Bienvenidos a Ejercicios y Encuentros con El Sol, un espacio, basado en las enseñanzas de los Maestros Peter Deunov, y Omraam Mikhaël Aïvanhov Esfuércense en tomar cada vez más conciencia de que, cuando van a asistir por la mañana a la salida del sol, tienen grandes posibilidades para avanzar en su trabajo espiritual. Deben dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. Aquellos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de ustedes me han dicho que iban a la salida del sol sin resultado alguno, porque les asaltaban continuamente pensamientos desordenados que les impedían concentrarse! Pero, si toman en serio los ejercicios que les doy, tendrán resultados. Con la voluntad deben llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tienen dentro, hacer vibrar todas sus células al unísono con su ideal, en una única dirección. Si no, serán débiles, estarán expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tienen con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía.

lunes, 19 de agosto de 2019

Subid por encima de las nubes


La séfira Tiphéret

Cuando el cielo está despejado vemos el sol; cuando el cielo está cubierto de nubes permanece oculto; pero si subimos en avión hasta mil metros de altura o más, nos encontramos por encima de las nubes, y allí el sol brilla siempre, nunca está oculto... Nada hay más sencillo y evidente que esto, hasta es infantil, pero vais a ver cómo se pueden interpretar estos fenómenos. Desde el punto de vista esotérico, en el terreno de las correspondencias, las nubes no son otra cosa que pensamientos y sentimientos opacos, densos y apagados, que cuando pasan a través de nuestro corazón y de nuestro intelecto nos ocultan el sol. Un sol brilla siempre dentro de nosotros, un sol que es Dios mismo, la fuente de la vida, la fuente de la luz... Siempre está ahí, en el fondo de nosotros, en el centro de nuestro ser; pero no lo vemos, ni lo sentimos, estamos en las tinieblas, tiritamos, estamos casi moribundos... Sí, en el hombre existen ciertas regiones en las que nubes espesas ocultan el sol casi todos los días, porque no sabe cómo elevarse hasta las regiones límpidas y soleadas. Debe, pues, encontrar el medio de subir por encima de las nubes y de quedarse allí, para ser independiente y libre, porque de lo contrario se verá obligado a esperar mucho tiempo hasta que las nubes se disipen para poder, por fin, calentarse, iluminarse, alegrarse. 

Las criaturas tienen diferentes condiciones atmosféricas en su fuero interno, y sus pensamientos, sus sentimientos, su manera de vivir son tales que su cielo está, a menudo, cubierto de nubes muy espesas que impiden que los rayos del sol espiritual penetren en ellos. Viven así en el frío y en la oscuridad y se lamentan; no reciben las bendiciones del sol porque se quedan demasiado abajo. Un verdadero discípulo es consciente de esta situación. Sabe que a veces el aire está lleno de polvo, de humaredas y de brumas espesas, y que otras veces es límpido y claro. Como lo habéis visto esta mañana, por ejemplo, ¡qué radiante era el sol!... Si sabéis cómo mirarlo, cómo conectaros con él, cómo abrir vuestras puertas y vuestras ventanas, estaréis en éxtasis. En estas condiciones de limpidez, de claridad, de paz, tenéis la posibilidad de ver las cosas claras dentro de vosotros mismos para resolver muchos problemas. Empezáis a comprender cómo habéis perdido, hasta ahora, vuestro tiempo y vuestra salud; cómo, al extraviaros, os habéis vuelto egoístas, rebeldes, dispuestos a pelearos con todo el mundo... Después, poco a poco, encontráis las causas, las razones... y comprendéis que, si cambiáis, si pensáis y vivís de otra manera, si os abandonáis a esta luz divina y la dejáis trabajar en vosotros, todo tomará otro aspecto, todo se volverá claro, límpido y maravilloso. 

