, desde luego, rezar, conectaros con
Dios, encontrar el centro; podéis tener los mismos resultados, los mismos éxtasis, por
supuesto. Pero, si al mismo tiempo que rezáis, respiráis el aire puro, si os exponéis a los rayos del sol, realizáis esta unión con Dios, no sólo intelectualmente, con el
pensamiento, sino también físicamente, con el aire, con la luz, y entonces vuestra
oración es más completa.
Aquí, en la salida del sol, sois ayudados por unos factores
muy poderosos: el aire puro, la paz, todo este espacio, este calor, esta luz... ¡Es la
plenitud! ¿Veis?, queridos hermanos y hermanas, si sabemos situar correctamente las
cosas y apreciar su valor, nos acercamos más rápidamente, más eficazmente, más
maravillosamente a esta fuente de la vida que todos necesitamos.
Todos los seres sin excepción tienen necesidad de volver hacia la fuente. Lo
comprenden de diferentes maneras, pero, en realidad, todos buscan al Señor: los que no
hacen más que comer y beber, los que buscan a las mujeres sin saciarse nunca, los que
desean la riqueza, el poder o la ciencia... todos buscan a Dios.
Mi interpretación
ofuscará quizá a los religiosos, porque son a menudo estrechos de miras y están llenos
de prejuicios, y dirán. “¡Es imposible que los hombres busquen a Dios por estos
caminos tortuosos!” Sí, no existe ninguna criatura que no busque a Dios. Sólo que cada
una comprende y busca a Dios a su manera. Sería preferible, claro, que supiesen dónde
está y cómo encontrarle en perfección, pero Dios está un poco en el alimento, un poco
en el dinero, y también en el amor de los hombres y de las mujeres... Sí, estas
sensaciones de plenitud, de dilatación, de maravilla es Él quien las procura. Y desear la
autoridad, el poder, es también querer poseer un atributo de Dios. Querer ser bellos, y
arruinarse incluso en los institutos de belleza en operaciones de cirugía estética, o de no
sé qué, también es tratar de tener una cualidad de Dios: la belleza. Y hasta los glotones,
que se pasan todo el día en comilonas, si no fuese porque así degustan un poco al Señor,
no sentirían este placer del paladar o de las entrañas.
No existe nada bueno, hermoso o
deleitable que no encierre por lo menos algunas partículas de la Divinidad. Sólo que,
para encontrar verdaderamente al Señor, nosotros no preconizamos todos estos caminos tan costosos, groseros y deplorables. Mostramos el mejor camino, el que nos lleva a Él
directamente.
Lo primero que hay que hacer, es ser conscientes de la importancia del centro y
comprender cómo la búsqueda de este centro provoca grandes cambios en nosotros,
incluso sin que nos demos cuenta.
Cuanto más nos acercamos al sol con todo nuestro
espíritu, con toda nuestra alma, con todo nuestro pensamiento, con todo nuestro
corazón, con toda nuestra voluntad, más nos acercamos al centro, que es Dios, porque,
en el plano físico, el sol es el símbolo de la Divinidad, su representación tangible,
visible. Y todos estos nombres abstractos y alejados de nosotros que se le dan al Señor:
Fuente de vida, Creador del cielo y de la tierra, Causa primera, Dios Todopoderoso,
Alma universal, Inteligencia cósmica... pueden resumirse en la imagen del sol, tan
concreta y próxima a nosotros. Sí, podéis considerar al sol como el resumen, la síntesis
de todas estas ideas sublimes y abstractas que nos sobrepasan.
En el plano físico, en la
materia, el sol es la puerta, la conexión, el médium gracias al cual podemos unirnos al
Señor.
Tomad lo que hoy acabo de deciros, consideradlo, meditadlo... Y, sobre todo, no
digáis: “¡Ya lo sé, ya lo he oído, ya lo he leído!” Aunque sea verdad, haced como si no
lo fuese, porque, si no, no evolucionaréis jamás. Esta es la actitud del mundo entero:
para mostrarse superiores, todos se amparan y refugian detrás de esta reacción.
