El cielo y la tierra representan una unidad, no están separados, y en el ser
humano tampoco: el cielo es la cabeza y la tierra es el vientre. El cielo es, pues, la parte
espiritual del hombre, y la tierra sus manifestaciones. En el lenguaje de los Iniciados, el
lenguaje de los símbolos eternos, un “nuevo cielo” quiere decir unas ideas nuevas, una
comprensión, una percepción, una filosofía nuevas, y una “nueva tierra” significa unas
actitudes nuevas, unos comportamientos nuevos; en definitiva, otra forma de pensar y
otra forma de vivir. La cabeza está en el cielo y los pies en la tierra. Los pies se mueven
en función de la cabeza, porque los pies corren allí donde la cabeza tiene ya algunos
proyectos. Así pues, el comportamiento, la conducta, la forma de actuar, cambiarán
debido a la cabeza, es decir, a la nueva filosofía.
Este nuevo cielo que Dios está creando ¿es verdaderamente nuevo? No, ya está
ahí desde la eternidad, pero será nuevo para los humanos. Está ahí, pero no lo ven, y
será nuevo para ellos porque un día, de repente, lo descubrirán.
Un nuevo cielo y una
nueva tierra... En realidad, ni siquiera sabemos lo que significa la palabra “nuevo”.
Consideremos un río, su nombre siempre es el mismo: Sena, Danubio o Támesis, pero
el agua que fluye es siempre nueva. Y el sol también es siempre nuevo, porque sus
emanaciones, sus radiaciones, son siempre diferentes. Lo que es nuevo es la vida, el
contenido; cuando vamos mucho más arriba para entrar en el contenido, en la vida,
encontramos que es nuevo sin cesar. El nuevo cielo y la nueva tierra significa, pues, que
los humanos irán más arriba, a un lugar en donde descubrirán lo que siempre ha
existido, pero que ellos nunca habían visto. Es como el sol, está ahí desde siempre, pero
todavía no lo han comprendido. Puesto que no se alegran, que no lo contemplan, que no
quieren llegar a ser como él, es que no lo han descubierto y que viven todavía en el
antiguo cielo, viejo, carcomido, mohoso.
La nueva tierra será la forma de comportarse, de actuar, una nueva forma de
alimentarse, de respirar, de mirar, y ya se acerca. Pero todo debe empezar por el nuevo
cielo, es decir, por el sol: ver primero qué luminoso es el sol, qué caluroso, vivificante,
bello, puro, grande, poderoso, generoso, y cómo están representados en él todos los
esplendores, todas las cualidades, todas las virtudes. ¡Este es el nuevo cielo que va a
venir hacia los humanos!
Y el sol nos hará descubrir este nuevo cielo, que siempre ha
estado ahí y en el que habitan los Iniciados, los grandes Maestros, los Profetas que han
dejado la Tierra, en el que habitan también los Angeles, los Arcángeles, las Divinidades,
este cielo al que Jesús llamaba “la casa de mi Padre”.* Muchos seres habitan en este
cielo, que no puede ser cambiado, mejorado o renovado, porque ya se renueva sin cesar,
nunca es el mismo. Y ocurre igual con el sol, nunca es el mismo, porque esta energía,
esta luz, este calor, esta vida que fluye a través de él es siempre nueva, siempre nueva.
Y veamos ahora, ¿ acaso podemos vivir en el sol? Claro, desde hoy mismo, cada
día podéis estar en él: cada vez que alimentáis pensamientos y sentimientos puros, que
decidís trabajar para un alto ideal, ya estáis en este cielo nuevo, y este cielo nuevo
conlleva obligatoriamente una nueva tierra. Porque aquél que abraza una filosofía
sublime se ve obligado a cambiar su comportamiento, su forma de actuar. Todos los
métodos que estáis aprendiendo aquí relativos a la nutrición, la respiración, los gestos,
la palabra, esto es la nueva tierra.
Sí, y la nueva tierra nos obliga a tener otra actitud hacia toda la creación. El
invierno pasado en Videlinata traté un poco esta cuestión.
