Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

martes, 10 de diciembre de 2019

Los Espíritus de las siete luces



Está escrito en el Libro del Zohar: 

“Siete luces hay en el Altísimo, y ahí es donde habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph.” 

Estas siete luces son las luces roja, naranja, amarilla, verde, azul, índigo y violeta. Son los siete Espíritus que están ante el Trono de Dios. Los colores de la luz descompuesta por el prisma tienen también, pues, un valor simbólico. Cuando di mi primera conferencia, empecé hablando del sol y de la fuente. ¿Por qué? Porque la luz es como el agua de una fuente. Sí, el sol, con su luz, es una fuente, y es arriba donde brota la verdadera fuente. La luz es el agua que brota del sol, es el agua de la vida. La luz es blanca y el agua de la tierra es transparente, pero siguen siendo el mismo símbolo. Cuando miramos la luz del sol a través de un prisma descubrimos una riqueza y un esplendor increíbles. ¿Cómo la luz, que es una, atraviesa el prisma, que es tres, para convertirse en siete? Sí, uno, tres y siete. Este fenómeno me ha preocupado mucho desde mi juventud y me alegraba ver que la luz del sol contenía tantas riquezas, tanta belleza y pureza. 

Fue entonces cuando comprendí que el ser humano, lo mismo que el prisma, es una trinidad. Para que la luz del sol pueda descomponerse perfectamente en siete colores, es preciso que las tres caras de la sección del prisma sean transparentes, pero también iguales. Igualmente, es preciso que el ser humano haya desarrollado armoniosamente el triángulo que forman su intelecto, su corazón y su voluntad para que la luz que viene de Dios, la luz del sol, pueda pasar a través suyo y manifestarse en el esplendor de los siete colores. Únicamente los discípulos y los Iniciados que han trabajado para desarrollar su inteligencia, que han ejercitado su corazón para sentir y amar correctamente, y que se han hecho fuertes porque han luchado y han tenido la voluntad de vencer lo negativo, llegan a descomponer la luz en siete colores, y su aura aumenta en extensión, en belleza y en pureza. 

Los que no han desarrollado correctamente en ellos este triángulo del intelecto, del corazón y de la voluntad, sólo tienen en su aura dos o tres colores, los demás están ausentes. Y si por desgracia deforman este triángulo, su intelecto se vuelve taimado, astuto y agresivo, su corazón se llena de odio, de maldad, de crueldad, de deseo de venganza y de sensualidad, y su voluntad se pone al servicio de la destrucción y de la demolición. Entonces, no sólo el aura ya no tiene sus colores atornasolados y vivos, sino que está cargada de horrores y de monstruosidades. 

En la Ciencia iniciática a la luz roja se le llama Espíritu de Vida. El rojo es la vida, y quizá la sangre es roja porque es el vehículo de la vida. Quitadle la sangre a un hombre y le quitáis la vida; dadle sangre, cuando está muy débil, y se reanima. Así se descubrió la transfusión sanguínea. ¿Cómo actúa el color rojo en los seres humanos? Con las vibraciones que produce les conecta con el Espíritu de Vida; gracias a él se animan, su vitalidad aumenta. Pero el rojo tiene miles de matices: el amor, la violencia, la guerra y la cólera, la sensualidad, el dinamismo, la embriaguez... La luz naranja es el Espíritu de Santidad, el segundo espíritu. 

Con el color naranja os conectáis, pues, con la santidad. Pero este color tiene también muchos otros matices: el individualismo, el orgullo, incluso la soberbia; otro matiz mejora la salud, otro aporta la fe y la refuerza. Pero, ante todo, el naranja es el color de la santidad y de la salud. La luz amarilla dorada es el Espíritu de Sabiduría. Con sus vibraciones incita a las criaturas a leer, a reflexionar, a meditar, a buscar la sabiduría, a mostrarse razonables y prudentes. 

La luz verde es el Espíritu de Eternidad y de Evolución. Como los demás, tiene muchos matices, y si tuviese la posibilidad, os mostraría cómo actúa cada uno de estos matices. Pero los colores más auténticos, los que más se acercan a la esencia divina, son los colores dados por el prisma. No toméis otros colores para vuestro trabajo espiritual; pueden representar muchas otras virtudes, pero las virtudes esenciales están en los colores del espectro solar. Os dije cuánto me habitué a contemplar estos colores, a trabajar con ellos; para mí son un alimento. A menudo, oriento el cristal de mi bastón hacia el sol para ver estos siete colores; los contemplo, me alimento, me alegro, bendigo al Cielo y sigo mi trabajo. El verde es, pues, el color del crecimiento, del desarrollo, pero también el de la riqueza. Está relacionado con la esperanza y da al hombre la posibilidad de evolucionar. Un día os diré cómo cada color, con sus vibraciones, está en relación con un órgano y facilita ciertos procesos. La luz azul es el Espíritu de Verdad. Está relacionada con la religión, con la paz, con la música. 

