Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

viernes, 3 de abril de 2020

EL ÁRBOL DE LA VIDA



El cielo y la tierra representan una unidad, no están separados, y en el ser humano tampoco: el cielo es la cabeza y la tierra es el vientre. El cielo es, pues, la parte espiritual del hombre, y la tierra sus manifestaciones. En el lenguaje de los Iniciados, el lenguaje de los símbolos eternos, un “nuevo cielo” quiere decir unas ideas nuevas, una comprensión, una percepción, una filosofía nuevas, y una “nueva tierra” significa unas actitudes nuevas, unos comportamientos nuevos; en definitiva, otra forma de pensar y otra forma de vivir. La cabeza está en el cielo y los pies en la tierra. Los pies se mueven en función de la cabeza, porque los pies corren allí donde la cabeza tiene ya algunos proyectos. Así pues, el comportamiento, la conducta, la forma de actuar, cambiarán debido a la cabeza, es decir, a la nueva filosofía. Este nuevo cielo que Dios está creando ¿es verdaderamente nuevo? No, ya está ahí desde la eternidad, pero será nuevo para los humanos. Está ahí, pero no lo ven, y será nuevo para ellos porque un día, de repente, lo descubrirán. 

Un nuevo cielo y una nueva tierra... En realidad, ni siquiera sabemos lo que significa la palabra “nuevo”. Consideremos un río, su nombre siempre es el mismo: Sena, Danubio o Támesis, pero el agua que fluye es siempre nueva. Y el sol también es siempre nuevo, porque sus emanaciones, sus radiaciones, son siempre diferentes. Lo que es nuevo es la vida, el contenido; cuando vamos mucho más arriba para entrar en el contenido, en la vida, encontramos que es nuevo sin cesar. El nuevo cielo y la nueva tierra significa, pues, que los humanos irán más arriba, a un lugar en donde descubrirán lo que siempre ha existido, pero que ellos nunca habían visto. Es como el sol, está ahí desde siempre, pero todavía no lo han comprendido. Puesto que no se alegran, que no lo contemplan, que no quieren llegar a ser como él, es que no lo han descubierto y que viven todavía en el antiguo cielo, viejo, carcomido, mohoso. La nueva tierra será la forma de comportarse, de actuar, una nueva forma de alimentarse, de respirar, de mirar, y ya se acerca. Pero todo debe empezar por el nuevo cielo, es decir, por el sol: ver primero qué luminoso es el sol, qué caluroso, vivificante, bello, puro, grande, poderoso, generoso, y cómo están representados en él todos los esplendores, todas las cualidades, todas las virtudes. ¡Este es el nuevo cielo que va a venir hacia los humanos! 

Y el sol nos hará descubrir este nuevo cielo, que siempre ha estado ahí y en el que habitan los Iniciados, los grandes Maestros, los Profetas que han dejado la Tierra, en el que habitan también los Angeles, los Arcángeles, las Divinidades, este cielo al que Jesús llamaba “la casa de mi Padre”.* Muchos seres habitan en este cielo, que no puede ser cambiado, mejorado o renovado, porque ya se renueva sin cesar, nunca es el mismo. Y ocurre igual con el sol, nunca es el mismo, porque esta energía, esta luz, este calor, esta vida que fluye a través de él es siempre nueva, siempre nueva. Y veamos ahora, ¿ acaso podemos vivir en el sol? Claro, desde hoy mismo, cada día podéis estar en él: cada vez que alimentáis pensamientos y sentimientos puros, que decidís trabajar para un alto ideal, ya estáis en este cielo nuevo, y este cielo nuevo conlleva obligatoriamente una nueva tierra. Porque aquél que abraza una filosofía sublime se ve obligado a cambiar su comportamiento, su forma de actuar. Todos los métodos que estáis aprendiendo aquí relativos a la nutrición, la respiración, los gestos, la palabra, esto es la nueva tierra. Sí, y la nueva tierra nos obliga a tener otra actitud hacia toda la creación. El invierno pasado en Videlinata traté un poco esta cuestión. 