Os decía: “¿Queréis que os
muestre una partícula pequeñita de la nueva tierra? Mirad: salgo de mi chalet para ir a
la sala de conferencias... Miro al sol, miro las montañas, el lago, el bosque, la nieve que centellea, y me dirijo a ellos, así como a los seres luminosos de la naturaleza, les digo
qué bellos son y les saludo con la mano. Este comportamiento no está extendido entre
los humanos, porque para ellos todo está muerto, la naturaleza está vacía, así que ¿para
qué saludarla?... Están en la antigua tierra, ni siquiera hacen un gesto de amistad a la
creación, y sin embargo, ¡si supiesen todo lo que este gesto puede desencadenar y poner
en marcha! En la nueva tierra os sentís protegidos, acunados por toda la creación,
porque reconocéis que está viva, que es consciente, y la saludáis. Sí, pero para hacer
este gesto debemos cambiar nuestro estado de conciencia, vivir en el nuevo cielo...
Y nuestro planeta, la Tierra, esta pequeña mota de polvo insignificante, ha
necesitado miles y miles de millones de años para llegar a su estado actual; ella también
cambia y se transforma, su cuerpo etérico nunca es el mismo, está en contacto
permanente con el sol y las estrellas que le dan elementos siempre nuevos, y un día, a
fuerza de trabajo, se volverá transparente, cristalina, límpida y brillará como el sol.
De
momento la Tierra es un fruto todavía ácido, pero el sol la hace madurar con su calor.
Algún día será un fruto maravilloso, como el sol, porque el sol es su padre y los hijos
acaban siempre pareciéndose a sus padres.
De momento la tierra es una niña pequeñita,
pero algún día, brillará como su padre, el sol. En esta época, los humanos vivirán en
otros planetas, ya no habitarán en la tierra, se la dejarán a los animales que serán
educados, instruidos, cuidados. Sí, los animales serán más inteligentes, más bellos, más
expresivos, ¡y algunos hasta tocarán el piano, escribirán libros y harán unos discursos
formidables!...
Una nueva luz va a venir, mis queridos hermanos y hermanas, y todo estará lleno
de vida, todo será claro, luminoso, armonioso... En esta nueva tierra ya no se verán más
peleas, revoluciones ni guerras, habrá tal armonía, tal unidad entre los hombres, que
formarán todos una sola familia, y en todas partes reinarán la fraternidad y la paz. Pero antes de que esto suceda, ya os dije a través de qué catástrofes, de qué tornados va a
pasar la humanidad, ¡y todo esto se acerca! Después todo se calmará, y aquéllos que
estén vivos verificarán la veracidad de mis palabras. De momento, utilizad los nuevos
conocimientos que habéis recibido para perfeccionaros.
Han sido unas palabras sobre el nuevo cielo y la nueva tierra. Ahora debéis
entrar en el nuevo cielo, es decir, aceptar la nueva filosofía y aplicarla; y la aplicación,
justamente, es la nueva tierra... Pero, ya veis, debemos comprender estas cosas
simbólicamente porque, si no, nada tiene sentido.
Ocurre como con las profecías de los
Evangelios. Algunos cristianos esperan que el sol se oscurezca, puesto que Jesús dijo:
“El sol se oscurecerá, la luna ya no dará su claridad, las estrellas caerán del cielo.”
Reflexionando, encuentro que nuestra pobre y pequeña Tierra es tan minúscula que ni
siquiera habrá sitio para que caigan encima de ella. Una sola estrella ya es miles de
veces más grande que esta tierra sobre la que caerá, ¡qué pasaría si todas cayesen al
mismo tiempo!... Habrá una señal, ya sabéis, y caerán todas juntas para complacer a los
ignorantes. Nunca, jamás; las estrellas se quedarán donde están. Ni siquiera están al
tanto de la existencia de una mota de polvo que se llama Tierra, en donde unos
pequeños microbios discuten de religión y de filosofía: ¿por qué tendrían que caerle
encima? Las estrellas no caerán, pero, simbólicamente sí, caerán muchas estrellas. ¿Y
cuáles son estas estrellas? Los hombres famosos, que están puestos sobre pedestales,
cuando no lo merecen. Con el nuevo cielo y la nueva tierra, les dirán: “¡Fuera,
marchaos, estáis llenos de moho!”