El azul desarrolla el sentido musical, serena el sistema nervioso, cura los pulmones y actúa favorablemente sobre los ojos, que son el símbolo de la verdad. La luz índigo es el Espíritu de Fuerza, el Espíritu de la Realeza. Presenta casi las mismas propiedades que el azul. Hablemos ahora de la luz violeta. Es el Espíritu de la Omnipotencia divina y del Amor espiritual; es el Espíritu del Sacrificio. El violeta es un color muy poderoso que protege al hombre. Es también un color muy místico, muy sutil, que le ayuda a desdoblarse para visitar los otros mundos y le permite comprender el amor de Dios. No es nada favorable para la vegetación. Cuando tenía quince o dieciséis años trabajaba con los colores, y no sólo me los imaginaba y meditaba con ellos, sino que embadurnaba los cristales de mi habitación para estudiar sus efectos. Empecé con el rojo, después el naranja, etc... Yo meditaba en esta habitación bañada por la luz coloreada que traspasaba los cristales y, durante unos días, observaba cómo actuaba sobre mí este color; después lo lavaba todo y pasaba a otro color. En cuanto a mis padres y a los vecinos, ¡inútil deciros por quien me tomaban! Pensaban que me había vuelto loco, pero yo seguía imperturbablemente estudiando los colores. 

Con el violeta me iba al otro mundo. Invitaba a amigos para ver el efecto que este color producía en ellos: se dormían, y las flores se marchitaban, el violeta las mataba. Pero el violeta es un color que me gusta mucho. Cuando el rojo de su aura no es puro ni límpido es porque el hombre se ha dejado arrastrar por la cólera, por la embriaguez o la sensualidad; para cada uno de estos vicios el matiz del rojo es diferente y los clarividentes pueden verlos. Además, en todos los tiempos se ha relacionado el rojo con la sangre, con la guerra. Es un color bello, pero su matiz debe ser tan puro que, mezclado con el blanco, dé un rosa luminoso. El rosa expresa también un matiz del amor: el blanco le aporta al rojo la pureza, la armonía, algo que serena sin violencia ni egoísmo, y así, el amor se calma, se vuelve ternura. Por eso la rosa es un símbolo de ternura, de delicadeza. A aquél que tenga demasiada vitalidad y sensualidad le aconsejo que se conecte con el color blanco, o que se relacione con seres que tengan mucho blanco, es decir, que sean puros y honestos; así habrá al menos una mezcla, y el rojo se volverá rosa. Y este hombre ya no será importunado y atormentado por la fuerza del rojo que hay en él. El rosa actúa también favorablemente sobre la inteligencia. 

Se dice: “Ver la vida de color de rosa”, es decir, ser optimista. El que ve la vida de color de rosa no tiene el espíritu obstaculizado por preocupaciones o pensamientos sombríos y tristes; la existencia se le aparece bajo un aspecto agradable, y es feliz. Podemos hacer las mismas observaciones para los demás colores. Hay azules que revelan que un hombre ha perdido la fe o que ya no está en la verdad o en la paz. Si el amarillo es impuro o apagado, ello muestra que el hombre no es razonable ni capaz de profundizar y de comprender; no se puede tener confianza en sus facultades intelectuales. Pero no quiero detenerme hoy en este tema, porque tengo otras cosas que deciros. Retened solamente que los siete Espíritus que están ante el Eterno son: el Espíritu de Vida, el rojo; el Espíritu de Santidad, el naranja; el Espíritu de Sabiduría, el amarillo; el Espíritu de Eternidad, el verde; el Espíritu de Verdad, el azul; el Espíritu de Fuerza, el índigo, y el Espíritu del Sacrificio, el violeta. 

Si queréis crear un color, siempre podéis obtenerlo a partir de otros dos colores: el violeta y el naranja dan el rojo; el rojo y el amarillo dan el naranja; el naranja y el verde dan el amarillo, etc... Cada color es el hijo de otros dos que son como su padre y su madre; pero si no sabéis cuáles hay que mezclar, no obtendréis un buen resultado. ¿Por qué? Porque entre los colores también hay oposiciones y afinidades, y estas oposiciones y afinidades las encontramos igualmente entre los planetas que corresponden a estos colores. El color rojo corresponde a Marte. Marte es fogoso, violento, destructivo; es el principio masculino por excelencia, pero en un campo determinado, porque el Sol (aunque el Sol no sea un planeta) y Júpiter tienen también un carácter masculino, pero terrenos diferentes. El color verde corresponde a Venus. Las personas en quienes domina el rojo son atraídas por aquéllas en quienes domina el verde, porque se realzan mutuament, y es maravilloso; pero si se unen y se fusionan, darán nacimiento a un monstruo. 