El aire corresponde al plano mental, al intelecto, y cuando nuestro intelecto se oscurece debemos buscar la causa de este oscurecimiento. En la naturaleza las nubes están formadas por vapores que suben del agua de los lagos, de los ríos, de los mares... El agua representa el plano astral, el corazón, los sentimientos, y cuando la evaporación es excesiva, es decir, cuando el hombre se deja llevar demasiado por el sentimentalismo y la emotividad, estos estados producen en él nubes que ocultan el sol. ¿Qué debe hacer entonces? En primer lugar, comprender que debe purificar su atmósfera, su cielo, su aire, y en vez de quedarse ahí, inactivo, concentrarse para dispersar sus nubes, pedir que desaparezcan, o bien elevarse hasta muy arriba, hasta las regiones en donde reina la claridad. 
En general, los humanos no piensan en hacer esfuerzos para cambiar de región, se contentan con ser desgraciados, esperan que sean los acontecimientos los que cambien; así, evidentemente, las nubes siguen ahí, ¡y pueden seguir durante años! Mientras que el discípulo, en cambio, dice a las nubes: “Me importa un comino que estéis o no ahí; ¡yo subo!” Y sube, nadie puede impedírselo. Y ahí lo tenéis, por encima de las nubes... Allí siempre brilla el sol. 

Eso significa que por encima de vuestras tribulaciones, de vuestras agitaciones, de vuestros lloros, de vuestras desgracias, siempre podéis encontrar al Señor. Siempre está presente allí, muy arriba, en un lugar que debéis descubrir vosotros; haced algo, pues, para acercaros a Él... Cuando era muy joven ya me gustaba ya hacer ciertos ejercicios. Un día estaba con unos amigos en la cima del Moussala, había una niebla muy espesa y no veíamos ni los lagos de Rila, ni las montañas, nada. Apenas nos veíamos entre nosotros. En un momento dado, para divertirme, dije a mis amigos: “Escuchad, si queréis os mostraré un trozo de paisaje. – Ah, dijo uno de ellos, yo quiero ver el tercer lago” (ya no me acuerdo si dijo el tercero o el quinto). Yo había subido tantas veces al Moussala que me sabía la posición de todos los lagos y de las cadenas de montañas: Pirine, Rhodope... Entonces, tendí la mano en dirección al lago, la niebla se apartó y el lago apareció. Todos gritaron asombrados. Retiré la mano y, al cabo de unos momentos, el lago se ocultó de nuevo con la niebla... Luego, alguien quiso ver las montañas de Macedonia. Tendí la mano en su dirección, y de nuevo la niebla se apartó y las montañas aparecieron... Y después, lo mismo con el sol... Mis amigos estaban asombrados y ese día comprendieron el poder del pensamiento. 

Lo que os cuento es verdad, yo sé que el mundo invisible me escucha y que no puedo engañaros. Si podemos actuar sobre la niebla y las nubes exteriores, ¡cuánto más podemos hacerlo sobre la niebla y las nubes interiores! Cuando sintáis que ciertos pensamientos negativos asaltan vuestro “cielo”, disminuyen vuestra fe o vuestro amor, y os impiden ver el esplendor de Dios o el esplendor de la Enseñanza, o incluso el valor de vuestro instructor, concentraos, enviad los rayos luminosos más puros en dirección a estas nieblas, y veréis que poco a poco se producirá una limpieza, una purificación, una claridad, y daréis gracias al Cielo. Bueno, han sido unas palabras para incitaros a trabajar cada vez mejor. Gracias al pensamiento subimos por encima de las nubes. 
El pensamiento es como un cohete, o un rayo de luz. Con vuestro pensamiento apuntáis hacia un punto: la fuente de vida, el sol eterno, apuntáis hacia vuestro centro interior, os concentráis en el Señor... Unos minutos después, el pensamiento traspasa las nubes, por espesas que sean, y llegáis allá arriba, os bañáis en la limpidez. Evidentemente, cuando os hablo del sol sólo toco una parte de la realidad; no sólo existe el día, también existe la noche. 