Y el sol que se oscurecerá alude a esta filosofía humana que, supuestamente,
ilumina a los hombres; se oscurecerá, es decir, ya no podrá resolver los nuevos
problemas que presente la vida. Así pues, este sol al que los humanos se han aferrado,
se oscurecerá. En cuanto a la luna, representa las creencias religiosas; éstas perderán su claridad, porque son nebulosas y vagas, y ya no bastarán.
Estas son las predicciones de
Jesús, pero no se referían al sol, a la luna y a las estrellas que están en el cielo. La
prueba es que los cálculos de todos los supuestos profetas y profetisas nunca se han
verificado.
Yo también he recibido algunas cartas de profetisas que me anunciaban que en
tal fecha el sol se oscurecería, etc... y que todo se habría acabado. Y yo sonreía porque
sabía, claro, que era falso... Y cuando había pasado la fecha, recibía nuevas cartas de la
profetisa en las que me decía que se había equivocado en sus cálculos, pero que ahora
había encontrado la verdadera fecha.
Y yo seguía sonriendo. ¿Qué cuesta sonreír?...
Pero de nuevo, en la fecha prevista, no pasaba nada, y llegaban nuevas cartas... ¿Cómo
es posible que los cristianos estén aún en eso? Algunos todavía esperan la llegada de
Cristo sobre las nubes, y desde hace dos mil años todavía no ha venido. ¿Por qué tarda
tanto? Pueden esperar aún, y hasta les aconsejaría que cantasen, como Tino Rossi:
“Esperaré...” Están esperando, por eso no se ponen a trabajar: porque esperan. Y cuando
llegue el día de la venida del Señor, harán desfiles con bandas militares cantando: “El
Señor ha llegado, ¡despertaos!” ¡Y cuántos pavos, pollos y corderos serán sacrificados
para festejar la llegada de Cristo!
¡Sólo hay que ver en Navidades, en Año Nuevo, y en
Pascua, la cantidad de estos pobres animales que son sacrificados para llenar los
estómagos de los cristianos!... Yo no espero a Cristo, porque ya ha venido. Sí, ha
venido, viene, y vendrá. Ya ha venido para los sabios, para los Iniciados; viene para los
discípulos; ¡y vendrá, no se sabe cuándo, para los demás, que no comprenden
absolutamente nada!
Quisiera deciros ahora unas palabras sobre el injerto espiritual. Pero antes,
acordaos de lo que os expliqué en relación con las improntas y los clichés. Os dije que
cuando ensayáis un fragmento musical, por ejemplo, o cuando aprendéis un texto de
memoria, no debéis precipitaros en hojear esta partitura o este texto. Todo se imprime
en la materia del cerebro, igual que las letras en el papel de imprenta, y debéis, por
tanto, estar muy atentos para formar impecablemente el primer cliché en el cerebro. Si
cometéis un error en alguna parte, debido a la rapidez o a la falta de concentración, este
error se reproducirá siempre en el mismo sitio.
Cuando echamos un vistazo a la vida de los humanos vemos que no son grandes
psicólogos: se precipitan sobre las cosas o sobre los seres, sin atención, sin delicadeza ni
precisión, y así cometen errores que repiten toda la vida.
Después hacen esfuerzos para
remediarlos, pero en vano, las mismas tonterías, las mismas debilidades, los mismos
vicios se repiten eternamente. Y al final, cuando ven la inutilidad de los esfuerzos que
han hecho para corregirse, para reparar, están decepcionados, desanimados, y algunos
hasta se suicidan. ¿Por qué este fracaso? Porque son ignorantes; no conocen la
estructura del ser humano y las relaciones que existen entre sus sentimientos, sus
pensamientos y sus actos, y debido a esta ignorancia no logran corregirse.
Los clichés se graban en el cerebro bajo una forma etérica, y por tanto invisible.
Pero lo comprenderéis mejor si os doy un ejemplo. ¿Qué es una semilla? Un cliché. No
veis el trazado de las líneas de fuerza, pero poned la semilla en la tierra y regadla: el sol
la calentará y pronto veréis aparecer un brote, un tallo... Todo estaba ya dibujado en el
interior de la semilla por una mano muy inteligente; porque, de lo contrario, ¿cómo
explicar esta proporción, esta medida, toda esta belleza de una planta, si no hubiese un
cliché escondido en la pequeña semilla, cuyas líneas de fuerza canalizan las energías?