Os decía: “¿Queréis que os muestre una partícula pequeñita de la nueva tierra? Mirad: salgo de mi chalet para ir a la sala de conferencias... Miro al sol, miro las montañas, el lago, el bosque, la nieve que centellea, y me dirijo a ellos, así como a los seres luminosos de la naturaleza, les digo qué bellos son y les saludo con la mano. Este comportamiento no está extendido entre los humanos, porque para ellos todo está muerto, la naturaleza está vacía, así que ¿para qué saludarla?... Están en la antigua tierra, ni siquiera hacen un gesto de amistad a la creación, y sin embargo, ¡si supiesen todo lo que este gesto puede desencadenar y poner en marcha! En la nueva tierra os sentís protegidos, acunados por toda la creación, porque reconocéis que está viva, que es consciente, y la saludáis. Sí, pero para hacer este gesto debemos cambiar nuestro estado de conciencia, vivir en el nuevo cielo... Y nuestro planeta, la Tierra, esta pequeña mota de polvo insignificante, ha necesitado miles y miles de millones de años para llegar a su estado actual; ella también cambia y se transforma, su cuerpo etérico nunca es el mismo, está en contacto permanente con el sol y las estrellas que le dan elementos siempre nuevos, y un día, a fuerza de trabajo, se volverá transparente, cristalina, límpida y brillará como el sol. 
De momento la Tierra es un fruto todavía ácido, pero el sol la hace madurar con su calor. Algún día será un fruto maravilloso, como el sol, porque el sol es su padre y los hijos acaban siempre pareciéndose a sus padres. 

De momento la tierra es una niña pequeñita, pero algún día, brillará como su padre, el sol. En esta época, los humanos vivirán en otros planetas, ya no habitarán en la tierra, se la dejarán a los animales que serán educados, instruidos, cuidados. Sí, los animales serán más inteligentes, más bellos, más expresivos, ¡y algunos hasta tocarán el piano, escribirán libros y harán unos discursos formidables!... Una nueva luz va a venir, mis queridos hermanos y hermanas, y todo estará lleno de vida, todo será claro, luminoso, armonioso... En esta nueva tierra ya no se verán más peleas, revoluciones ni guerras, habrá tal armonía, tal unidad entre los hombres, que formarán todos una sola familia, y en todas partes reinarán la fraternidad y la paz. Pero antes de que esto suceda, ya os dije a través de qué catástrofes, de qué tornados va a pasar la humanidad, ¡y todo esto se acerca! Después todo se calmará, y aquéllos que estén vivos verificarán la veracidad de mis palabras. De momento, utilizad los nuevos conocimientos que habéis recibido para perfeccionaros. Han sido unas palabras sobre el nuevo cielo y la nueva tierra. Ahora debéis entrar en el nuevo cielo, es decir, aceptar la nueva filosofía y aplicarla; y la aplicación, justamente, es la nueva tierra... Pero, ya veis, debemos comprender estas cosas simbólicamente porque, si no, nada tiene sentido. 

Ocurre como con las profecías de los Evangelios. Algunos cristianos esperan que el sol se oscurezca, puesto que Jesús dijo: “El sol se oscurecerá, la luna ya no dará su claridad, las estrellas caerán del cielo.” Reflexionando, encuentro que nuestra pobre y pequeña Tierra es tan minúscula que ni siquiera habrá sitio para que caigan encima de ella. Una sola estrella ya es miles de veces más grande que esta tierra sobre la que caerá, ¡qué pasaría si todas cayesen al mismo tiempo!... Habrá una señal, ya sabéis, y caerán todas juntas para complacer a los ignorantes. Nunca, jamás; las estrellas se quedarán donde están. Ni siquiera están al tanto de la existencia de una mota de polvo que se llama Tierra, en donde unos pequeños microbios discuten de religión y de filosofía: ¿por qué tendrían que caerle encima? Las estrellas no caerán, pero, simbólicamente sí, caerán muchas estrellas. ¿Y cuáles son estas estrellas? Los hombres famosos, que están puestos sobre pedestales, cuando no lo merecen. Con el nuevo cielo y la nueva tierra, les dirán: “¡Fuera, marchaos, estáis llenos de moho!” Y el sol que se oscurecerá alude a esta filosofía humana que, supuestamente, ilumina a los hombres; se oscurecerá, es decir, ya no podrá resolver los nuevos problemas que presente la vida. Así pues, este sol al que los humanos se han aferrado, se oscurecerá. En cuanto a la luna, representa las creencias religiosas; éstas perderán su claridad, porque son nebulosas y vagas, y ya no bastarán. 