Cualquier cosa que se les diga, ya lo saben siempre, ya lo han oído, ya lo han leído.
¿Por qué, entonces, no han realizado nada? ¿Por qué siguen siendo débiles, enfermizos,
limitados? Si tuviesen el verdadero saber, saldrían de sus dificultades, vencerían los
obstáculos. ¡El verdadero conocimiento hace triunfar en todo! Pero no han hecho nada,
ni siquiera han vencido ciertas pequeñas debilidades, chapotean siempre, ¿cómo
queréis, entonces, que crea en su superioridad?...
Debéis cambiar de actitud, dejar de interpretar estos papeles. Vuestro orgullo oscurece tanto vuestra inteligencia que os
impide evolucionar. Así que, expulsad este orgullo, sed más humildes, haced como si
acabaseis de oír lo que os digo por primera vez, y decid: “¡Qué interesante!, ¡qué
descubrimiento!, ¡qué revelación!”, y veréis, entonces, qué progresos haréis. Sí, yo sé
qué es lo que os impide evolucionar.
Tomad lo que hoy os he dicho como una verdad muy importante; anotadla,
meditadla, y no la olvidéis jamás, porque cuanto más avancéis en este nuevo yoga,
desconocido o despreciado, más descubriréis su eficacia: os dará las posibilidades de
aclarar numerosas cuestiones, y de actuar después en consecuencia.
Empezad, pues, por
aprender que, al mirar el centro del sistema solar, restablecéis dentro de vosotros
mismos un sistema idéntico con su propio sol en el centro: vuestro espíritu, que vuelve,
que se instala y toma el mando. De momento, dentro de vosotros hay desorden y caos,
no hay centro, no hay gobierno, no hay cabeza: todos vuestros inquilinos comen, beben,
gritan, saquean; los pensamientos, los sentimientos, los deseos se pasean todos en
desorden. ¿Cómo queréis resolver vuestros problemas con esta anarquía?
¡No lo
conseguiréis! Debéis ser primero, interiormente, como un sistema solar, poseer
interiormente el sol, para que todo gravite alrededor de un centro, pero de un centro
luminoso, caluroso, y no aceptar más un centro que sea apagado, débil, sucio, estúpido...
¡Vamos, limpieza!
A todos aquéllos que habíais tomado como guías, ignorantes o
sabios, gentes de vuestro entorno o personajes históricos, debéis verificarlos uno tras
otro diciendo: “¿Acaso eres tan luminoso como el sol? ¿No? Entonces, ¡fuera, vete!...
¿Y tú, eres tan caluroso como el sol? ¿No? ¡vamos, fuera!” Después de este barrido, de
esta purificación, instaláis al sol. Y, cuando el sol se presente, cuando vuelva a tomar su
lugar central, cuando esté presente en vosotros, real, vivo, veréis de lo que es capaz. A su llegada, todos los habitantes que hay en vosotros sentirán a su jefe, a su amo, a su
señor.
A menudo os he dado el ejemplo de los niños en una clase: riñen, se pelean...
pero en cuanto llega el maestro, todos los niños vuelven a su sitio con un aire inocente y
cándido, y le escuchan en un silencio formidable.
Tomemos también el ejemplo de los
cantantes de una coral o de los soldados de un cuartel: mientras que falta la cabeza, el
director de la coral o el capitán, cada uno hace lo que quiere, pero, cuando la cabeza
llega, todos se ponen en su sitio y empieza el trabajo... De momento, en el hombre, el
corazón ha bajado al lugar del vientre y el vientre se ha puesto en el sitio de la cabeza...
y el cerebro se ha caído a los pies. Esto es lo que yo veo: las piernas arriba, la cabeza
abajo, ¡todo al revés!