De la misma manera, si ciertos humanos se sienten impulsados siempre a cometer tal o cual crimen, es porque hay unos clichés depositados en ellos que, como líneas de fuerza,
les impulsan en esta dirección.
Al principio, no se sabe cuándo, quizá en esta vida o en
una vida anterior, tuvieron un pensamiento, un sentimiento o hicieron un gesto que se
grabó en la materia etérica del cerebro; y una vez grabado el cliché, repiten siempre este
gesto o este sentimiento, porque la naturaleza es fiel. Si empezáis a meter la mano en los
bolsillos de alguien, pronto ya no podréis luchar, siempre tendréis el deseo de hacer
investigaciones geográficas en los bolsillos de los demás. A eso lo llaman cleptomanía...
¡porque ahora todos los vicios reciben nombres científicos! Como este hombre que fue a
ver un médico: “Doctor, dijo, no me siento bien, explíqueme lo que me ocurre, pero
digámelo claramente, ni en griego ni en latín, para que lo comprenda”. El médico lo
examina unos minutos, le hace unas preguntas, y después le da el diagnóstico: “Bien,
Vd. es un borracho y un glotón, eso es todo. - ¡Vaya!, exclama el paciente, ¡dígamelo
ahora en griego o en latín para que se lo pueda repetir a mi mujer!”
Todo el mundo quiere hacer todo tipo de experiencias: ver, oír, gustar, tocar; es
la moda. Hay que experimentarlo todo: los placeres, las pasiones, las locuras, y una vez
que ya se han habituado, una vez que ya se ha grabado el cliché, ya no pueden
corregirse. Sin embargo, existe una ciencia que debemos conocer para poder, no sólo
poner remedio a nuestros defectos, a nuestras pasiones, a nuestras tendencias inferiores,
sino para sacar provecho de ellos.
Esta ciencia es la del injerto.
Sabéis que los hombres encontraron esta técnica para obtener de los árboles
mejores frutos. Por ejemplo, a un peral salvaje muy vigoroso, pero que sólo produce
frutas ásperas, le injertáis un brote de un peral de excelente calidad: de esta manera, el
buen árbol aprovechará el vigor del árbol salvaje y tendréis unas peras magníficas. Los
humanos se han hecho expertos en estas técnicas, pero cuando se trata del terreno
psíquico o del terreno espiritual, ya no son tan capaces ni tan diestros. Vemos a grandes sabios, grandes escritores, artistas, filósofos, hombres políticos, perseguidos por ciertos
vicios, por ciertas pasiones de las que no pueden desembarazarse. ¡Cuántos artistas muy
dotados, incluso geniales, bebían, se drogaban, se arruinaban con el juego o con las
mujeres! No los citaré... Murieron con estas debilidades. Si hubiesen conocido las leyes
del injerto, habrían podido injertar cualidades y virtudes sobre estas debilidades.
Pero ¿cómo proceder? Suponed que tenéis un amor muy sensual.
Es una fuerza
salvaje, formidable, irresistible. Podéis hacer un injerto sobre él, pero para ello debéis
encontrar una rama de otro amor, puro, noble, elevado... e injertarla. Entonces, las
savias que produce vuestra naturaleza inferior subirán, circularán a través de estas
ramas, es decir, de estas huellas, de estos circuitos nuevos, dibujados en vuestro
cerebro, y producirán unos frutos extraordinarios, un amor prodigioso que os aportará
unos éxtasis y unas inspiraciones increíbles.
Y si tenéis una vanidad espantosa que os chupa todas vuestras fuerzas, todas
vuestras energías, también podéis injertar sobre ella una cualidad. En vez de buscar
siempre la gloria ante el mundo, ante los bobos, ante los imbéciles, trabajáis deseando la
gloria, pero ante el Cielo, una gloria divina, inmarchitable, que no se extingue nunca.
Si sois coléricos, puede que hayáis destruido ya varias amistades y estropeado
buenas condiciones para vuestro futuro. Pues bien, esta fuerza brutal que estalla como
un trueno también podéis transformarla, sublimarla, haciendo un injerto, y entonces os
volvéis infatigables para luchar, para guerrear, para combatir y vencer todo lo que es
inferior, y os convertís en un soldado de Cristo, en un servidor de Dios, invencible.