Estas son las predicciones de Jesús, pero no se referían al sol, a la luna y a las estrellas que están en el cielo. La prueba es que los cálculos de todos los supuestos profetas y profetisas nunca se han verificado. Yo también he recibido algunas cartas de profetisas que me anunciaban que en tal fecha el sol se oscurecería, etc... y que todo se habría acabado. Y yo sonreía porque sabía, claro, que era falso... Y cuando había pasado la fecha, recibía nuevas cartas de la profetisa en las que me decía que se había equivocado en sus cálculos, pero que ahora había encontrado la verdadera fecha. 
Y yo seguía sonriendo. ¿Qué cuesta sonreír?... Pero de nuevo, en la fecha prevista, no pasaba nada, y llegaban nuevas cartas... ¿Cómo es posible que los cristianos estén aún en eso? Algunos todavía esperan la llegada de Cristo sobre las nubes, y desde hace dos mil años todavía no ha venido. ¿Por qué tarda tanto? Pueden esperar aún, y hasta les aconsejaría que cantasen, como Tino Rossi: “Esperaré...” Están esperando, por eso no se ponen a trabajar: porque esperan. Y cuando llegue el día de la venida del Señor, harán desfiles con bandas militares cantando: “El Señor ha llegado, ¡despertaos!” ¡Y cuántos pavos, pollos y corderos serán sacrificados para festejar la llegada de Cristo! 

¡Sólo hay que ver en Navidades, en Año Nuevo, y en Pascua, la cantidad de estos pobres animales que son sacrificados para llenar los estómagos de los cristianos!... Yo no espero a Cristo, porque ya ha venido. Sí, ha venido, viene, y vendrá. Ya ha venido para los sabios, para los Iniciados; viene para los discípulos; ¡y vendrá, no se sabe cuándo, para los demás, que no comprenden absolutamente nada! Quisiera deciros ahora unas palabras sobre el injerto espiritual. Pero antes, acordaos de lo que os expliqué en relación con las improntas y los clichés. Os dije que cuando ensayáis un fragmento musical, por ejemplo, o cuando aprendéis un texto de memoria, no debéis precipitaros en hojear esta partitura o este texto. Todo se imprime en la materia del cerebro, igual que las letras en el papel de imprenta, y debéis, por tanto, estar muy atentos para formar impecablemente el primer cliché en el cerebro. Si cometéis un error en alguna parte, debido a la rapidez o a la falta de concentración, este error se reproducirá siempre en el mismo sitio. Cuando echamos un vistazo a la vida de los humanos vemos que no son grandes psicólogos: se precipitan sobre las cosas o sobre los seres, sin atención, sin delicadeza ni precisión, y así cometen errores que repiten toda la vida. 

Después hacen esfuerzos para remediarlos, pero en vano, las mismas tonterías, las mismas debilidades, los mismos vicios se repiten eternamente. Y al final, cuando ven la inutilidad de los esfuerzos que han hecho para corregirse, para reparar, están decepcionados, desanimados, y algunos hasta se suicidan. ¿Por qué este fracaso? Porque son ignorantes; no conocen la estructura del ser humano y las relaciones que existen entre sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos, y debido a esta ignorancia no logran corregirse. Los clichés se graban en el cerebro bajo una forma etérica, y por tanto invisible. Pero lo comprenderéis mejor si os doy un ejemplo. ¿Qué es una semilla? Un cliché. No veis el trazado de las líneas de fuerza, pero poned la semilla en la tierra y regadla: el sol la calentará y pronto veréis aparecer un brote, un tallo... Todo estaba ya dibujado en el interior de la semilla por una mano muy inteligente; porque, de lo contrario, ¿cómo explicar esta proporción, esta medida, toda esta belleza de una planta, si no hubiese un cliché escondido en la pequeña semilla, cuyas líneas de fuerza canalizan las energías? De la misma manera, si ciertos humanos se sienten impulsados siempre a cometer tal o cual crimen, es porque hay unos clichés depositados en ellos que, como líneas de fuerza, les impulsan en esta dirección. 