Cuando el sol se ha puesto, si la noche es clara, vemos la inmensidad, el espacio con miles de estrellas, de constelaciones... Es el infinito, la riqueza, el esplendor... Mientras que cuando aparece el sol, oculta el espacio, nos cierra la inmensidad, limita nuestra visión al mundo material, visible. ¿Cómo resolver este problema? Por un lado el sol nos muestra un mundo real, aporta la visión clara y precisa, lo vivifica y delimita todo; pero, por otra parte, cuando no está ahí, deja paso a la inmensidad, y esta inmensidad, que es de una riqueza prodigiosa, da al alma y al espíritu la posibilidad de viajar y de perderse en el infinito. ¿Acaso no nos muestra el sol toda la verdad?... Pero dejemos todo eso para otra ocasión. Reflexionad sobre ello. A veces se ha hecho de la noche el símbolo del mal, y del día el símbolo del bien. Sin embargo, a menudo es por la noche cuando los Iniciados trabajan, meditan, rezan, y cuando, en el pasado, hacían pasar a sus discípulos las pruebas de la Iniciación. La noche no es, pues, tan mala. 

Es cierto que cuando hablamos de “tinieblas” sobreentendemos el mal, la ausencia de inteligencia, de amor y de bondad; pero la noche es otra cosa, y la luz del espíritu puede brillar durante la noche, lo mismo que las tinieblas pueden reinar durante el día: todo depende del estado de conciencia. El día y la noche son dos símbolos diferentes de la manifestación divina. Dios, o la verdad, se manifiestan de noche lo mismo que de día, pero bajo un aspecto diferente. Muchas fuerzas tienen necesidad de la oscuridad para trabajar: el niño que debe nacer, la semilla que va a germinar, empiezan a crecer en la oscuridad. Debemos, por tanto, saber trabajar también con la noche. ¡Ah! ¡Qué condiciones maravillosas de paz, de silencio, de dulzura para fundirse en el espacio!...Os acostáis en la hierba una noche de verano, cuando todo el mundo duerme y, en el silencio apenas turbado por el canto de los grillos y de algunas ranas, miráis, allá arriba, esta inmensidad de estrellas... Tratáis de comprenderlas, de buscar lo que son estos mundos, qué entidades, qué inteligencias los habitan... Porque es imposible que, entre todos los mundos creados, sólo esta mota de polvo que es la tierra esté poblada... poblada de pequeños pigmeos que filosofan mañana y tarde, o de teólogos que se preguntan cuántos diablos pueden caber en la cabeza de un alfiler o ¡qué hicieron con el prepucio de Jesús después de la circuncisión! ¿Veis que cuestiones más interesantes? 

Estáis, pues, acostados en la hierba, y tratáis de encontrar vuestra estrella preferida, aquélla con la que tenéis más afinidades, y la amáis, os conectáis con ella, os imagináis que vais hacia ella, o que ella viene a hablaros... Entonces, todas vuestras miserias, vuestros pequeños dramas, vuestras pequeñas pérdidas, os parecerán tan insignificantes que encontraréis estúpido lamentaros por tan poca cosa. Frente a esta inmensidad en donde todo es solemne, majestuoso, ¿por qué pararse en mezquindades y alertar al mundo entero? Algunos astrónomos reconocieron que sus trabajos habían cambiado completamente su punto de vista: los problemas, las preocupaciones, las luchas de la vida perdían importancia y se asombraban de que los humanos pudiesen hacer tantas historias por tan poco. Si tenéis la posibilidad, os aconsejo que hagáis estas experiencias... ¡y hasta que os durmáis bajo las estrellas! Cuando era muy joven, a veces dormí en la cima del Moussala. ¡Era formidable! Con un hermano, subíamos hasta muy arriba, por encima del campamento de la Fraternidad. 