En
vez de destruir lo que es magnífico, vuestra fuerza marcial os ayudará a construir. Basta
con encontrar injertos.
Diréis: “En la historia existe tal héroe, tal santo, tal profeta que admiro y me
inspira. En él encontraré estos injertos.” Sí, es posible, pero como ya están lejos en el pasado, no podréis hablarles ni entrar en relación con ellos como con un ser vivo. O
incluso, si entre los hombres vivos que conocéis escogéis a un amigo, a un filósofo, a un
artista al que admiráis, está bien, pero los injertos serán siempre un poco dudosos,
porque estos seres tienen siempre algunas debilidades, algunas insuficiencias, y no son
absolutamente fuertes, poderosos, generosos, luminosos y calurosos. Sólo existe una
criatura que supera todo lo que podamos imaginar en inteligencia, amor, poder,
generosidad, inmortalidad, y que tiene un gran almacén de distribución de injertos: es el
sol. A él debéis dirigiros para procurároslos.
De ahora en adelante, cuando contempléis la salida del sol, le diréis: “Querido
sol, verdaderamente soy demasiado tonto, no comprendo nada, y cuando debo decir
algo, farfullo, no me suceden más que desgracias; pero tú, que eres tan luminoso, que
iluminas toda la Tierra, dame unos injertos de tu inteligencia”. Y os los dará
gratuitamente, ¡os lo aseguro! Y entonces los injertaréis, en el cerebro.
Podrá enviaros
incluso a un experto si no sabéis cómo hacerlo. Después podréis pedir un injerto de
amor, de salud, de vitalidad, o de cualquier otra cualidad... Todo está en el sol, podéis
pedirle todos los injertos que queráis. Pero no los pidáis todos al mismo tiempo, sino
uno tras otro, porque si no, mientras que os ocupéis de uno, los demás se secarán y
morirán
Varios de vosotros os preguntáis si hablo en serio... Sí, hablo en serio, porque
todo lo que os digo lo he verificado durante años; todo lo que conozco lo he practicado
primero en mí mismo. Y todavía no os lo he dicho todo sobre esta cuestión, pero lo que
yo no os diga, el sol os lo revelará. El sol es el que me ha comunicado todo lo que
conozco. Estáis asombrados de saber que el sol puede hacer revelaciones, ¡pero es la
verdad!
Un gran Maestro puede daros algunos injertos; es posible, porque es un
representante del sol, pero ningún Maestro puede compararse con el sol. Un hombre,
claro está, puede parecerse al sol, en cierta medida, cuando su inteligencia empieza a
irradiar, cuando salen de él colores luminosos, cuando su corazón arde de amor, cuando
por todas partes a su paso anima, resucita y vivifica a los seres... Pero el sol alimenta a
la Tierra entera; gracias a él todo crece y madura, anima a todas las criaturas, les da la
vida, les hace moverse.
El poder de un Iniciado no puede llegar tan lejos, aunque sea
benéfico para los humanos; nadie puede compararse con el sol.
Comprendedme bien, mis queridos hermanos y hermanas, únicamente los rayos
del sol son capaces de reemplazar en vosotros todo lo que está gastado, es impuro o
tenebroso; pero debéis aprender a recibirlos. Si os abrís a ellos con todo vuestro
corazón, empiezan a trabajar: reemplazan al hombre viejo en vosotros y sois
regenerados, renovados, resucitados; vuestros pensamientos, vuestros sentimientos,
vuestros actos, todo es diferente. Unicamente los rayos del sol son capaces de producir
esta transformación en vosotros, nada más. Desgraciadamente, los humanos, que
experimentan sensaciones formidables cuando comen, cuando fuman o se abrazan, no
sienten nada cuando están delante del sol. Esto es así porque se encuentran en un nivel
de vibraciones demasiado bajo; por ello todo lo que es inferior les impresiona, actúa
sobre ellos, mientras que los rayos del sol les dejan indiferentes. Pero cuando el
discípulo avanza, cuando evoluciona, se vuelve más sensible a los rayos del sol, y éstos
producen en él revelaciones, éxtasis, sensaciones verdaderamente celestiales.