Que se paseen juntas, que se hablen, que se miren, que se exalten, pero que no se fusionen, porque el verde y el rojo mezclados producen un color sucio. Lo mismo sucede con el naranja y el azul: su mezcla es espantosa, pero puestos el uno al lado del otro son más expresivos, se exaltan. Veis como hemos puesto aquí estos colores (el Maestro señala las vidrieras coloreadas del comedor): uno junto al otro, el azul y el naranja se exaltan, el naranja se vuelve más naranja y el azul más azul; esto también sucede con el verde y el rojo, que veis allí enfrente. Al color azul le corresponde el planeta Júpiter y al naranja el Sol; estos dos planetas son positivos, por eso no deben casarse. Tomemos ahora el amarillo y el violeta, que tampoco debemos mezclar. El amarillo corresponde a Mercurio y, según la Cábala, el violeta corresponde a la Luna, aunque la mayoría de las veces se le atribuye a la Luna el color blanco. Si dejamos, pues, el color blanco a la Luna, le daremos a Neptuno el color violeta, porque Neptuno es idéntico a la Luna, pero en un registro superior. Igualmente, en un registro superior, Urano es idéntico a Mercurio. 

Comprenderéis mejor sus relaciones si las situáis sobre el Arbol sefirótico. Mercurio (Hod) está opuesto a Urano (Hokmah) y, sobre el otro eje, Venus (Netzach) está opuesto a Saturno (Binah). En el pilar central, la Luna (Iésod) está opuesta a Neptuno (Kéther). En el plano horizontal, Marte (Gébourah), en el pilar del rigor, está opuesto a Júpiter (Hésed), en el pilar de la clemencia. Un día os explicaré todas estas relaciones; veréis cómo Venus y Saturno representan casi la misma realidad manifestada en regiones diferentes. Esto contradirá quizá todo lo que habéis aprendido hasta ahora, pero veréis cómo, en la misma línea del amor, el amor de Venus se convierte en la inteligencia de Saturno, y cómo, en la otra línea, la inteligencia concreta de Mercurio, la de los razonamientos, de la palabra y de los negocios, se convierte, arriba, en la sabiduría de Urano. 

Sobre estas correspondencias no se encuentran muchas explicaciones en los libros, pero gracias al Cielo muchas de ellas me han sido reveladas. Los sefirots no han sido colocados así por casualidad; existen entre ellos unas relaciones geométricas que son significativas. Pero todo esto es algo lejano para vosotros, y de momento ni siquiera es necesario que abordéis estas cuestiones filosóficas y abstractas; retened hoy solamente estas pocas palabras sobre los colores para poder trabajar eficazmente en vuestra evolución. Trabajad cambiando cada día de color. Podéis empezar por el rojo, que es el que está más cerca de la tierra, y continuar con el naranja, el amarillo, etc... O bien, podéis empezar, en sentido inverso, por el violeta. Así, descendéis o subís, como queráis, como estéis acostumbrados. El color rojo es el que está más cerca de la tierra, y por esta razón la base de nuestro comedor está pintada de rojo, mientras que la parte superior está pintada de azul. 

El cielo es azul y la tierra es roja. En hebreo, el primer hombre se llama Adam, el lugar en el que habitaba Edén, la tierra Adamah, y el color rojo se dice Adom. El color rojo, la tierra, el hombre y el Edén son, pues, en hebreo, palabras formadas sobre la misma raíz. Por eso en la Cábala se llama a Adam “el hombre rojo”. Pero el viejo Adam debe morir y ceder el sitio al hombre nuevo: Cristo, simbolizado por el color azul. Transformar el rojo en azul era, precisamente, el trabajo de los alquimistas. Eso significa que todo lo que en el hombre es grosero, violento, animal, debe ser transformado, sublimado. El rojo y el azul son los dos polos opuestos, y si queréis pasar del uno al otro, preguntad a los alquimistas; os responderán que debéis saber trabajar con el ácido y la base. Si sabéis trabajar con estos dos principios, masculino y femenino, podéis cambiar los colores, es decir, hacer que el rojo se cambie en azul, poniendo unas gotas de ácido o de base... La química aclara, pues, los preceptos de la religión, pero los religiosos no lo saben... Y los químicos tampoco: para ellos todo eso son fenómenos puramente materiales que no intentan interpretar. La ciencia se limita a constatar los hechos, no busca ni su razón de ser ni su significado. ¡Pero a mí, me gusta interpretároslos!... Nosotros somos, pues, el Adam rojo que debe ceder el sitio a Cristo. 

Esta transformación es posible, es la meta de la religión. El viejo hombre Adam, sometido a las pasiones (el rojo), debe ceder el sitio a Cristo, al hombre nuevo (el azul), que vive en la verdad, la paz y la armonía. ¡Bienaventurados los que comprenden! ¡Bienaventurados los que siguen la luz! Terminaré citando otra vez estas palabras del Zohar que me gustan mucho. Yo las pronuncio a menudo interiormente: “Siete luces hay en el Altísimo, y allí es donde habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph”. ¡Es magnífico! Vosotros también podéis repetir estas palabras, ¡y que la Luz sea! ¡Que todos trabajen ahora sobre la luz, con la luz y para la luz!

OMRAAM