Tomemos otro ejemplo: una familia que está discutiendo... De repente, un amigo
al que todos estiman y respetan viene a hacerles una visita; entonces, veis cómo se
esfuerzan los pobres por olvidar sus rencillas y adoptar unos formas y unas actitudes
decorosas: “Pero siéntese. ¡Qué felices estamos de verle! ¿Qué tal está?”... y hasta se
miran amablemente para que el amigo no se dé cuenta de que se encontraban en plena
tragedia. Pues bien, ¿por qué no utilizar la misma ley, e introducir dentro de nosotros
mismos la “cabeza” más luminosa, la más calurosa, la más vivificante: el sol? Entonces,
instintivamente, mágicamente, todos encontrarán su sitio, porque tendrán vergüenza de
mostrarse groseros ante este amigo o este superior...
Cuando estallan dentro de vosotros
discusiones, tumultos, revoluciones, si os ponéis a rezar con mucho ardor, de un solo
golpe todo se serena, y volvéis a encontrar la calma y el gozo: es porque ha venido
dentro de vosotros un amigo, y, gracias a él, todos los habitantes se han callado.
¿Cuántas veces lo habéis verificado, verdad? Y si le rezáis a este amigo con más
asiduidad y fervor todavía para que no se vaya, para que se quede y habite en vosotros para siempre, para que se instale en el centro de vuestro ser y ya no se mueva más,
entonces, la paz y la luz reinarán eternamente en vosotros.
Los hombres viven como si se encontrasen en una caverna iluminada solamente
por una velita: ven justo lo suficiente para salir del paso, y ni siquiera saben dónde
están. Pero, cuando el sol llega con su luz, de repente se dan cuenta de que estaban
rodeados de tesoros, de riquezas, de esplendores, pero, como no los veían, nunca habían
tratado de acercarse a ellos. Es como aquél que está sumergido en el agua hasta el cuello
y que grita: “¡Tengo sed! ¡Tengo sed!”... Toda su vida grita “tengo sed”; tiene agua y no
es consciente de ello.
Cuando el sol penetre en vuestra alma, en vuestro espíritu, podréis
ver todas las riquezas que poseéis.
La presencia del sol os aporta la luz, pero también el calor. Toda la vida, los hombres
tiritan, tiritan: “Tengo frío, nadie me ama, necesito amistad, afecto”, y todos buscan un
poco de calor en las mujeres o en los hombres. Qué queréis, ¡para calentarse se arriman
unos a otros! Pero el verdadero calor no se encuentra en esta clase de acercamientos,
porque, en cuanto cesan un poquito, de nuevo vuelve el frío y tiritan como antes.
No, mis queridos hermanos y hermanas, las cosas no son así. Para poseer el
verdadero calor, ¡debemos introducir el sol dentro de nosotros! Hará tanto calor que
sudaréis y hasta os veréis obligados a desnudaros enteramente. Evidentemente, esto es
algo simbólico, significa que conoceréis la verdad. Sabéis bien que se dice: “Ver la
verdad desnuda”. Actualmente, los hombres son como los esquimales, están tan
congelados que se arropan con espesos abrigos de pieles de donde les sale apenas la
nariz. ¿Cómo queréis que se conozcan, que vean su belleza y se manifiesten su amor?
Hace demasiado frío, no hay sol, es decir, amor. Cuando venga el sol, calentará y
vivificará tanto a los seres, ¡que se verán obligados a desnudarse, simbólicamente
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hablando! Verán su rostro, su belleza, su esplendor. Estarán liberados. Porque la
liberación es eso: ser vivificado.
Alegraos de tener semejantes condiciones y de poder venir cada mañana a la
salida del sol para saciar vuestra sed, calentaros, aligeraros, liberaros. Sí, en mi opinión,
el Surya-yoga supera a todos los demás yogas, porque os permite practicarlos todos
juntos aquí, a la salida del sol, y sentís el efecto favorable del calor, de la luz, de la
pureza del aire. Y aunque no hayáis obtenido resultados con los demás yogas, que son
difíciles, os queda al menos una cosa: que el sol os ha calentado, os ha acariciado e
incluso os ha dado unas pepitas de oro. Aunque no hayáis tenido resultados, el sol os ha
magnetizado, os ha curado, os ha colmado con todos los bienes. Rezáis, meditáis,
respiráis, y, al mismo tiempo, ¡sois ayudados por el sol!
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Bonfin, 31 de julio de 1967 (por la mañana)

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