Todo esto es, una vez más, algo completamente nuevo; la psicología todavía no
ha descubierto que depende de nosotros el hecho de que los rayos del sol produzcan en
nuestra alma, en nuestro corazón, fenómenos de la mayor importancia que pueden
regenerarnos, resucitarnos. Pero, claro, debemos prepararnos, porque, si no, seguiremos estando siempre fuera del sol. Debemos prepararnos con varios días de antelación, con
meses de antelación, para estar tranquilos, libres, lúcidos, y sentir lo que son los rayos
del sol, qué poderosos son, qué puros y divinos.
Yo he estudiado la naturaleza de los rayos del sol y he visto que eran como
pequeños vagones llenos de víveres con todo lo que se necesita para comer, para beber,
para comprender, para ser felices, inteligentes, activos.
Pero los humanos, que están
dormidos, que son ignorantes, los dejan pasar, y después gritan: “Tengo hambre, tengo
sed, ¿quién viene a ayudarme?” Y, sin embargo, ¡había de todo en estos rayos de sol! ¡Y
si conocieseis a los que los envían!... Sí, porque en el sol habitan unos seres que son
muy superiores a nosotros; nos miran, a veces nos sonríen, y se dicen entre sí: “¡Oh!
Mira a fulano o a mengano, ¡qué curioso es!...” No, no hacen esto porque son muy
educados; pero yo sé lo que dicen porque los escuché un día, y decían: “Mirad a estos
pequeñitos en la Roca. De momento no son gran cosa pero más tarde se convertirán en
divinidades”. Sí, ¡tienen una esperanza, una fe y un amor extraordinarios! Son los
únicos que creen que llegaremos a ser divinidades. Aquí en la Tierra, nadie lo cree, pero
ellos sí lo creen. También les oí que decían: “Es bonito verlos en la Roca, han venido
por nosotros. Están un poco adormecidos, no saben que les sonreímos, que les
distribuimos regalos, no se dan cuenta; están inmersos en sus cosas: cómo han comido,
bebido, cómo se han peleado o cómo se han abrazado, ¿qué hay que hacer para llamar
su atención?... Pero hay esperanzas. De momento no están muy a punto, pero cuando
crezcan se convertirán en divinidades”. Y son felices con esta esperanza. ¿No me
creéis?... ¡Pues id a verificarlo! Son los únicos que creen que algún día llegaremos a ser
verdaderos hijos de Dios.
Tenéis que saber todo esto. Pero debéis prepararos; es la preparación lo que
nunca está a punto.
Cuántas veces os lo he dicho: “Preparaos para la salida del sol,acostaos la noche anterior con este pensamiento de que a la mañana siguiente veréis al
Señor mismo a través del sol”. Pero no, no, no os preparáis, por eso pasan los años y no
habéis comprendido nada, no habéis descubierto nada, ¡y sin embargo habéis mirado al
sol! Desde hace mucho tiempo deberíais haber descubierto el sentido de la vida mirando
al sol, porque él es el único que puede abriros los ojos sobre el sentido de la vida, el
único. ¿Y sabéis, mis queridos hermanos y hermanas, qué es lo que me permite avanzar,
hacer progresos?: que cada mañana constato que todavía no he comprendido nada de la
grandeza del sol. Cada día me digo: “Ayer creía conocer al sol y hoy me doy cuenta de
que no he comprendido nada; es hoy cuando empiezo, por fin, a conocerlo.” Y al día
siguiente, me digo lo mismo. Mientras que vosotros decís siempre: “Esto ya lo conozco,
ya se sabe, ¡hay que archivarlo!” Sí, cada día encuentro que todavía no he captado nada
de esta inmensidad, de este esplendor del sol. Cuando empezamos a pensar que ya no
nos queda nada por conocer, nada por descubrir, nos estancamos, nos dormimos, y se
acabó. Nunca debemos actuar así, siempre debemos decirnos: “Hoy es la primera vez
que lo veo, hoy voy a empezar a comprenderlo”. Y así avanzáis, avanzáis... Ya veis
¡otro nuevo y maravilloso método!
OMRAAM
Bonfin, 23 de agosto de 1967 ___________________________________________________________________________
* Ver la conferencia: “Hay varias moradas en la casa de mi Padre” (Tomo IX).