Al principio, no se sabe cuándo, quizá en esta vida o en una vida anterior, tuvieron un pensamiento, un sentimiento o hicieron un gesto que se grabó en la materia etérica del cerebro; y una vez grabado el cliché, repiten siempre este gesto o este sentimiento, porque la naturaleza es fiel. Si empezáis a meter la mano en los bolsillos de alguien, pronto ya no podréis luchar, siempre tendréis el deseo de hacer investigaciones geográficas en los bolsillos de los demás. A eso lo llaman cleptomanía... ¡porque ahora todos los vicios reciben nombres científicos! Como este hombre que fue a ver un médico: “Doctor, dijo, no me siento bien, explíqueme lo que me ocurre, pero digámelo claramente, ni en griego ni en latín, para que lo comprenda”. El médico lo examina unos minutos, le hace unas preguntas, y después le da el diagnóstico: “Bien, Vd. es un borracho y un glotón, eso es todo. - ¡Vaya!, exclama el paciente, ¡dígamelo ahora en griego o en latín para que se lo pueda repetir a mi mujer!” Todo el mundo quiere hacer todo tipo de experiencias: ver, oír, gustar, tocar; es la moda. Hay que experimentarlo todo: los placeres, las pasiones, las locuras, y una vez que ya se han habituado, una vez que ya se ha grabado el cliché, ya no pueden corregirse. Sin embargo, existe una ciencia que debemos conocer para poder, no sólo poner remedio a nuestros defectos, a nuestras pasiones, a nuestras tendencias inferiores, sino para sacar provecho de ellos. 

Esta ciencia es la del injerto. Sabéis que los hombres encontraron esta técnica para obtener de los árboles mejores frutos. Por ejemplo, a un peral salvaje muy vigoroso, pero que sólo produce frutas ásperas, le injertáis un brote de un peral de excelente calidad: de esta manera, el buen árbol aprovechará el vigor del árbol salvaje y tendréis unas peras magníficas. Los humanos se han hecho expertos en estas técnicas, pero cuando se trata del terreno psíquico o del terreno espiritual, ya no son tan capaces ni tan diestros. Vemos a grandes sabios, grandes escritores, artistas, filósofos, hombres políticos, perseguidos por ciertos vicios, por ciertas pasiones de las que no pueden desembarazarse. ¡Cuántos artistas muy dotados, incluso geniales, bebían, se drogaban, se arruinaban con el juego o con las mujeres! No los citaré... Murieron con estas debilidades. Si hubiesen conocido las leyes del injerto, habrían podido injertar cualidades y virtudes sobre estas debilidades. Pero ¿cómo proceder? Suponed que tenéis un amor muy sensual. 

Es una fuerza salvaje, formidable, irresistible. Podéis hacer un injerto sobre él, pero para ello debéis encontrar una rama de otro amor, puro, noble, elevado... e injertarla. Entonces, las savias que produce vuestra naturaleza inferior subirán, circularán a través de estas ramas, es decir, de estas huellas, de estos circuitos nuevos, dibujados en vuestro cerebro, y producirán unos frutos extraordinarios, un amor prodigioso que os aportará unos éxtasis y unas inspiraciones increíbles. Y si tenéis una vanidad espantosa que os chupa todas vuestras fuerzas, todas vuestras energías, también podéis injertar sobre ella una cualidad. En vez de buscar siempre la gloria ante el mundo, ante los bobos, ante los imbéciles, trabajáis deseando la gloria, pero ante el Cielo, una gloria divina, inmarchitable, que no se extingue nunca. Si sois coléricos, puede que hayáis destruido ya varias amistades y estropeado buenas condiciones para vuestro futuro. Pues bien, esta fuerza brutal que estalla como un trueno también podéis transformarla, sublimarla, haciendo un injerto, y entonces os volvéis infatigables para luchar, para guerrear, para combatir y vencer todo lo que es inferior, y os convertís en un soldado de Cristo, en un servidor de Dios, invencible. 