Había nieve y hielo, pero esto no nos detenía; nos envolvíamos enteramente con algunas mantas dejando fuera solamente los dos ojos, y mirábamos, ¡mirábamos!... Estábamos en comunicación con el cielo... Y yo no comprendía todo lo que me decían las estrellas, no lo comprendía, pero las amaba, las amaba, toda mi alma estaba maravillada... Centelleaban, me guiñaban el ojo, y yo también, finalmente, les guiñaba el ojo y me dormía... A la mañana siguiente me despertaba completamente cubierto de nieve; entonces me sacudía, bajaba al campamento, me lavaba ¡y me iba a la salida del sol! La noche, el día... Unía a las dos en un mismo trabajo. Y ahora empiezo a comprender que estas estrellas me cuchicheaban cosas que quizá no haya descifrado aún, pero que mi alma captaba, grababa, cuyas huellas ha conservado. Sólo más tarde, poco a poco, empezamos a comprender todas las revelaciones de las estrellas. Esforzaos en tomar cada vez más conciencia de que, cuando vais a asistir por la mañana a la salida del sol, tenéis grandes posibilidades para avanzar en vuestro trabajo espiritual. Debéis dejar a un lado todas las nubes: las aprensiones, los rencores, los deseos, las codicias, a fin de estar disponibles para hacer un trabajo formidable. 

Aquéllos que son capaces de liberarse de las nubes, son capaces de remover el cielo y la tierra, son creadores de la vida nueva y el Señor les aprecia. ¡Cuántos de vosotros me habéis dicho que ibais a la salida del sol sin resultado alguno, porque os asaltaban continuamente pensamientos desordenados que os impedían concentraros! Pero, si tomáis en serio los ejercicios que os doy, tendréis resultados. Con la voluntad debéis llegar a dominar, a yugular todas las fuerzas anárquicas que tenéis dentro, hacer vibrar todas vuestras células al unísono con vuestro ideal, en una única dirección. Si no, seréis débiles, estaréis expuestos a todos los vientos, a todas las penas, las tristezas, las tribulaciones. A veces nos encontramos con gente para la que se diría que nunca ha salido el sol. Si, por fin, unos rayos vienen a iluminar su horizonte, ahí les tenéis con un gozo delirante; pero todo eso no dura, y de nuevo se ensombrecen, se apagan. Es porque no han querido cambiar su filosofía. Y si considero de nuevo la fórmula de los Iniciados egipcios: “Saber, querer, poder (yo digo a menudo “osar”, pero es lo mismo), y callarse”, la interpreto así: saber significa saber que hay un sol, pero que también hay nubes y que debemos disiparlas. Querer significa amar al sol y desear llegar a él. 

Poder significa movilizar todas las fuerzas de la voluntad para osar emprender el trabajo: hacer un gesto, pronunciar una fórmula, algo que marque un desencadenamiento de la voluntad. “Saber” concierne al plano mental, “querer” al plano astral, “poder” al plano físico, y debemos, por tanto, hacer descender el saber y el querer hasta el plano físico. Muchos espiritualistas se quedan tanto en los planos del pensamiento y del sentimiento que se muestran impotentes para realizar, aunque sólo sea con la palabra. Sin la palabra, los pensamientos y los sentimientos tienen dificultades para realizarse en la tierra, en el plano físico, porque les falta un vehículo, un cuerpo; y hasta pueden producir trastornos psíquicos graves si los acumulamos durante demasiado tiempo sin darles forma. Pero en cuanto llegamos a darles la posibilidad de manifestarse, pronunciando ciertas palabras apropiadas, éstas hacen mover inmediatamente las partículas, los átomos de la materia, porque el sonido actúa poderosamente sobre la materia, y esto ya es un principio de realización. La palabra tiene un gran poder que puede ser comparado con el de una firma debajo de un acta, de un pedido o de un contrato: sin una firma, ya lo sabéis, un acta oficial no es válida. 

Os he hablado, A menudo os he hablado del Árbol sefirótico, y en particular, de la séfira más cercana a la tierra, Iésod, que es el dominio de la Luna. Esta es una región muy misteriosa, muy rica, pero también muy peligrosa, porque sus capas inferiores están formadas por todos los vapores, las emanaciones y las brumas que suben de la tierra, de los humanos. Si logramos pasar esta zona crepuscular en donde se encuentran las ilusiones, las aberraciones, las mentiras, todo lo que es tenebroso, inquietante y engañoso, para llegar a la parte alta de la séfira, descubrimos la pureza, la limpidez, la vida, la clarividencia, la verdadera poesía... Muchos mediums, videntes, y hasta místicos, pero también muchos poetas, han chapoteado en las zonas inferiores de Iésod; carecían de los conocimientos que les hubiesen permitido superar esta zonas y encontrar la claridad, y por eso muchos terminaron en la locura, el alcoholismo o el suicidio. 

No sabían que hay que subir, subir muy arriba hasta la región del sol: Tiphéret, en donde todo se vuelve límpido y luminoso. Tiphéret significa belleza, esplendor. En el Árbol de la Vida es la quinta séfira a partir de abajo y la sexta a partir de arriba. Está en el centro de este Árbol que representa el universo, lo mismo que el sol está en el centro del sistema solar. La región que le corresponde en el cuerpo humano es la del corazón y del plexo solar. Según la Cábala, la Divinidad se manifiesta en la séfira Tiphéret bajo el nombre de Eloha ve Daath. Allí, el Arcángel Mikhaël reina sobre el orden angélico de los Malahim, literalmente los Reyes, que corresponden a las “Virtudes” de la religión cristiana. La parte material, visible, de la séfira está representada, como ya sabéis, por el sol, en hebreo schémech.

Árbol sefirótico 

Si habéis leído el Génesis, habréis advertido que la primera criatura de Dios fue la luz: “Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz fue.” Así pues, al principio de todo está la luz. Y la luz es Cristo, el Espíritu solar. Porque el Espíritu de Cristo, que se manifiesta primero en la séfira Hokmah, la primera gloria, el Verbo, de quien dice San Juan en su Evangelio que nada se hizo sin él, se manifiesta también, bajo otro aspecto, en el sol. Tiphéret tiene sus raíces en Hokmah, donde brilla Vidélinata, la luz divina, invisible para nuestros ojos. Para mí, y para todos los Iniciados, el Espíritu solar es el Espíritu de Cristo, porque el sol, ya os lo dije, es mucho más de lo que vemos. 

El sol es todo un mundo con habitantes, con una organización y una cultura extraordinarias. !Todavía estamos tan lejos de saber lo que es el sol...! Existen varias formas de estudiar el Árbol sefirótico; una de ellas consiste en dividirlo en pilares. Los sefirots Kéther, Tiphéret, Iésod y Malkout forman el pilar central, el pilar del equilibrio, y a una y otra parte, los sefirots Hokmah, Hésed y Netzach forman el pilar de la clemencia, mientras que Binah, Gébourah y Hod forman el pilar del rigor. Cuando descendemos por el pilar del equilibrio, Tiphéret es la primera séfira con la que nos encontramos después de Kéther. 
En este sentido podemos decir que el sol representa más el Espíritu de Dios que el Espíritu de Cristo. En realidad, sin embargo, representa tanto el uno como el otro, porque el Espíritu de Cristo no es diferente del Espíritu de Dios; se trata simplemente de otra manera de presentar las cosas. Hay que saber servirse de todas estas nociones y saber jugar con ellas. 

Cada mañana, al venir a ver la salida del sol, pensad que conectándoos con él os conectáis con su espíritu... Sí, con el Espíritu del sol, que es el Espíritu de Cristo, una emanación de Dios mismo. No basta con exponeros físicamente al sol; para recibir verdaderamente la luz, la vida y el calor del sol, debe ser vuestro espíritu el que vaya a exponerse, a conectarse con él, a penetrarle. Os sumergís en otro mundo, y allí recibís el conocimiento, la iluminación. 

Bonfin, 15 de agosto de 1967

OMRAAM