En vez de destruir lo que es magnífico, vuestra fuerza marcial os ayudará a construir. Basta con encontrar injertos. Diréis: “En la historia existe tal héroe, tal santo, tal profeta que admiro y me inspira. En él encontraré estos injertos.” Sí, es posible, pero como ya están lejos en el pasado, no podréis hablarles ni entrar en relación con ellos como con un ser vivo. O incluso, si entre los hombres vivos que conocéis escogéis a un amigo, a un filósofo, a un artista al que admiráis, está bien, pero los injertos serán siempre un poco dudosos, porque estos seres tienen siempre algunas debilidades, algunas insuficiencias, y no son absolutamente fuertes, poderosos, generosos, luminosos y calurosos. Sólo existe una criatura que supera todo lo que podamos imaginar en inteligencia, amor, poder, generosidad, inmortalidad, y que tiene un gran almacén de distribución de injertos: es el sol. A él debéis dirigiros para procurároslos. De ahora en adelante, cuando contempléis la salida del sol, le diréis: “Querido sol, verdaderamente soy demasiado tonto, no comprendo nada, y cuando debo decir algo, farfullo, no me suceden más que desgracias; pero tú, que eres tan luminoso, que iluminas toda la Tierra, dame unos injertos de tu inteligencia”. Y os los dará gratuitamente, ¡os lo aseguro! Y entonces los injertaréis, en el cerebro. 

Podrá enviaros incluso a un experto si no sabéis cómo hacerlo. Después podréis pedir un injerto de amor, de salud, de vitalidad, o de cualquier otra cualidad... Todo está en el sol, podéis pedirle todos los injertos que queráis. Pero no los pidáis todos al mismo tiempo, sino uno tras otro, porque si no, mientras que os ocupéis de uno, los demás se secarán y morirán Varios de vosotros os preguntáis si hablo en serio... Sí, hablo en serio, porque todo lo que os digo lo he verificado durante años; todo lo que conozco lo he practicado primero en mí mismo. Y todavía no os lo he dicho todo sobre esta cuestión, pero lo que yo no os diga, el sol os lo revelará. El sol es el que me ha comunicado todo lo que conozco. Estáis asombrados de saber que el sol puede hacer revelaciones, ¡pero es la verdad! Un gran Maestro puede daros algunos injertos; es posible, porque es un representante del sol, pero ningún Maestro puede compararse con el sol. Un hombre, claro está, puede parecerse al sol, en cierta medida, cuando su inteligencia empieza a irradiar, cuando salen de él colores luminosos, cuando su corazón arde de amor, cuando por todas partes a su paso anima, resucita y vivifica a los seres... Pero el sol alimenta a la Tierra entera; gracias a él todo crece y madura, anima a todas las criaturas, les da la vida, les hace moverse. 

El poder de un Iniciado no puede llegar tan lejos, aunque sea benéfico para los humanos; nadie puede compararse con el sol. Comprendedme bien, mis queridos hermanos y hermanas, únicamente los rayos del sol son capaces de reemplazar en vosotros todo lo que está gastado, es impuro o tenebroso; pero debéis aprender a recibirlos. Si os abrís a ellos con todo vuestro corazón, empiezan a trabajar: reemplazan al hombre viejo en vosotros y sois regenerados, renovados, resucitados; vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, vuestros actos, todo es diferente. Unicamente los rayos del sol son capaces de producir esta transformación en vosotros, nada más. Desgraciadamente, los humanos, que experimentan sensaciones formidables cuando comen, cuando fuman o se abrazan, no sienten nada cuando están delante del sol. Esto es así porque se encuentran en un nivel de vibraciones demasiado bajo; por ello todo lo que es inferior les impresiona, actúa sobre ellos, mientras que los rayos del sol les dejan indiferentes. Pero cuando el discípulo avanza, cuando evoluciona, se vuelve más sensible a los rayos del sol, y éstos producen en él revelaciones, éxtasis, sensaciones verdaderamente celestiales. Todo esto es, una vez más, algo completamente nuevo; la psicología todavía no ha descubierto que depende de nosotros el hecho de que los rayos del sol produzcan en nuestra alma, en nuestro corazón, fenómenos de la mayor importancia que pueden regenerarnos, resucitarnos. Pero, claro, debemos prepararnos, porque, si no, seguiremos estando siempre fuera del sol. Debemos prepararnos con varios días de antelación, con meses de antelación, para estar tranquilos, libres, lúcidos, y sentir lo que son los rayos del sol, qué poderosos son, qué puros y divinos. Yo he estudiado la naturaleza de los rayos del sol y he visto que eran como pequeños vagones llenos de víveres con todo lo que se necesita para comer, para beber, para comprender, para ser felices, inteligentes, activos. 

Pero los humanos, que están dormidos, que son ignorantes, los dejan pasar, y después gritan: “Tengo hambre, tengo sed, ¿quién viene a ayudarme?” Y, sin embargo, ¡había de todo en estos rayos de sol! ¡Y si conocieseis a los que los envían!... Sí, porque en el sol habitan unos seres que son muy superiores a nosotros; nos miran, a veces nos sonríen, y se dicen entre sí: “¡Oh! Mira a fulano o a mengano, ¡qué curioso es!...” No, no hacen esto porque son muy educados; pero yo sé lo que dicen porque los escuché un día, y decían: “Mirad a estos pequeñitos en la Roca. De momento no son gran cosa pero más tarde se convertirán en divinidades”. Sí, ¡tienen una esperanza, una fe y un amor extraordinarios! Son los únicos que creen que llegaremos a ser divinidades. Aquí en la Tierra, nadie lo cree, pero ellos sí lo creen. También les oí que decían: “Es bonito verlos en la Roca, han venido por nosotros. Están un poco adormecidos, no saben que les sonreímos, que les distribuimos regalos, no se dan cuenta; están inmersos en sus cosas: cómo han comido, bebido, cómo se han peleado o cómo se han abrazado, ¿qué hay que hacer para llamar su atención?... Pero hay esperanzas. De momento no están muy a punto, pero cuando crezcan se convertirán en divinidades”. Y son felices con esta esperanza. ¿No me creéis?... ¡Pues id a verificarlo! Son los únicos que creen que algún día llegaremos a ser verdaderos hijos de Dios. Tenéis que saber todo esto. Pero debéis prepararos; es la preparación lo que nunca está a punto. 

Cuántas veces os lo he dicho: “Preparaos para la salida del sol,acostaos la noche anterior con este pensamiento de que a la mañana siguiente veréis al Señor mismo a través del sol”. Pero no, no, no os preparáis, por eso pasan los años y no habéis comprendido nada, no habéis descubierto nada, ¡y sin embargo habéis mirado al sol! Desde hace mucho tiempo deberíais haber descubierto el sentido de la vida mirando al sol, porque él es el único que puede abriros los ojos sobre el sentido de la vida, el único. ¿Y sabéis, mis queridos hermanos y hermanas, qué es lo que me permite avanzar, hacer progresos?: que cada mañana constato que todavía no he comprendido nada de la grandeza del sol. Cada día me digo: “Ayer creía conocer al sol y hoy me doy cuenta de que no he comprendido nada; es hoy cuando empiezo, por fin, a conocerlo.” Y al día siguiente, me digo lo mismo. Mientras que vosotros decís siempre: “Esto ya lo conozco, ya se sabe, ¡hay que archivarlo!” Sí, cada día encuentro que todavía no he captado nada de esta inmensidad, de este esplendor del sol. Cuando empezamos a pensar que ya no nos queda nada por conocer, nada por descubrir, nos estancamos, nos dormimos, y se acabó. Nunca debemos actuar así, siempre debemos decirnos: “Hoy es la primera vez que lo veo, hoy voy a empezar a comprenderlo”. Y así avanzáis, avanzáis... Ya veis ¡otro nuevo y maravilloso método! 

OMRAAM

Bonfin, 23 de agosto de 1967 ___________________________________________________________________________

* Ver la conferencia: “Hay varias moradas en la casa de mi Padre” (Tomo IX).